6 am

Cada mañana, como si se tratase de una tarea programada,  despierto a las seis observando el techo plateado de mi habitación. Lo observo como si fuese un desconocido, como si despertara siempre en un lugar que jamás había visto. Me quedo largo rato observando todo tipo de formas,  rostros y figuras. A veces he llegado a pensar que espero encontrar la solución a las preguntas que me plateo a diario observando las sombras proyectadas desde la calle. Todo eso pasa los primeros treinta minutos de la  mañana. Es un dialogo silencioso entre el techo y yo.

Supongo que podría pasar un tiempo indefinido conversando con él, esperando que sonría y me responda: has enloquecido, pero el hecho de que lo haga sería en sí mismo, la locura. Porque aun no estoy loco, podría jurarlo. No estoy loco. No lo estoy, ¿Verdad?

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