Lo que no cuentan las historias de amor.

Habría sido mejor no decirle que la amaba. Debí haberme detenido justo en el momento en que su mirada volteó hacia otro lado. Pero en ese momento no tenia razones para creer que solo era un pañuelo que secaba sus lágrimas, el cuál podía guardar en un bolsillo para luego tirar cuando ya estaba demasiado sucio.

Debí advertir que reconstruía un castillo ajeno. Que sanaba su corazón tan solo para que pudiera amar nuevamente, a otro. Pensé que sentarme justo a ella en los duros momentos de su vida, era suficiente para ganarme su amor. Pero no podía ganar nada que no existía. Mi premio siempre fueron sus lágrimas. Y no había nada para mí, mas que sufrimiento. Yo lo había buscado.

Es verdad que podemos encontrarnos, cómo jóvenes enamorados, en una lucha bizantina ante el clamor de nuestros frugales corazones, solo para regresar a casa con los escudos rotos y el alma destrozada. No hay mayor crueldad que decirle al corazón cuán equivocado se estaba cuando anteriormente no se hizo mas que alimentarlo con esperanzas, con la ilusión de que estábamos construyendo un hogar para nosotros.
image

Cuando decidí tragarrme su dolor, le di la fuerza para que avanzara por si misma, pero no vi que eso también significaba hacerlo sin mí. Restauré su alegría a cambio de la mía.

Existe en la razón, una noción clara de la furia con la que el amor arrasa todo cuando una brisa cálida que se transforma en una cruel ventisca. Nada nos puede proteger porque los que damos fuerzas a otros, no la creamos de la nada: la sacamos de nosotros mismos, y con ella sanamos las desgracias de otros mientras las nuestras aumentan. Al menos eso es lo que pasa cuando esperas que el karma haga su trabajo.

¿Habrá sido egoísmo? ¿Será que, lo que pensé que hacia por ella, en realidad lo hice por mi mismo? Quería que dejara de llorar, lo conseguí; quería que dejara de mirar hacia el amor no correspondido, entonces halló el indicado; quería que me amara a mi, pero nunca le di razones para hacerlo. Simplemente me quede allí, observando como mi mejor amiga, mi querida confidente y mi amada musa, recobraba su felicidad arrebatada. Ese fue mi primer error.

Pero, ¿Por qué debía callarme el sufrimiento? Si no lo decía ahora tal vez no podría luego. Me dediqué a guardar su dolor junto al mio en una oscuro armario que ahora era una pesada carga que no podía contener. Le dije en frente de todos, en aquel parque, que no había minuto del día donde no deseara verla, que tenia fijada su figura en mis párpados. Le hablé de mis sueños, le conté sobre las cosas que deseaba para ella y de cada momento juntos que terminaron en sonrisas y abrazos. Ese fue mi segundo error. Entonces ella volteó su mirada al otro lado de la calle. Y lo señaló a él.

Nunca podré olvidar su expresión al decirme se fui yo quien la consoló por tanto tiempo, procurando que no perdiera la esperanza de encontrar el amor correspondido. Que fui yo quien restauró su confianza para buscar la felicidad en los brazos de otro hombre. Y que ese hombre nunca fui yo. Allí fue cuando me mostró su anillo y me besó en la mejilla como si se despidiera de mi después de una larga jornada. Yo no pude hacer nada mas que verla irse. Había logrado mi propósito: ella era feliz.

Por Y. J. Rivas
Publicado desde WordPress para Android

Anuncios

Dime que piensas

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s