Relatos de callejón IV – Aquella vez cuando la amé por última vez.

Portada- Relatos de Callejón por Y. J. Rivas
Este relato es uno de los pocos que he podido recuperar de mi antiguo cuaderno. Lo he re-editado pero he tratado de no cambiar demasiado su estructura para que se mantenga fiel a la historia que quería contar hace más de una década.

Relatos de callejón

IV

Aquella vez cuando la amé por última vez

Estaba enamorado de sus ojos café, de su largo cabello castaño y su piel bronceada. Estaba enamorado de la forma en la me miraba y de su gentileza al hablarme. Cada gesto suyo es la prueba de un amor pródigo. Realmente la amaba. Era una bendición poder despertar a su lado y observar su sonrisa bajo la luz de un nuevo amanecer.

Ella no merecía enamorarse de un hombre como yo; un esquizofrénico adicto a los calmantes. Ella debía ser adorada por arcángeles. En cambio, estaba confinada en este mundo lleno de tormento y desavenencias. Realmente odiaba ver como sus sueños eran frustrados por la economía y la inmoralidad. Las almas corruptas de las personas que infestan esta tierra con su miseria, lograron frustrar sus ilusiones. Este mundo no merecía tener un alma bondadosa caminando entre los suyos, codeándose entre risas sardónicas y miradas  de indiferencia. ¡Ella merecía ser amada! ¡Ella merecía ser alabada! Por eso tenía que marcharse de este mundo. Por eso Dios tenía que llevársela con sus ángeles.

¡Cuán lejana fue su mirada! ¡Cuán fría su piel! Los ojos de mi amada me observaban inertes desde la oscuridad. Allí estaba el cadáver de quien me hubiese amado a pensar del dolor, tendido bajo las hojas, su cabeza cubierta con flores y su sangre cubriendo los escalones. El amanecer se levantaba tras las montañas grises y nubladas. El gélido abrigo de la noche se rasgaba con los cálidos dedos del amanecer. ¡Cuánto dolor! ¡Cuánta frialdad! La penumbra cercenaba mi corazón como una espada al rojo vivo.

Mi garganta solo podía emitir el dolor. Mis brazos se extendían a recoger su inerte cuerpo. Gritar al silencio. Silenciar la noche que se escapaba llevándose consigo sus deseos, sus añoranzas y su único brillo de amor. ¡Cuán roto estuvo mi corazón! ¡Cuán desesperada estuvo mi alma! El Eco hacia mella en cada rincón, en cada esquina, en cada muro que, por más que quisiese no podría romper. Pero esa era la única salida.

¡Cuán tranquilo estuve aquella vez que la amé por última vez! ¡Cuán inmóvil! ¡Cuán sonriente! Si, mis manos fueron culpables, mis ojos testigos y mi corazón el mejor de los asesinos. Yo debía entregarle la paz. Yo debía guiarla al mundo más allá de este para que fuera llevada hasta el Señor y que los cantos alabarán la pureza de su corazón.

Fui yo quien puso sus manos en su espalda y la daga en su garganta. ¡Debía hacerlo por amor! ¡No podía permitirle mas dolor!¡Debía mostrarle mi último gesto de amor! ¿Que habrías hecho en mi lugar? ¿Que habrías hecho al ver al amor de tu vida sufrir las calamidades de una vida corrupta? La entregue sonriente ante las puertas del cielo dejando tras si, su envoltura de sangre que debía ser probada por la misma tierra que la apartó de la esperanza. Fui yo quien vio su lento ascenso sobre el cielo y al mismo tiempo fugaz, como los rayos del sol cuando llega el amanecer.

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