Soñar con mundos distópicos

Desde que me interesé por escribir, siempre fije la vista en aquellas cosas lúgubres que existen en el mundo. La distopía es para mi una expresión del caos que se ha integrado a la forma de vivir y que genera grandes remordimientos por no haber hecho las cosas de otro modo. Representa los temores mejor guardados de la humanidad pero que se expresan a diario, en silencio.

Hay cierto romanticismo en los elementos fantásticos generados por el temor de perder el control y alejarnos para siempre del paraíso. En un escenario apocalíptico donde las consecuencias de nuestros errores al fin cobran factura, el sentimiento de vergüenza reverbera en nuestro subconsciente por estar observando los parajes oscuros de un mundo, claramente ficticio, pero que responden a posibles escenarios futuros.

La guerra no es ficción y aunque no se haya esparcido por todo el mundo, solo hace falta que los justos dejen de hacer su trabajo, para que el resto ponga en riesgo la delicada brecha que separa el orden del caos.

La guerra no es ficción y aunque no se haya esparcido por todo el mundo, solo hace falta que los justos dejen de hacer su trabajo, para que el resto ponga en riesgo la delicada brecha que separa el orden del caos.

Uno de los mayores errores es pensar que la distopía es solo un genero literario. Si fijamos la mirada hacia ciertas regiones del mundo donde el hambre, la guerra, las enfermedades y la muerte caminan sobre la tierra como gobernantes aclamados, entendemos que ya hay un escenario apocalíptico con un alto riesgo de esparcirse porque la razón de todo ello, está arraigada al pensamiento humano y al instinto básico de supervivencia que se activa automáticamente en la medida que los recursos naturales disminuyen.

La civilización entra en un estado de fragilidad cuando al menos una de las necesidades básicas del ser humano se ven comprometidas y no hay forma de recuperarla cuando la crisis se convierte en un detonante en cadena, que revela otras fallas y genera más angustias, provocando que todo lo construido en pro del desarrollo tecnológico, social, científico, se rebele contra nosotros por que no quisimos entender que el poder, reclamado por el ser humano como especie dominante, es solo un punto de vista.

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Los mundos distópicos son en gran medida una proyección de los deseos humanos y la consecuencia del uso desmedido de todos los recursos. El problema es que, aun cuando aquellos mundos distópicos pueden ser una advertencia, seguimos en el rutinario proceso de construirlos mientras pensamos que son imposible, que serían nefastos. Todo por la sencilla razón de que hay escasos deseos de reformarnos en el presente porque hasta ahora, tal como se puede leer en aquel verso de Robert Browning: «Dios está en el cielo, todo está bien con el mundo» y no hay necesidad de reparar nada ya que solo la fe mejorará las cosas.

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Créditos de imagen: www.pixabay.com

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