Relato: Cuando se guarda el amor

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Recuerdo la primera vez que se acercó. Sonriente. Me observaba fijamente y medía sus palabras, esperando no equivocarse. Yo no sabía quien era ella, pero ella aseguraba saber quien era yo y admitió haber estado esperando para entrevistarse conmigo. Eso me ponía en desventaja. Pues me había abordado para solicitarme una ayuda profesional y justificaba su solicitud en base a los comentarios de sus colegas.

«Él te va ayudar» — le decían. Acepté sin mediar muchas palabras, porque había sido amor a primera vista.

Al principio parecía estar todo en orden. Yo cumplía mi parte y ella la suya. Ella había apelado a la adulación para obtener lo que quería de mí y aún, cuando yo estaba al tanto, no me molestaba. Me gustaba. Al igual que ella.

Con los días la observaba como si esperara encontrar en ella algún defecto. Pero entre más la miraba, más enamorado estaba de sus gestos, de su cabello, de su risa y hasta de su forma de pronunciar las palabras. «Esto no me debe estar pasando» — pensé —. No se trataba de ayudarla a ella, no se trataba de prestar mi colaboración en su proyecto. Se trataba de estar con ella, de disfrutar ser su centro de atención, esperar hasta el final de la jornada para que, al estar solos, pudiésemos hablar de otras cosas… y al final, yo siempre evadía los temas personales. «No puedes hacer esto, ten cuidado»

Adoraba su voz, la manera en la que nuestras manos se tocaban al saludar. Incluso disfrutaba corregirla y observar su avance. Temía fallarle y temía ser muy evidente. Dependía mi reputación, la de ella y de la empresa.

¿Qué debía hacer? ¿A qué debía esperar?

Un día, no pude aguantarlo más. ¡Tenía que decírselo! Entonces un nudo se me hizo en la garganta. Ese día estaba mas bella que nunca, con sus cabellos castaños sobre su blanca piel. Entonces me saludó con un beso en la mejilla. Al separarnos, su ojos me observaban con desconcierto.

—¿Por qué se ha sonrojado?— me preguntó.

Tragué saliva y dije lo primero que se me vino a la mente: —Debe ser alergia, tal vez es tu maquillaje. — dije. «¿Qué he dicho?, ¿Qué demonios pasa contigo ? ¿Su maquillaje? ¡Es perfecto, ¡ella es perfecta y tú eres un imbécil! ».

—Discúlpame.—Dije. Comenzaremos en diez minutos, voy un momento a la oficina «A golpearme la cabeza con los libros» ¿Me esperas en el salón?

La vi un poco turbada y yo estaba con ganas de morderme la lengua. Pero luego todo se calmó, como si nada hubiese pasado. Nos quedamos solos y por fin le dije lo bella que era. Pero no se lo dije como un enamorado, se lo dije como amigo. Me ofrecí a seguirla ayudando, más allá de lo profesional, más allá de las cuatro paredes que nos confinaban. Más allá de aquel momento intimo que compartíamos cuando hablábamos de nuestros trabajos.

Me sentí triste. Me sentí decepcionado de no poder declararme. Posé mis ojos al suelo y golpeé la mesa diciendo para mi estas palabras: «No te interesa la reputación, ¡no te interesa la ética! No le dices lo que sientes porque le temas a una regla moral, establecida arbitrariamente. Y no se lo dices porque seas un profesional. ¡Te guardas tus sentimientos porque eres un cobarde!»

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2 comentarios en “Relato: Cuando se guarda el amor

  1. ¿Por qué ocurren estas cosas? ¿Por qué, si la vida es un riesgo, no nos arriesgamos? Una vez, hace tiempo, tuve una experiencia así, él tenía miedo de decir lo que sentía, y por otro lado yo veía sus gestos y detalles. Y todo eso no hizo más que un gran jeroglífico en mí, pues me sentía invadida por sentimientos yuxtapuestos. Y, aunque mis mejores amigos me iban diciendo la verdad sobre él y sus sentimientos, la falta de veracidad por su parte hizo que lo que pudo haber ocurrido nunca lo hiciese. Seguramente y me consta él sufría. Pero también yo, al ver que una persona teme decir dos palabras por miedo a perderme para siempre. Me gustó mucho tu forma de escribir este texto. Un abrazo

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