Relatos de callejón III- El sonido de la rutina

Portada- Relatos de Callejón por Y. J. Rivas

Relatos de callejón

III

El sonido de la rutina

La mañana había comenzado con gracia. Desperté alarmado por el chirriante sonido del despertador. Golpeé el bendito aparato  por un minuto entero y no se callaba. Tumbé esa cosa al suelo y aun así no se cayó. Coloqué mi almohada sobre la cabeza para mitigar el estridente sonido. Ya vencido me levanté aun somnoliento y con aliento de dragón. Estiré los brazos y bostecé. Cuando me disponía a recoger el despertador del otro lado de la cama, golpee de lleno la pata con el dedo meñique del pie.

—¡Aaayyy, coño! grité como un espartano.

Me tiré al suelo con lágrimas en los ojos y me contraje hasta que el dolor disminuyó. Pero el dichoso aparato no se callaba. Y para colmo mi perro comenzó a ladrar.

—¡Cállate Filiberto!—le grité al perro.—Me repuse y cojee hasta la otra parte de la cama y justo cuando iba a levantar el despertador, este se cayó. Hubo de pronto un silencio profundo en la habitación. Esbocé un sonrisa sardónica. «Me la jugaste bien maldito aparato». Juro que podía escuchar el palpitar de mi pequeño dedo.

Pero la ducha siempre ha sido una bendición. Y si no fuera tan ecologista, podría durar horas bajo las caricias de un baño matutino.

Cuando ya estaba listo para salir, recogí mis llaves, alimenté al perro y me despedí de él. Cerré la puerta y bajé las escaleras, pero entonces me encontré con el perro del vecino de abajo; ese rabioso animal que ha querido morderme el cuello desde que tengo memoria. Allí estaba él, gruñendo y observandome fijamente.

—Dicen que no debes mostrarle miedo— pensé pero eso a mi no me sirvió de nada. Aquella bestia se lanzó sobre mi y logré esquivarlo por poco.

—¡Dios mío! ¡Este maldito animal quiere matarme! ¡Desgraciado! ¡Ayuda!

Yo tuve que correr hasta mi casa nuevamente para maldecir al animal y a sus dueños. ¿Qué clase de animal deja a un animal violento suelto? Ese es precisamente, el verdadero animal. Luego se quejan de que han encontrado a su mascota muerta por envenenamiento. También tuve que invocar la madre al otro vecino de enfrente, que me preguntaba si me había asustado. «¡Noooooo pendejo, regrese a buscar mi lanza y pelear contra él como Beowulf, imbécil!» Porque nunca falta quien haga preguntas estúpidas.

Cuando por fin pude salir, no tuve tiempo de quejarme con el vecino, pues ya tenía treinta minutos de retraso y eso en la ciudad hay que multiplicarlo por tres, en el mejor de los casos. La ciudad se inunda con una estrepitosa melodía. Las bocinas de los autos, el rugir de las motos y las voces de las demás personas se unen en un estallido de emociones.

Entonces levantas la mirada, te haces el sordo, observas el sol danzando entre los árboles y escuchas el canto de las aves. El dióxido de carbono y hasta el rocío en los árboles se conjugan en una fragancia urbana. Encuentras en el aire un lejano aroma a café y te concentras en el ese olor únicamente e ignoras todos los demás. Inhalas lentamente y quieres alzar los brazos y alcanzar el sol. Entonces vuelves  a la realidad al escuchar el frenazo del chófer ante un motorizado que se ha pasado la luz.

Cuando llegué al restaurante, los trabajadores estaban fumando al frente del negocio, había una pequeña nube gris sobre ellos que estaban esperando que yo abriera. Y así lo hice. Risas, reclamos y el repique del teléfono me recibe. Había comenzado el turno. Luego no faltó quien me llegara a preguntar si ya habían pagado. Entraban y salían por turnos.

—Mire mijo, cuando yo lo sepa, usted lo sabrá. Deje que yo me ocupe de eso y valla a trabajar.— le dije al último trabajador que entró.

—Quiero preguntarle otra cosa.

—¿Qué desea preguntarme?

—La señora Milagros me dijo que no quiere lavar las ollas porque lo hizo ayer y dice que ella tiene problemas en la espalda. Ella había hablado con el otro gerente y habían quedado en que ella no lavaría ollas.

—Pero no me has preguntado nada— dije arqueando mi ceja derecha.

—¿Qué le digo?— preguntó por fin.

—Dile que venga a hablar conmigo.

El carajo salió de mi oficina. Mientras tanto yo seguía enviando las órdenes de compra para los proveedores. Luchando con la arcaica computadora. Siempre me he preguntado porqué la oficina del gerente es la parte más fea en todos los restaurantes. ¿O es que siempre me han tocado las feas?

Por otro lado, el teléfono sonaba cada cinco minutos. A veces eran los proveedores, otras veces era la cajera  que pedía ayuda porque la máquina no quería imprimir las facturas. Otras veces era desde cocina, para decirme que se había acabado el pan. Y entonces…

—¡Yo no voy a volver a limpiar las ollas!— entró gritando aquella señora. Me había recordado el perro de esta mañana y al igual que aquella bestia, ladraba y quería mi cuello.

—¿Cuál es el problema?— Pregunté.

— ¡Yo hablé con el otro gerente y le dije que yo no podía! Tengo un problema en la espalda y no puedo agacharme y usted sabe que para limpiar esas sendas ollas, uno tiene que agacharse y cepillarlas bien. Y yo no puedo hacer eso.

—Cuando usted firmó su contrato no especificó ninguna discapacidad o impedimento para ejercer las labores inherentes a su cargo. Tampoco he sido informado de su condición.— Le dije, inclinándome sobre el escritorio.

—¿Qué?— preguntó. Observé la incredulidad de sus ojos por un momento.

—Que a mi no me consta que usted no puede.— resumí.

—¡Aaaaah, no! ¡Si me va a poner a limpiar las ollas entonces me voy! — exclamó altanera.

—¿A donde se va a ir?

—Pues, ¿Pa’ donde más? Pa’ mi casa.

—¡Caramba! —exclamé asombrado— si desea irse a su casa no la detendré, pero entonces no vuelva.

—¡Yo hablé con Rafael y le dije que no podía!

—Como puede observar, el señor Rafael no está.— dije, intentando mantener la calma— Usted no se manda sola. Tiene una tarea que cumplir y si no puede hacerla entonces buscaré a alguien que sí lo haga. Le recomiendo que solicite una constancia de discapacidad o busque un nuevo empleo. Todos tenemos una responsabilidad aquí y usted tiene una de las más importantes y si no la cumple entonces todos fallaremos. Y yo estoy aquí para evitar que eso pase.

La señora salió gruñendo de mi oficina, probablemente maldiciendome. Odiaba comportarme como un idiota pero no podía dejar que me amedrentara. «¿Quién se cree que es? Ya había tenido suficiente con una bestia sedienta de sangre humana en la mañana». Me pregunté si aquel animal seguiría allí para cuando yo llegara en la noche. Me estremecí de solo pensarlo. «Maldito perro asesino»

De pronto volvió a entrar aquel carajo. Esta vez venía cabizbajo.

—¿Qué ocurre? ¿Es la señora Milagros, de nuevo?

—No, es un cliente. El señor quiere hablar con el gerente porque encontró un vidro en el jugo.

—¿Un qué?—hice una mueca.

—Un vi-drio.

—¡Santísimo!— me crispé— Nosotros no tenemos jugos con vidrio en la carta, ¿Verdad?— dije en tono sarcástico. Él se encogió de hombros. Yo sonreí y le dije que ya iba. Observé el reloj en mi computadora y luego el que tenía pegado en la oficina; marcaban las diez y treinta de la mañana. Suspiré. «Otro día en el paraíso»

El día se pasó volando. Marché un plato de Pasta Alfredo y un refresco. El Chef me lo envió directo de la cocina con una nota que decía: «Hay bastante trabajo, esta noche le brindaremos al personal de cocina unas cervezas» Yo sonreí y observé de nuevo el reloj que marcaba las ocho de la noche. Las horas pasan rápido cuando el sonido de la rutina mantiene tu mente ocupada. Desde la estridente alarma, el ladrido de los perros, mis maldiciones a los aires y la cacofonía de solicitudes y reclamos, la mente se retrae, queriendo escapar de todo eso y no te das cuenta del tiempo que has pasado extendiendo la mano a desconocidos, brindando apoyo a tus trabajadores y procurando que el día no termine en caos. Levanté el teléfono, marque la extensión del chef y pautamos el brindis para el final del turno.

Y. J. Rivas

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