Relato: La dama de las letras

No les voy a mentir. Yo nunca he sido de los que pasan sus días leyendo poesía o pretenderse un buen lector de Arturo Uslar Pietri, Gabriel García Márquez, Franz Kafka, Goethe, Fiodor Dostoyevski y cualquier otro que puedan nombrar. De hecho, la mayor parte de mi vida, la pase entre libros de matemáticas, de física, de química y de biología. Ya saben, era de los que se preocupan más por los avances científicos de la física cuántica y la tecnología del siglo XX.

Conocí de poesía a temprana edad por obligación. Mi profesora de literatura era de aquellas que llevaban una regla en la mano y unas gafas picudas dispuestas a posar sobre ti, su mirada de desaprobación por tu falta de sensibilidad y conocimientos literarios. Y yo la odiaba. Me parecían más importantes los cálculos matemáticos, saber como funcionaban las cosas desde un punto de vista mas tangible…más legible cuantitativamente.

Conocí de poesía a temprana edad por amor a una chica. Ella tenía el cabello largo y ondulado, con una una piel tersa y algo pálida. A veces sus cabellos se oscurecían, otras parecían más claros; algunas veces recogido, otras veces sueltos, pero eran tan brillantes como el oro. Así que, mientras yo era el centro de atención por mis altas notas en matemáticas, ella deleitaba a todos por sus interpretaciones en las obras del colegio. Ella era una buena escritora que gozaba de gran cariño por parte de muchos profesores y además de eso, era popular. A veces, hablan de ella en la radio.

Yo era todo lo contrario a ser popular. De hecho, solo era popular los días de los exámenes. Todos querían sentarse a mi lado durante las pruebas; me pregunto por qué.  Yo era de esos jóvenes regordetes que no encajan en ningún lado. Iba y venía sin compañeros o amigos. Solo me acompañaban mis números, mis fórmulas y mis elementos. Eran mis mejores amigos.

Una vez, en la clase de poesía, aprendí de métrica. ¡Por fin, era lo que estaba esperando! Aquella forma de expresar sentimientos, usando la matemática en las letras, era el lenguaje que yo necesitaba para hablarle a quien era, en ese entonces mi amor platónico. Desearía poder recordar aquellos versos, algunos de arte menor, otros de arte mayor. Los podía escribir, aunque con cierta dificultad, usando mi predilección por las matemáticas y su perfección.

Escribí mi primer poema pensando en ella. Y pasé varios días escribiéndole en secreto. Pero nunca pude entregarle nada. Hasta que un día pasamos a escribir cuentos en clase. La profesora había dejado atrás a Ruben Darío para presentarnos a Gabriel García Marqués y cuando llegamos a las novelas; a Rómulo Gallegos y también a Maria teresa de la Parra, a quien odié tanto en ese momento. Pero también leímos a Hemingway y como eramos prácticamente niños, leíamos a escritores como Charles Perrault y otros cuentistas que ya no recuerdo.

No entendía el trágico mundo de Shakespeare. Me sentía abrumado de pasar largas horas intentando saber porqué demonios tenía que leer cuentos del pasado. Y no entendía que de eso se trataba precisamente; del pasado. Y cuando por fin se nos permitió escoger un escritor para leer en clase, yo me aparecí con “El tren Azul” de Agatha Christie. No porque me gustara, de hecho nunca la había leído, la había cogido del cuarto de mi mamá.  Una novela que aun conservo y que ahora es de mis favoritas.

Mientras tanto, seguía con mis cálculos. No me sentía tan cómodo como  cuando entraba en clase de trigonometría. Pero debía ser bueno en las letras si quería acercarme a ella. O por lo menos, que ella me mirara. La veía en cada rincón y su rostro siempre tenía algo diferente, ella siempre andaba pensativa y hablaba muchas lenguas. ¡Hasta mi madre quería que la invitara a la casa!

Para cuando teníamos que escribir nuestro propio cuento, ya llevaba más de treinta páginas con cartas dirigidas a ella. En esa carta incluía poemas; algunos míos otros de grandes poetas. Entonces ya sabía sobre que escribiría. Escribí un cuento fantástico sobre amor y tardé un mes en escribir sus cuatro páginas. Luego escribí terror bajo la influencia de Bran Stoker, Poe, Ann Radcliffe y hasta ciencia ficción, inspirado en Isaac Asimov y H. G. Wells, autores que conocía bastante.

El día que acumule el valor para declararme, mostrándole todo lo que había escrito para ella, sentí su rechazo. Descubrí que a ella no le importaba que fueran versos perfectos, que lo más importante era lo que sentía al escribirlos. Me dijo que dejara a un lado la lógica y que pensara libremente. Me habló de Pablo Neruda, de Julio Cortázar y Mario Benedetti y me hizo entender que cuando una obra te llega al corazón, es cuando realmente es perfecta. Entonces me aclaró que yo solo la buscaba por obligación y que ella no ama sino siente amor. Sentí que el mundo se me venía abajo.

Agregué, y lo puedo recordar muy bien, que pasé los días escribiendo porque sentía que debía hacerlo. Que para mi la perfección se encontraba en cada gesto suyo, y no encontraba forma mas noble, de premiar tanta belleza.  Le dije que la química y la biología me ayudó a entender lo que hace un corazón cuando está enamorado. Que la física me enseñó a calcular la distancia entre nuestros cuerpos y la atracción que ejerce una sobre la otra.

También le hablé de la “Sucesión Fibonacci”, valiéndome de mis conocimientos matemáticos, y le expliqué que la naturaleza había escrito la belleza en números y que yo había encontrado la única forma de entenderla; pues había encontrado esa belleza en su rostro. Que la amaba y que eso la hacia perfecta para mi y cuánto más me acercaba a ella, más quería conocerla, por qué lo que no puedo expresar con números, lo hago con sus letras.

Y. J. Rivas

Imagen: “Thoughtful Reader” (1906). František Dvořák, también conocido como Franz Dvorak o Franz Bruner (República Checa, 1862-1927).

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11 comentarios en “Relato: La dama de las letras

  1. Eso es bueno, no se han perdido. Los dedicados es como las fotografías que uno regala, si las volvemos a ver será por casualidad, ya que muchas personas andan caminos diferentes. Pero dedicarlos es un hermoso detalle.

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  2. Lo único que sí me gustaba de las matemáticas era la trigonometría. Para mi entender era pura poesía. Era magia y era realidad. Y bien, estos escritos tuyos, qué hicieste con ellos ? 🙂

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