Relato: Yo, el abeto.

Bosque de Abetos en Otoño

Tal vez alguno de ustedes se ha detenido a hablarle a un árbol pero ¿han escuchado lo que este tiene que decirles? Los árboles son testigos de muchos acontecimientos y muchas estaciones. Emergen desde el fondo de la tierra en un intento por alcanzar el cielo como las estatuas que evocan la victoria de una guerra pasada y , si miras atentamente, en alguno de ellos, permanecen las cicatrices de batallas antiguas de las que solo el viento tiene memoria.

Por si todavía tienen dudas de quién o qué soy yo, les responderé con ligereza; es mi naturaleza ser así: Yo soy un abeto; pues a ustedes les gusta llamarnos así, pero en un lenguaje sonoro más apropiado a nuestra tradición, nuestro nombre sería «Ssrh» que significa «Protectores» y se que tal vez esperan que les cueste toda mi vida pero no creo que haya suficientes líneas para contener todas las cosas que he visto en mis largos años.

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Cuando nací, me preguntaba si estaban conscientes que había nacido porque no es costumbre de los árboles mirar hacia abajo ya que la única forma de ser grandes es buscar la grandeza y no hay nada más grandioso que el mismo cielo. No obstante,Tenía un amigo que se hacía llamar Piso Laso y aunque éramos similares, aquel árbol era un tanto maniático; se llamaba a sí mismo «Rey de la Selva Nublada» y pavoneaba su frondoso follaje.

 Recuerdo que una vez observé como un pequeño animal lo devoraba como si se tratara de cualquier otra fruta. Le sugerí que le hiciera entender a esa criatura que él era un rey pero solo pude ganarme un gesto de desprecio. Reí de forma estentórea agitando mis ramas vigorosamente mientras mi amigo servía de alimento. Pero no vayan a creer que soy un árbol malvado regocijándose por el mal de otros porque a decir verdad, él se lo tenía merecido y, aunque fue una escena algo cruel, le nacieron nuevas ramas con el paso del tiempo.

El rey Pino Laso era en realidad uno de esos pocos árboles que pueden ser amables y me gustaba entablar de vez en cuando una conversación con él aunque, como sabrán, esperar respuestas de un árbol es un reto a la paciencia pero que tiene grandes beneficios. Solo tienes que ser directo. Aunque a veces cuando él me respondía, yo ya había olvidado la pregunta.

En nuestra comunidad estaban los «Sscrash CrHrjr» (Ancianos protectores) y el mas prominente de aquellos protectores, estaba muy cerca de nosotros y aunque era sumamente sabio, nos trataba con cierta condescendencia. Tanto Pino Laso como yo, sentíamos cierta frustración de no ser lo suficientemente altos como para plantarles cara a esos «larguiruchos espinados» —como él solía llamarles—. Pero por mas enojados que estuviésemos, adorábamos verlos mientras el viento soplaba entre sus agujas y ellos se estremecían como si bailaran con cada corriente.

La primera vez que tuve un encuentro con un humano, fue una noche de agosto cuando una niña buscaba un lugar donde dormir. Lloraba desconsoladamente y aunque no entendía porqué, sentí que debía ayudarla. Estaba herida, como si hubiese sido atacada por algún animal o hubiese caído. Entonces le mostré un pequeño hoyo entre mis raíces y el suelo que había debido como refugio a una vieja familia de mapaches, pero que ahora estaba libre, así que le permití entrar. Piso Liso no entendía lo que sucedía pero rápidamente se encariñó de ella.

Pero cuando los mapaches volvieron, hicieron un gran alboroto. Los otros arboles se agitaron mucho y aunque no les preocupaba para nada la niña, deseaban poner fin a aquel desorden de medianoche. Y cuando uno de ellos intentó atacar a la niña, dejé caer mis semillas sobre ellos para alejarlos. Pino Liso también ayudó haciendo ruidos y chasqueando sus ramas. Esa noche hicimos algo que solo pocos árboles pueden hacer: salvamos una vida humana. Pero luego llegaron otros humanos, mas altos y en mayor número, con linternas en las manos y gritándo en búsqueda de la niña. Cuando la encontraron, ella les dijo que nosotros le habíamos salvado la vida y grabó su nombre en mi corteza. No volví a saber mas nada de ella.

Por varios años me mantuve bajo la espesa niebla que cubría aquel bosque. Algunas veces podía encontrarme rodeado de un inmenso silencio; otras, el murmullo de los árboles me desesperaba. El silencio solo era sobrepasado por el gélido aire que se respiraba. El musgo, la tierra y las hojas secas inundaban el lugar de una aroma inigualable. Todo aquello bajo el manto gris que nos acurrucaba y resguardaba cual secreto prohibido.

En la ciudad al pie de la montaña donde vivo, he observado pequeñas estructuras que son derribadas y sustituidas por otras cada vez más altas con el pasar de los años. Son seres inertes sin vida o pasión y cuyo único propósito es imitarnos  a nosotros los árboles. En el conticinio observábamos las estrellas, lejanas lumbreras que inspiraban todo clase de canto. Respondíamos ante su titilar con un baile modesto. Algunos humanos venían al bosque y nos acompañaban con puestos en primera fila para los diferentes espectáculos del cielo nocturno, desde observar las constelaciones hasta las lluvias de estrellas.

Abeto después de la tormenta

“Yo, el abeto” de Y. J. Rivas

Pero en una noche de tormenta, aquel cielo se tornó aterrador. Furioso e implacable, descargó su ira sobre el bosque causando un gran incendio. Los árboles crujían aterrados por las llamas que les consumía en aquel súbito infierno. Algunos intentaban apagar el fuego dejándose caer a la tierra en un sacrificio desesperado. El verde apacible del bosque se tornó en un rojo inclemente y no había forma de que pudieses salvarnos. Íbamos a morir por la mano de la misma tierra que nos había dado la vida. Nada era más sublime.

Las llamas habían alcanzado al Anciano protector y este se estremecía en un chillido espantoso por el fuego que lo reclamaba. Lo observábamos impotentes, sintiéndonos inútiles de no poder extender siquiera nuestras ramas para alcanzarlo en sus últimos minutos. Pero él nos observó sonriente. Nos miró fijamente y extendió una de sus ramas y dijo entre los silbidos de la muerte:

—Shcrashrekmrgrjk—

Esto significa “Tú, retoño, vive” y ambos sabíamos que esa era una despedida, la única que podría venir de un árbol.

El Anciano dejó caer su enorme tronco justo en medio de nosotros y observamos aterrados como el fuego desfiguraba su cuerpo. No podíamos hacer nada salvo verlo morir. Pero nuestra impotencia por no salvarlo, se transformó rápidamente en la aceptación de nuestra propia muerte. A pesar de los esfuerzos de los ancianos por mantener a salvo las plantas mas pequeñas, el fuego nunca cedía. Era cuestión de segundos que compartiéramos el mismo destino que ellos.

Incendio

El Incendio del Bosque

Observé como el fuego alcanzaba a Pino Laso y escuchaba su llanto y su crujido. Aun puedo recordar como me miraba desesperado. Lo ví convertirse en carbón tan rápidamente que no tuve tiempo de gritar. En ese momento deseaba unirme a él, pues todo lo que había alrededor de mi ardía y el aire era tan seco que apenas podía respirar. No faltó mucho para que las garras de aquella bestia flamígera tocara mi cuerpo pero no quería ver más aquel infierno.

Hubo un gran estruendo y sentí de pronto que el calor se disipaba. Me sentí aliviado. «Así se siente la muerte». Pero no había terminado, al menos no para mi. Observé que la lluvia había apaciguado a la bestia que devoraba todo a su paso y supe entonces que tenia una nueva oportunidad. Pero sorpresa mía, no había sido una lluvia cualquiera; habían sido los humanos que habían intercedido por nosotros con enormes máquinas voladoras que escupían agua en todas direcciones. Tenía algo mas que aprender.

Aquellos seres estaban conscientes de nuestra existencia tanto como lo estábamos nosotros de ellos y aunque les agradecí bastante, un sentimiento de ira me llevó a exhalar un último crujido y dejé caer una de mis ramas chamuscadas sobre aquel hombre que pisó las cenizas de Pino Liso . ¡Cómo se atrevía a pisotear el cadáver del Rey de la Selva Nublada! Tanto que me habló de los humanos y estos no pudieron salvarlo. ¡Malditos! Pero nuestra madre no es del todo cruel.

Esa mañana nos regaló un hermoso arrebol en conmemoración de los caídos en aquella batalla en la cima de la montaña. Supe que muchos animales también habían sucumbido ante la ferocidad de aquel atacante del cielo y que algunos humanos habían perdido sus casas. El cielo enrojecido era la señal de que todo había terminado y la señal de que un día nuevo había llegado para todos. Para mi, era la mención de que esa noche, un rey había muerto, sin distinción y sin honor más que solo el recuerdo de haber sido un gran amigo. No era justo.

Pasaron otros cincuenta años luego de que mi amigo regresara al interior de la tierra. Las cosas cambiaron mucho en el bosque. En muchas ocasiones deseé volver a ser un joven retoño, maravillado y en compañía de muchos otros árboles. Pero ahora estaba solo, apenas unos retoños habían emergido, pero apenas podía verlos en la distancia. El bosque se había ido.

La ciudad en cambio, se había extendido varios kilómetros en varias direcciones con nuevos y más altos —pero no menos horribles— edificios. Los hombres habían construido una carretera que atravesaba nuestro reino de este a oeste, casi siguiendo el camino del sol a través del cielo. Yo podía observar en la distancia como los automóviles cruzaban con rapidez y sin la menor intención de mirar a los lados. Luego comenzamos a ver que habían inventado algo nuevo: aviones. No me impresionaron mucho pues, estoy acostumbrado a ver criaturas voladoras y ningunas son tan ruidosas.

A pensar que éramos constantemente visitados por los humanos, yo solamente los observaba de lejos. Pero un día, uno de ellos de se acercó a mi, y me miró fijamente, posando su mano sobre mi corteza. Yo lo miré fijamente, pretendiendo no estar nervioso. No me gustaba que se me acercaran tanto, además, había escuchado que a ellos les gustaba raptar a los abetos para decorar sus propios jardines.

Aquella señora sonrió al verme, como si me conociera. Me sentía intranquilo pero cuando me tocó en la parte donde había escrito su nombre, supe entonces que había sido aquella niña que se había perdido hace medio siglo y noté cierto parecido en su aspecto con el mío; ambos lucíamos los signos de la edad. Arrugados y con una extraña satisfacción de haber sobrevivido junto a un pequeño episodio de nuestras vidas. Me presentó a sus hijos y a sus nietos y estos también se acercaron y me tocaron. Pero pasó algo que nunca pude esperar.

Los hijos de aquella anciana, eran propietarios de una constructora que habían comprado aquel terreno y que pretendían construir toda clase de estructuras. En la tierra ya casi no nacía nada, los árboles mas viejos estaba muriendo y otros fueron arrancados o cortados para hacer instrumentos musicales. Era cuestión de tiempo que yo, también fuera arrancado.

La señora no dejó que me cortaran, de hecho, construyeron un iglesia a mi lado y una plaza alrededor de mi. También dejaron que los árboles más jóvenes se quedaran y sirvieran de protección para el fuerte viento que era típico del lugar. Nuestro antiguo y silencioso bosque, se transformo en un centro urbano con residencias, centros comerciales y parques.

Abeto en Navidad. Yo, el abeto por Y. J. Rivas

Abeto en Navidad

 Mi época favorita del año, pasó a llamarse Navidad. En esa fecha, yo era decorado con toda clase de luces y adornos brillantes como tributo al cambio de año donde se respiraba un sentimiento de unión entre todos. De hecho, era constantemente visitado ahora que estaba tan cerca de los humanos y se fotografiaban cerca de mi. Algunos cantaban villancicos y otros simplemente se detenían a verme.

En varias ocasiones recordé a mi amigo, al anciano y todos los demás y me pregunté si habían renacido en alguna parte de la tierra, donde observaban como la tierra que antaño adoraban, había cambiado y que ahora, era anfitriona de otra especie de la naturaleza.

Estuve en aquella plaza por mas de doscientas navidades. Nuevas tecnologías suplantaron las anteriores. Muchas personas habían escrito también sus nombres en mi corteza y de alguna forma, me sentía padre de todas aquellas criaturas que se reunían debajo de mi. Y como cualquier otra criatura, yo también comencé a morir.

Habían plantado otro árbol muy cerca de mi, un gran abeto blanco con el que establecí una gran amistad. Él había venido de muy lejos y me permitió entender que la tierra en su totalidad estaba siendo modificada. Me habló sobre el nuevo siglo XXIII que se acercaba y sobre todo lo que el humano había alcanzado pero que tenía mucho que aprender de la naturaleza misma. Yo ya había visto nacer y morir a muchas generaciones, y sentí en mis raíces que era hora de que yo también renaciera en otro lugar. Y una mañana, emití mi ultimo crujido y caí ante la mirada de todos en el piso gris de la plaza.

Comencé a morir observando el ahora lejano bosque que se asomaba en la montaña. Aquella tarde era tan roja como cuando perdí a mi mejor amigo y me invadió una profunda tristeza el no haber podido decirle nunca que gracias a él, mi vida no había sido solitaria. Recordé a los mapaches que habían hecho su familia tan cerca de mi que los había visto nacer y crecer por generaciones.

Recordé a la niña que me devolvió el favor y me otorgó una segunda vida en el pueblo. Aunque siempre deseé volver a la tranquilidad del bosque, siempre estuve sobre la misma tierra que me había visto nacer y que ahora, luego de doscientos noventa y tres años mi vida tenia que ser devuelta a la tierra, como parte vital del ciclo de la vida. Ahora sería alimento para los seres de la tierra o madera para algún otro invento humano. Pero cualquiera que fuera mi destino, ya no quedaban luces que adornaran mis hojas.

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