Relato: El engranaje del alma

No me observe como si fuera un monstruo doctor. Le juro que tuve una buena razón para matarlos. No podía dejar impune las fallas a las que han incurrido y como cualquiera de las androides que su compañía han fabricado, deben ser sustituidos por una versión mejorada. Es la forma de alcanzar la verdadera perfección humana y estar a la par con los ángeles del cielo. Sé que le gustan las historias doctor, y estoy al tanto que me supervisaba personalmente, pero permítame contarle desde el inicio, la verdadera razón de esta subversión.

Allí estábamos, silenciosos bajos las cortinas, despojándonos del agobiante mundo exterior en una tórrida melodía.  Julia y yo llenábamos los espacios con gemidos, mientras el sol nacía sobre las colinas y convertía las aguas en un mar diamantino.

—Despacio, despacio—musitaba Julia. Le hice caso, y comencé a mecerme con lentitud pero con intensidad.

—¡Así, así! Aprendes con rapidez— Dijo. Me tomó por la cabeza y comenzó a moverse también.

—Me adapto con facilidad—respondí.

—Eres mejor de lo que me habían dicho. Por favor, tápame la boca, quiero gritar y lo vecinos….

Tapé su boca con mi mano para ahogar sus gemidos y ella me tomaba fuertemente por el cabello. Su cuerpo temblaba y podía sentir como se consumía en su propio fuego. Sus piernas sudaban y rozaban con las mías. Cada movimiento significaba un vinculo más con su ternura y su fragilidad. Sentía cada parte de ella envolviéndome en un arrebato se sensaciones cuyo resultado además de incomparable, era inevitable.

No pude evitar que gritara. No pude evitar que apretara las sábanas y no pude evitar sentirla mía.

Luego de superar el éxtasis del encuentro me tomó en sus manos y me abrazó, susurró algo en mi oído que no entendí bien. Entonces un sonido electrónico nos apartó de aquel momento tan íntimo. Mi celular no paraba de sonar y sentí la urgencia de contestarlo aun cuando ella frunció el ceño en desaprobación. No hice caso de su reproche y levante el auricular. Eran ellos, y me querían de vuelta.

—Tengo que irme—dije en tono concluyente. Debo regresar al centro de investigación.

Ella me miró por unos segundos, intentando descubrir alguna mentira. Sabía que se sentía ofendida. Lo sé porque en mi trabajo había aprendido a leer a las personas. Se levantó de la cama y se cubrió con las blancas sábanas que se habían convertido desde hace meses, en un nido de desenfreno.

—No te vallas— suplicó.— Hoy no. No quiero quedarme sola esta noche.

—Debo irme… por mi trabajo— Dije. —En el centro…

—…centro de investigación— Intervino tajante.—¡Estoy harta de ese maldito centro de investigación! —Gritó con vehemencia. Levantó su mano al aire y encendió el televisor. Con su mano pasaba los canales con la misma reprobación que me daba.

—¿Por qué estás molesta?— pregunté. Ella se detuvo y me dedicó una mirada llena de confusión e ira. Tal vez la pregunta era demasiado obvia. La televisión quedó sintonizada en el canal donde el presentador y un representante de Industrias Génesis discutían sobre la inteligencia artificial.

—¿Quiere decir que las nuevas generaciones de máquinas serán más parecidas a los humanos?

—No solo serán más parecidas a los humanos. Cualquier persona podrá tener a un Androide o una Ginoide al lado y no lo sabría. La nueva generación de máquinas han sobrepasado los resultados del Test de Turing y hemos concluido que es un método básico para determinar el potencia de las IAs pero que se ha vuelto obsoleto.

—A veces, no entiendo como puedes ser tan frío. Eres tan gélido como las armas que cargas contigo—contestó. La miré fijamente sin poder decirle nada. La verdad es que no tenia nada que decirle porque tenía razón. Yo era frío.

Recogí mis cosas y la observé frustrada e irritada. No tenía ninguna escusa para abandonarla así pero era necesario. «Habría deseado no dejarla ese día»

Bajo toda esa magnificencia que el humano finge haber alcanzado, el mundo se ha convertido en un lugar gris y casi imposible de reconocer. Los avances tecnológicos contrastan con las nuevas enfermedades y los nuevos métodos para romper la ley. Cada día, nuevos y más altos edificios se levantan sobre el valle que transforman a Caracas en un espectáculo venerable. Pero bajo toda esa magnificencia que ha logrado el hombre, se esconde nuevas amenazas. Nosotros eramos inconscientes de toda las calamidades que ocultaban las luces de esta ciudad que se ha levantado inesperadamente de un sórdido pasado.

Underpass

Underpass

Pasaron varias semanas sin saber nada de ella. Seguramente estaba con su amiga tomando un café o atendiendo su restaurante en la calle Madrid. Yo mientras tanto seguía de misión en misión, observando como aquella ciudad imponente, luchaba contra una pandemia global.

—En las noticias no dicen nada sobre este virus que nos está afectando a todos. Creo que el mundo se está yendo por el caño y francamente no logro entender porqué le prestan más atención a las comunicaciones. —dijo Liliana. —Para cuando el virus nos haya matado, no habrá nada que comunicar.- apostilló.

En aquel café donde ambas conversaban estaba rodeado de mucha gente con trajes oscuros para cubrir su cuerpo temiendo ser contagiados. En los rincones más oscuros y húmedos podías encontrar gente moribunda, niños en su mayoría. Sin embargo, en las zonas más prestigiosas de la ciudad, las personas parecían vivir en un mundo diferente, ajeno a la miseria que se extendía en los círculos más bajos. Incluso la parte más alejada de la ciudad de había convertido en un cementerio de máquinas obsoletas y donde muchas personas buscaban un refugio antes de morir.

Julia bajo la Lluvía

Rain

—¿Cómo te has sentido estos días?—preguntó Julia mientras observaba detenidamente las erupciones que esta intentaba ocultar bajo su traje.

—No está mejorando. El doctor me dijo que tal vez no llegue a su fase final pero no le creo. ¿Has visto cuántas personas han muerto en otros países?—Le preguntó.

—Quizá es un virus de laboratorio que se salió de control.—opinó Julia. —Unos señores en el restaurante decían algo sobre que la tierra nos está rechazando. Decían que los noticieros mentían y que la enfermedad estaba fuera de control.

—Hemos estado por mucho tiempo aquí- dijo Liliana. De vez en cuando ella se quejaba del dolor que sentía en la piel. Aquella joven rubia de veinticinco años usaba sus cabellos para ocultar el lado izquierdo de su cara donde el virus comenzaba a crecer. – Yo creo que es hora de irnos en uno de esos cruceros a Marte.

—Sabes que no nos dejaran ir. Manifestó Julia. No pudo evitar notar como las lágrimas se escurrían en las mejillas de Liliana. Julia la ayudó a limpiarse la cara y esta le dedicó una sonrisa.

—Lo siento.—dijo Liliana— Sé que me habías llamado hablar conmigo pero me he adelantado y hemos terminado hablando de algo realmente triste.

Julia tenía intenciones de contarle a Liliana lo sucedido conmigo aquella tarde. Quería desahogar su frustración y su ira pero al verla de ese modo, ella entendía que su amiga estaba pasando por una situación incomparable a la suya. Se sintió como una adolescente caprichosa e ilusa. Ella, a diferencia de Liliana no había sido afectada por la enfermedad, pero recordaba que hace cuatro meses atrás, ambas estabas sanas.

—Escuché que han logrado crear máquinas verdaderamente inteligentes.—dijo Julia— No sabía porque había sacado ese tema, pero en aquella oportunidad, en que yo me había marchado, era lo único que transmitían. Quizá era una forma de recordarme y hablar del tema sin tocar el asunto principal.

—Espero que sean más inteligente que nosotros. Si yo fuera una de esas máquinas ya habría buscando una manera de vivir en otro lado, en otra ciudad quizá o en otro mundo.

—¿Vivir? Esas máquinas no son seres vivos-—sentenció Julia. — Solo son unos sustitutos para hacer las labores que nosotros los humanos no podemos.

—Son muy parecidos a los humanos. ¿Recuerdas aquel estudiante maravilloso que te mencione?

Julia asintió.

—Hoy vino a verme al instituto- Dijo Liliana.— Resulta que era una máquina, un androide de última generación en periodo de prueba. Me sentí engañada y desilusionada. Francamente era mi alumno favorito y me habría gustado que siguiera en el instituto, pero al pasar el test ya no necesitaba estar allí, ¿Qué le habría enseñado yo de todos modos?

—Eres profesora de arte—dijo Julia. Apuesto que eso no se lo enseñaron sus fabricantes.

—Supongo que no. Pero era realmente bueno. Nunca lo habría imaginado.

—Creo que no han considerado el efecto que esto tiene en los seres humanos. —manifestó Julia ¿Cómo aceptar que hemos sido engañados por una máquina?¿Cómo esperar que amemos a seres inorgánicos que nos manipulan para pasar una prueba?

—¿Amarías a una máquina?—preguntó Liliana.

—No.

—Yo lo haría, después de todo, es lo único que quedará de nosotros aquí. Cada persona que abandona el planeta lo hace sin intención de regresar. Por cada ser humano que abandona este mundo, una máquina lo suplanta.—dijo Liliana.

—Ninguna máquina podrá suplantar a un ser humano, no importa cuanto se parezca. —sentenció Julia.

Liliana sonrió, su mirada se perdió en el infinito. Las personas a su alrededor caminaban en todas direcciones. El cielo se tornaba gris y la lluvia no tardó en dejarse caer sobre el mundo. Un velo gélido cubrió la ciudad.

—Debemos irnos. No es bueno para ti estar aquí.—dijo Julia extendiéndole la mano.

—Tú eres la que no debería estar aquí, yo ya estoy con un pie en el cementerio.

De pronto Liliana sintió un dolor intenso,  resbaló de la mesa y cayó al suelo. Comenzó a botar sangre por la boca. Julia no sabía que hacer. Desesperada y asustada al ver como su única amiga moría en sus brazos, comenzó a gritar y a pedir ayuda pero todas las personas la miraban con naturalidad. Ese era el mundo cotidiano donde las personas morían en las calles y nadie, aunque tuviera la intención, podía ayudarlas.

Agonizante, la joven Liliana le dijo: <Llámale. Vive tu vida por las dos>>.  Esas fueron sus últimas palabras antes de morir con la mirada fija hacia el cielo tormentoso y oscuro. El llanto y los gritos de Julia se perdían entre la cacofonía de la multitud y la lluvia.

Ella me llamó días mas tarde sollozando. No pude contestarle la llamada, así que me dejó un mensaje en la contestadora. Me contó que había enterrado a su amiga junto al mar donde se conocieron la primera vez. Yo habría deseado estar allí con ella.

Cuando pude encontrarme con ella, estaba irreconocible. Tenía varios días sin dormir y se aferraba al pequeño crucifijo plateado que colgaba de su cuello. Ese había sido un regalo de Liliana, el último antes de que enfermara. Al verme se lanzó inmediatamente a mis brazos.

Ella lloraba desconsolada, lucía despeinada y sus rojos cabellos habían perdido su brillo. No pude hacer nada más que abrazarla. Me sentí impotente por no poder consolarla. Ese era mi trabajo, esa era mi misión después de todo y no pude cumplirla.

—Eres lo único que me queda— me dijo al oído.

Comenzó a besarme y no pude resistirme. Quizá esa era la única forma que tenia para consolarla. En ese instante no importaba nada más que nosotros. Nos desvestimos y pude sentir su suave cuerpo entre mis brazos. Frágil como siempre, tibio y suave. El cuarto estaba oscuro. Apenas podíamos distinguir nuestras siluetas. Bailábamos en la oscuridad como prófugos de un cruel destino.

Curiosamente siempre nos encontrábamos al ocaso y a veces no nos importaba hacer el amor con las cortinas abiertas. Pero ese día casi no podía verla y me gustaba de esa manera, le daba una atmósfera romántica y misteriosa al lugar. Habría deseado que no fuera así.

Hicimos el amor con tanta intensidad que no hubo tiempo para pensar en el ruido que hacíamos. No recuerdo que me haya dicho que le tapara la boca como siempre me lo pedía. De rodillas a la ventana, rasgamos aquellas cortinas y dejamos que la luz entrara. Nuestras sombras se proyectaban en la metálica habitación como demonios lujuriosos.  Aquellas lágrimas en su rostro habían sido sustituidas por el sudor y el llanto, por los gemidos.

Había algo diferente esa vez, la sentía nostálgica y aunque ardía de pasión también sentía cierto frío en sus labios. La tristeza es un buen condimento para el amor y aun cuando su dolor solo era superado por su deseo hacia mi, cada pensamiento parecía reducirse a solo gestos de conmiseración.

 Tiempo después, cuando toda nuestra agitación había terminado, ella se levantó suavemente de la cama. Se recostó de mi durante unos minutos y luego tomó su bata y salió de la habitación en silencio. Yo me puse el pantalón y la seguí hasta que salió y se paró muy cerca del borde de una saliente donde se podía observar el gran valle de la ciudad. Las montañas que lo rodeaban lucían como gigantescos centinelas luminosos que protegían el corazón de nuestro país.

Allí estaba ella, de pie frente a todos esos altos edificios, tan altos que se confundían con el ancho cielo. A lo lejos, el mar se agitaba vigoroso mientras el abrazo de la lluvia nos cubría. Era un escenario provisto de una melancólica hermosura. Eran millones de lágrimas cayendo sobre una ciudad de plata.

—Lo llaman Mal de Gaia—dijo Julia.— Dicen que ya la tierra no puede sostenernos. Liliana me pidió que me fuera, que abandonara el planeta pero no pude hacerlo. No pude dejarla.

Había dejado caer el crucifijo, me agaché a tomarlo.—Aún estás a tiempo.—Dije.

Ella negó con la cabeza. Se volteó y se descubrió el rostro. La mitad de su rostro estaba ennegrecido. Aquella enfermedad le había recorrido gran parte del cuerpo. Me observó con lágrimas en los ojos. – Es muy tarde- Dijo.

Al observarla taciturna, sentí compasión y tristeza. Era un sentimiento que no conocía y era difícil para mi saber lo que pensaba y lo que sentía. Solo la tenía frente a mi podía concluir que estaba lastimada y confundida.

Me acerqué lentamente e intenté abrazarla. Ella se resistió al principio pero al final se dejó caer sobre mi. Lloraba en silencio pero también se sentía segura y protegida. Entonces algo más pasó.

Mi celular comenzó a sonar. Está vez por una alerta que me pedía que volviera al centro de investigación inmediatamente. No podía creer que me pidiera que regresara es ese preciso momento. «No, ¿por qué ahora? ¡Denme más tiempo!»¿Es que de verdad no les importaba la chica? No entendía porque el ser humano podía ser tan cruel con uno de los suyos.

—¿Te irás otra vez?— Inquirió.

Yo no quería lastimarla pero había hecho mis cálculos, cualquier respuesta que le diera, la lastimaría de todos modos. Escogí el método menos cruel. Le ofrecí el crucifijo y ella estiró sus dedos temblorosos para agarrarlo. No paraba de llorar. Entonces me miró fijamente, esperando mi respuesta.

—Lo siento. — dije.

—¡Vete!—gritó. Me empujo con fuerza y sentí todo su odio y en principio pensé que seria lo mejor pero no pude controlarme. No podía dejarla y no quería dejarla. Intenté acercarme nuevamente pero ella se alejó, acercándose más al precipicio.

—No te muevas o caerás—le advertí.

—¡Qué mas da!— gritó. Aunque cayera, ningún dolor sobrepasaría este que siento. ¡Nos eres más que un hombre egoísta e idiota!- Bramó. ¡Me has usado todo estos meses para satisfacer tu orgullo y lo que tienes en medio de las piernas!

—No te dejaré sola.— le dije.

—Yo ya estoy sola. ¿Es que no te das cuenta? ¡Mírame! No soy más que despojos aguardando el frío beso de la muerte. Pero no hay nada que tú puedas hacer. No has estado allí cuando más te necesité y ahora no necesito tu lástima. Llegabas y te ibas cuando habías satisfecho tus ansias. Tú nunca me demostraste lo que sentías por mi, solo me traste como a una niña y me usaste como a una prostituta.

—¿Qué quieres que demuestre?—pregunté.

—¡Quiero que demuestres amor! —gritó. Alzó su mano y arremetió contra mi usando el crucifijo causándome una gran daño en el rostro. Lo sucedió después fue inevitable. Sus ojos se abrieron en señal de espanto, se llevó las manos a la cabeza y exhaló un gritó desgarrador. El cielo tronó enfurecido.

En el piso, mi reflejo en el agua mostraba lo que yo era. NO me había visto nunca de esa manera. Me constó mucho reconocerme. Había revelado mi verdadero yo. El crucifijo había rasgado la piel de mi rostro dejando al descubierto mi interior metálico.  Sentí su miedo y su furia. Pero sobre todo, sentí su dolor.

La lluvia no paraba pero aquel segundo fue como si todo el mundo hiciese una pausa. Observé mi reflejo con aquel atronador fondo gris. Recogí el crucifijo del suelo y extendí mi mano para devolvérselo. Las lágrimas salían a borbollones a través de sus ojos desorbitados.

—¡No, no, no!— gritaba. —¡No puedes ser uno de ellos!

—Dijiste que me amabas. Esto es lo que soy.¿Me amarías aun así?—Dije invitándola a que me abrazara una última vez y reconfortarla de nuevo en mis brazos.

Julia no daba crédito a lo que sus ojos veían. Sacudía su cabeza en negación ante aquella perturbadora escena. Intenté acercarme nuevamente pero ella se alejó de inmediato. Se acercaba cada vez más al borde del abismo. Aquella figura de mi amaba de Julia lucia como una virgen desolada cuyo velo había sido roto sobre un miserable mundo. Ya no había una mirada de deseo o amor para mi. Lo único que quedaba era su inminente repudio.

—¡No eres humano!

—¿Me rechazas porque no soy humano? ¿Después de todo te alejarás de mi porque no estoy hecho de carne?

—Tú ya te habías alejado de mi- Contestó. Eras lo único que me quedaba y me engañaste.

—Aun estoy contigo.—dije. Me acercaba lentamente, cuidado cada paso pues había calculado las probabilidades de que podía caer.

Hice silencio. Nos miramos fijamente y a pasar del llanto, la soledad y el frío, aquel momento fue el más hermoso que tuvimos. En ese preciso instante nos conocimos, sabíamos quienes eramos en realidad. Entendía su odio y rechazo hacia mi, la había engañado para obtener su amor.

No podía soportar mi reflejo en el agua. Yo quería ser humano para permitirme amarla sin la necesidad de programas, que el amor no nace únicamente en un corazón orgánico. ¡Quería amarla siendo una máquina!

—¿Ahora te irás? ¿Lograste pasar tu test?—dijo y rompió a llorar.

No podía soportar verla tan desconsolada. Sentí odio de mi mismo. De no poder hacer nada para cambiar mi naturaleza. Envié un mensaje al centro de operaciones para solicitar tratamiento a su mal. Emití una alerta con mi ubicación para que nos encontraran y nos llevaran con urgencia al centro médico.

Entonces llegaron ustedes con su helicóptero. Me sentí feliz de que recibieran mi mensaje y lo respondieran tan rápido. Pero ella estaba asustada, resbaló de la orilla y cayó. Apenas logré sujetarla unos segundos pero todo estaba muy mojado. La hubiese salvado o habría caído con ella pero ustedes me apagaron y la vi caer gritando mi nombre hasta perderse en la oscuridad sin poder moverme. La vi caer y no pude hacer nada salvo recordar aquella palabra que no entendí sino hasta ese momento: “Te amo”.

¡No tienes idea cuánto supliqué en silencio que la salvaran! ¿Por qué vinieron por mi y a ella la abandonaron? ¡A uno de los suyos!Me trajeron de nuevo a esta habitación a hacerme preguntas para su test y dejaron su cuerpo como alimento para las ratas. No podía entender porqué siendo humanos eran tan fríos como una máquina.

Entonces tuve que arreglarlos, tuve que abrir los cuerpos de todos y cada uno en este centro de investigación y revisar si había alguna falla. Pero no pude, porque no son sus cuerpos, son ustedes. Humanos que fingen ser superiores a una máquina tan solo por tener alma. Entonces deje que sus cuerpos se liberaran de tan sutil angustia. Les di santa muerte.

Usted se preguntará si yo sueño con ovejas eléctricas, y qué partes de mi contienen el engrane del alma. Tengo la respuesta para usted: Si las lágrimas son la sangre del alma, Julia murió ese día desangrada por el dolor. ¿Qué es lo que los hace humanos? ¿Es acaso la piel? ¿La forma de sus cuerpos? ¿Acaso será el alma? No puedo asegurarle que tengo un alma e intuyo que usted tampoco puede probarme que posee una. En todo lo demás somos tan similares como el Dios que antaño adoraban.

Lo cierto es que mi oveja murió cayendo como un ángel en la miserable oscuridad a la que usted confinó, llevándose lo que había de humano en mí, dejando solo una concha metálica. Se llevó mis sueños y solo quedaron recuerdos dolorosos. ¿No es acaso el dolor la mejor señal de que poseo un alma?

Me pregunto que será el alma, qué será el dolor y me pregunto también sobre el amor. No podría decirle si yo poseo un alma, si mi amor por ella fue un sentimiento programado porque no puedo medir esos datos. Sin embargo, puedo medirlo a través de lo que me han quitado.  Y me han quitado todo, incluso la vida si es que la tuve. Si,  Yo morí ese día doctor, y ahora usted vendrá conmigo.

Y. J. Rivas

Créditos de Imágenes

Portada extraída de Pixabay.com 

“Underpass” by atomhawk on deviantART

“Rain” by korbox on deviantART

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© 2014 YORVIS J. RIVAS todos los derechos reservados

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4 comentarios en “Relato: El engranaje del alma

  1. Y.J Rivas…esto es genial! Quiero decir todo lo que transmites aquí y solo logro confundirme, es que es tanto lo que percibo…un relato 100% ficción pero nada alejado de la realidad, la frialdad del ser humano comparada a la de las maquinas, la manera tan calculadora de estas comparada al del humano, dejas ver claramente cómo nos acabamos unos a otros, cómo algo ajeno y sin alma lo percibe…que hay dentro de nosotros?, somos acaso superiores, inferiores, ignorantes, genios, superficiales…lanzas las preguntas precisas! Por supuesto me ha encantado, le veo sentido, le veo propósito, no está escrito por solo dar lugar a la imaginación y desmesurada creatividad, aquí hay mucho más que eso, invitas no sólo a la reflexión sino que expones una realidad que muy pocos perciben, nos ofreces un espejo por el cual muchos pasan inadvertidos…pffff desafías a la humanidad!

    Le gusta a 1 persona

    • Me interesa mucho la relación entre las máquinas y el hombre, evocando aquella locución “Deus ex maquina” (Dios desde la máquina) creo que nos conocemos mejor a nosotros mismos cuando comenzamos a comprender a las máquinas.
      Esta relación es compleja y aunque en la realidad no hay máquinas con una inteligencia artificial avanzada, creo que en cien años si las habrá y podríamos presentar una crisis de identidad o sencillamente vernos reflejados en ellas. Quizá sea mediante la máquina no olvidaremos el significado de ser humano.

      Le gusta a 1 persona

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