Relatos de callejón III: La felicidad de los que no quieren sentir

Portada- Relatos de Callejón por Y. J. Rivas

Ella no quería sentir. Atrapada en las sombras cruzaba la calle con sus zapatos rojos y su melena desdeñada. Caminaba sin rumbo fijo por la avenida, riendo, aplaudiendo, bailando. Desde la estación del metro hasta la intersección del bulevar se le podía ver aparentemente feliz, aparentemente en control de su vida. Entonces ella se detuvo en silencio.

Justo en medio de la avenida había un charco de agua. Las personas pasaban por allí y lo esquivaban. Nadie quería arriesgarse a mojar sus zapatos. Pero Ella se detuvo a mirarlo. Para ella significaba algo que nadie podía comprender. Los que la mirábamos desde la otra esquina, a solo unos pasos, apenas podíamos ver su rostro y su ropa sucia.

Ella se detuvo justo frente a nosotros con su mirada fija en el charco de agua. Nos tomó apenas unos segundos darnos cuenta que no era el charco lo que le llamaba la atención. Era su rostro en él lo que hizo que su mirada se perdiera en la suciedad que evocaba los recuerdos de una vida llena de lágrimas.

Pocos conocían su pasado y Ella, en ese momento, intoxicada de una felicidad artificial, apenas podía dilucidar las consecuencias de haber crecido en un hogar destrozado con una familia sumida en el autoengaño y la perversión. Inmóvil observaba como su rostro se deformaba en el agua, igual que su alma y su mente ofuscada por el deseo de haber tomado mejores decisiones.

Ahora Ella estaba perdida, sola, desprotegida en un mundo que la había desechado y no tenía mas alternativa que huir de la culpabilidad, de refugiarse entre pequeñas dosis para sosegar la pena. Vendía lo que conseguía en la calle tan solo para comprar un sorbo de alegría, aun a costa de su cuerpo. Solo podía quedarse allí entre la duda y el auto desprecio, entre las miradas acusativas de desconocidos no menos culpables por su ignorancia y lo suficientemente egoístas para permanecer a distancia. Cara a cara con su realidad deformada.

Allí se encontró con ella en solo una fracción de segundos para volver su mirada a la calle y recobrar aquella felicidad que ella había reclamado a la fuerza. Así que sonrió de nuevo, porque había ganado. Pisó firmemente con ambos pies aquel reflejo absurdo de melancolía y juntó sus manos para celebrar, ignorando los transeúntes sumidos en un trance de otro tipo, y volver a recordar que no estaba allí para enfrentar los problemas, y menos aun para sentir.

Firma-Y.-J.-Rivas-

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