Relato: Yo, el abeto.

Bosque de Abetos en Otoño

Tal vez alguno de ustedes se ha detenido a hablarle a un árbol pero ¿han escuchado lo que este tiene que decirles? Los árboles son testigos de muchos acontecimientos y muchas estaciones. Emergen desde el fondo de la tierra en un intento por alcanzar el cielo como las estatuas que evocan la victoria de una guerra pasada y , si miras atentamente, en alguno de ellos, permanecen las cicatrices de batallas antiguas de las que solo el viento tiene memoria.

Por si todavía tienen dudas de quién o qué soy yo, les responderé con ligereza; es mi naturaleza ser así: Yo soy un abeto; pues a ustedes les gusta llamarnos así, pero en un lenguaje sonoro más apropiado a nuestra tradición, nuestro nombre sería «Ssrh» que significa «Protectores» y se que tal vez esperan que les cueste toda mi vida pero no creo que haya suficientes líneas para contener todas las cosas que he visto en mis largos años.

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Cuando nací, me preguntaba si estaban conscientes que había nacido porque no es costumbre de los árboles mirar hacia abajo ya que la única forma de ser grandes es buscar la grandeza y no hay nada más grandioso que el mismo cielo. No obstante,Tenía un amigo que se hacía llamar Piso Laso y aunque éramos similares, aquel árbol era un tanto maniático; se llamaba a sí mismo «Rey de la Selva Nublada» y pavoneaba su frondoso follaje.

 Recuerdo que una vez observé como un pequeño animal lo devoraba como si se tratara de cualquier otra fruta. Le sugerí que le hiciera entender a esa criatura que él era un rey pero solo pude ganarme un gesto de desprecio. Reí de forma estentórea agitando mis ramas vigorosamente mientras mi amigo servía de alimento. Pero no vayan a creer que soy un árbol malvado regocijándose por el mal de otros porque a decir verdad, él se lo tenía merecido y, aunque fue una escena algo cruel, le nacieron nuevas ramas con el paso del tiempo.

El rey Pino Laso era en realidad uno de esos pocos árboles que pueden ser amables y me gustaba entablar de vez en cuando una conversación con él aunque, como sabrán, esperar respuestas de un árbol es un reto a la paciencia pero que tiene grandes beneficios. Solo tienes que ser directo. Aunque a veces cuando él me respondía, yo ya había olvidado la pregunta.

En nuestra comunidad estaban los «Sscrash CrHrjr» (Ancianos protectores) y el mas prominente de aquellos protectores, estaba muy cerca de nosotros y aunque era sumamente sabio, nos trataba con cierta condescendencia. Tanto Pino Laso como yo, sentíamos cierta frustración de no ser lo suficientemente altos como para plantarles cara a esos «larguiruchos espinados» —como él solía llamarles—. Pero por mas enojados que estuviésemos, adorábamos verlos mientras el viento soplaba entre sus agujas y ellos se estremecían como si bailaran con cada corriente.

La primera vez que tuve un encuentro con un humano, fue una noche de agosto cuando una niña buscaba un lugar donde dormir. Lloraba desconsoladamente y aunque no entendía porqué, sentí que debía ayudarla. Estaba herida, como si hubiese sido atacada por algún animal o hubiese caído. Entonces le mostré un pequeño hoyo entre mis raíces y el suelo que había debido como refugio a una vieja familia de mapaches, pero que ahora estaba libre, así que le permití entrar. Piso Liso no entendía lo que sucedía pero rápidamente se encariñó de ella.

Pero cuando los mapaches volvieron, hicieron un gran alboroto. Los otros arboles se agitaron mucho y aunque no les preocupaba para nada la niña, deseaban poner fin a aquel desorden de medianoche. Y cuando uno de ellos intentó atacar a la niña, dejé caer mis semillas sobre ellos para alejarlos. Pino Liso también ayudó haciendo ruidos y chasqueando sus ramas. Esa noche hicimos algo que solo pocos árboles pueden hacer: salvamos una vida humana. Pero luego llegaron otros humanos, mas altos y en mayor número, con linternas en las manos y gritándo en búsqueda de la niña. Cuando la encontraron, ella les dijo que nosotros le habíamos salvado la vida y grabó su nombre en mi corteza. No volví a saber mas nada de ella.

Por varios años me mantuve bajo la espesa niebla que cubría aquel bosque. Algunas veces podía encontrarme rodeado de un inmenso silencio; otras, el murmullo de los árboles me desesperaba. El silencio solo era sobrepasado por el gélido aire que se respiraba. El musgo, la tierra y las hojas secas inundaban el lugar de una aroma inigualable. Todo aquello bajo el manto gris que nos acurrucaba y resguardaba cual secreto prohibido.

En la ciudad al pie de la montaña donde vivo, he observado pequeñas estructuras que son derribadas y sustituidas por otras cada vez más altas con el pasar de los años. Son seres inertes sin vida o pasión y cuyo único propósito es imitarnos  a nosotros los árboles. En el conticinio observábamos las estrellas, lejanas lumbreras que inspiraban todo clase de canto. Respondíamos ante su titilar con un baile modesto. Algunos humanos venían al bosque y nos acompañaban con puestos en primera fila para los diferentes espectáculos del cielo nocturno, desde observar las constelaciones hasta las lluvias de estrellas.

Abeto después de la tormenta

“Yo, el abeto” de Y. J. Rivas

Pero en una noche de tormenta, aquel cielo se tornó aterrador. Furioso e implacable, descargó su ira sobre el bosque causando un gran incendio. Los árboles crujían aterrados por las llamas que les consumía en aquel súbito infierno. Algunos intentaban apagar el fuego dejándose caer a la tierra en un sacrificio desesperado. El verde apacible del bosque se tornó en un rojo inclemente y no había forma de que pudieses salvarnos. Íbamos a morir por la mano de la misma tierra que nos había dado la vida. Nada era más sublime.

Las llamas habían alcanzado al Anciano protector y este se estremecía en un chillido espantoso por el fuego que lo reclamaba. Lo observábamos impotentes, sintiéndonos inútiles de no poder extender siquiera nuestras ramas para alcanzarlo en sus últimos minutos. Pero él nos observó sonriente. Nos miró fijamente y extendió una de sus ramas y dijo entre los silbidos de la muerte:

—Shcrashrekmrgrjk—

Esto significa “Tú, retoño, vive” y ambos sabíamos que esa era una despedida, la única que podría venir de un árbol.

El Anciano dejó caer su enorme tronco justo en medio de nosotros y observamos aterrados como el fuego desfiguraba su cuerpo. No podíamos hacer nada salvo verlo morir. Pero nuestra impotencia por no salvarlo, se transformó rápidamente en la aceptación de nuestra propia muerte. A pesar de los esfuerzos de los ancianos por mantener a salvo las plantas mas pequeñas, el fuego nunca cedía. Era cuestión de segundos que compartiéramos el mismo destino que ellos.

Incendio

El Incendio del Bosque

Observé como el fuego alcanzaba a Pino Laso y escuchaba su llanto y su crujido. Aun puedo recordar como me miraba desesperado. Lo ví convertirse en carbón tan rápidamente que no tuve tiempo de gritar. En ese momento deseaba unirme a él, pues todo lo que había alrededor de mi ardía y el aire era tan seco que apenas podía respirar. No faltó mucho para que las garras de aquella bestia flamígera tocara mi cuerpo pero no quería ver más aquel infierno.

Hubo un gran estruendo y sentí de pronto que el calor se disipaba. Me sentí aliviado. «Así se siente la muerte». Pero no había terminado, al menos no para mi. Observé que la lluvia había apaciguado a la bestia que devoraba todo a su paso y supe entonces que tenia una nueva oportunidad. Pero sorpresa mía, no había sido una lluvia cualquiera; habían sido los humanos que habían intercedido por nosotros con enormes máquinas voladoras que escupían agua en todas direcciones. Tenía algo mas que aprender.

Aquellos seres estaban conscientes de nuestra existencia tanto como lo estábamos nosotros de ellos y aunque les agradecí bastante, un sentimiento de ira me llevó a exhalar un último crujido y dejé caer una de mis ramas chamuscadas sobre aquel hombre que pisó las cenizas de Pino Liso . ¡Cómo se atrevía a pisotear el cadáver del Rey de la Selva Nublada! Tanto que me habló de los humanos y estos no pudieron salvarlo. ¡Malditos! Pero nuestra madre no es del todo cruel.

Esa mañana nos regaló un hermoso arrebol en conmemoración de los caídos en aquella batalla en la cima de la montaña. Supe que muchos animales también habían sucumbido ante la ferocidad de aquel atacante del cielo y que algunos humanos habían perdido sus casas. El cielo enrojecido era la señal de que todo había terminado y la señal de que un día nuevo había llegado para todos. Para mi, era la mención de que esa noche, un rey había muerto, sin distinción y sin honor más que solo el recuerdo de haber sido un gran amigo. No era justo.

Pasaron otros cincuenta años luego de que mi amigo regresara al interior de la tierra. Las cosas cambiaron mucho en el bosque. En muchas ocasiones deseé volver a ser un joven retoño, maravillado y en compañía de muchos otros árboles. Pero ahora estaba solo, apenas unos retoños habían emergido, pero apenas podía verlos en la distancia. El bosque se había ido.

La ciudad en cambio, se había extendido varios kilómetros en varias direcciones con nuevos y más altos —pero no menos horribles— edificios. Los hombres habían construido una carretera que atravesaba nuestro reino de este a oeste, casi siguiendo el camino del sol a través del cielo. Yo podía observar en la distancia como los automóviles cruzaban con rapidez y sin la menor intención de mirar a los lados. Luego comenzamos a ver que habían inventado algo nuevo: aviones. No me impresionaron mucho pues, estoy acostumbrado a ver criaturas voladoras y ningunas son tan ruidosas.

A pensar que éramos constantemente visitados por los humanos, yo solamente los observaba de lejos. Pero un día, uno de ellos de se acercó a mi, y me miró fijamente, posando su mano sobre mi corteza. Yo lo miré fijamente, pretendiendo no estar nervioso. No me gustaba que se me acercaran tanto, además, había escuchado que a ellos les gustaba raptar a los abetos para decorar sus propios jardines.

Aquella señora sonrió al verme, como si me conociera. Me sentía intranquilo pero cuando me tocó en la parte donde había escrito su nombre, supe entonces que había sido aquella niña que se había perdido hace medio siglo y noté cierto parecido en su aspecto con el mío; ambos lucíamos los signos de la edad. Arrugados y con una extraña satisfacción de haber sobrevivido junto a un pequeño episodio de nuestras vidas. Me presentó a sus hijos y a sus nietos y estos también se acercaron y me tocaron. Pero pasó algo que nunca pude esperar.

Los hijos de aquella anciana, eran propietarios de una constructora que habían comprado aquel terreno y que pretendían construir toda clase de estructuras. En la tierra ya casi no nacía nada, los árboles mas viejos estaba muriendo y otros fueron arrancados o cortados para hacer instrumentos musicales. Era cuestión de tiempo que yo, también fuera arrancado.

La señora no dejó que me cortaran, de hecho, construyeron un iglesia a mi lado y una plaza alrededor de mi. También dejaron que los árboles más jóvenes se quedaran y sirvieran de protección para el fuerte viento que era típico del lugar. Nuestro antiguo y silencioso bosque, se transformo en un centro urbano con residencias, centros comerciales y parques.

Abeto en Navidad. Yo, el abeto por Y. J. Rivas

Abeto en Navidad

 Mi época favorita del año, pasó a llamarse Navidad. En esa fecha, yo era decorado con toda clase de luces y adornos brillantes como tributo al cambio de año donde se respiraba un sentimiento de unión entre todos. De hecho, era constantemente visitado ahora que estaba tan cerca de los humanos y se fotografiaban cerca de mi. Algunos cantaban villancicos y otros simplemente se detenían a verme.

En varias ocasiones recordé a mi amigo, al anciano y todos los demás y me pregunté si habían renacido en alguna parte de la tierra, donde observaban como la tierra que antaño adoraban, había cambiado y que ahora, era anfitriona de otra especie de la naturaleza.

Estuve en aquella plaza por mas de doscientas navidades. Nuevas tecnologías suplantaron las anteriores. Muchas personas habían escrito también sus nombres en mi corteza y de alguna forma, me sentía padre de todas aquellas criaturas que se reunían debajo de mi. Y como cualquier otra criatura, yo también comencé a morir.

Habían plantado otro árbol muy cerca de mi, un gran abeto blanco con el que establecí una gran amistad. Él había venido de muy lejos y me permitió entender que la tierra en su totalidad estaba siendo modificada. Me habló sobre el nuevo siglo XXIII que se acercaba y sobre todo lo que el humano había alcanzado pero que tenía mucho que aprender de la naturaleza misma. Yo ya había visto nacer y morir a muchas generaciones, y sentí en mis raíces que era hora de que yo también renaciera en otro lugar. Y una mañana, emití mi ultimo crujido y caí ante la mirada de todos en el piso gris de la plaza.

Comencé a morir observando el ahora lejano bosque que se asomaba en la montaña. Aquella tarde era tan roja como cuando perdí a mi mejor amigo y me invadió una profunda tristeza el no haber podido decirle nunca que gracias a él, mi vida no había sido solitaria. Recordé a los mapaches que habían hecho su familia tan cerca de mi que los había visto nacer y crecer por generaciones.

Recordé a la niña que me devolvió el favor y me otorgó una segunda vida en el pueblo. Aunque siempre deseé volver a la tranquilidad del bosque, siempre estuve sobre la misma tierra que me había visto nacer y que ahora, luego de doscientos noventa y tres años mi vida tenia que ser devuelta a la tierra, como parte vital del ciclo de la vida. Ahora sería alimento para los seres de la tierra o madera para algún otro invento humano. Pero cualquiera que fuera mi destino, ya no quedaban luces que adornaran mis hojas.

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Mi café con Charles Bukowski

Este relato es una fantasía que armé con algunas de las mejores frases del escritor norteamericano Charles Bukowski con la intensión de salirme de la monotonía. Que lo disfruten.

Me encontraba en la ciudad de Los Ángeles, aquella ciudad vibrante y cosmopolita, entré a una pequeña cafetería. Aquel negocio no tenía nada especial salvo que la mesera estaba bien dotada. Pedí una café. ¡Qué asqueroso café! Odiaba fervientemente su café, pero la manera en que la que ella se inclinaba me permitía una vista espectacular de su escote. Lo pedía frecuentemente con la esperanza de que, en la práctica, pudiese mejorar.

Me senté en una de la mesas cercanas a la calle. Allí podía visualizar a cada transeúnte y criticarlos sin que estos supieran que yo estaba allí. Era una gran pasatiempo, quizá no el mejor, pero ¿Quien no dedica tiempo a criticar a otros a través de un cristal? Somos hipócritas al sentirnos ofendidos cuando escuchamos que hablan a nuestras espaldas y cínicos al afirmar que jamás hemos criticado a otros o que seguimos haciéndolo. El ser humano es una bestia vanidosa, que sin importar cuán bien se vista o cuán bien huela, terminará devorado por los parásitos que lleva en el interior de su propio cuerpo.

—Dicen que si miras mucho a otra persona, te empiezas a parecer a ella.- Irrumpió mi letanía una voz particular. Salté de mi asiento.

—¿Disculpe?

—¿Puedo acompañarle?— Me preguntó. No tuve tiempo de negarme porque él ya se había sentado. Sus rasgos eran los de un adulto no mayor de 50 años. Su cabello era canoso y lo peinaba hacia atrás, acentuado una frente alta marcada con unas escasas arrugas y un par de entradas. Sus ojos pequeños y muy juntos con una nariz prominente. Llevaba una camisa azul celeste y unos pantalones oscuros.

—No me mires así. Eres muy afortunado en que te acompañe a la mesa.

—No me diga. —contesté con un lacónico sarcasmo— ¿Es usted famoso?

—Lo soy en Europa, aquí, afortunadamente no.— Me guiñó el ojo. Hizo una pausa para encender su tabaco y luego continuó: —al menos no hasta ahora. Detesto la fama, es como una mujer quejándose por todo. ¿Has visto cuán histéricas son?—

Lo miré dubitativo, no había conocido a nadie expresando así ante un desconocido y francamente no sabía que responder o quizá no quería. Pero me ganó la curiosidad.

—¿Cómo se llama?— pregunté. Él seguía aspirando de su tabaco mientras se concentraba, al igual que yo hace minutos, en observar la calle.

—¿No lo había hecho ya?— contestó—Me llamo… ¡Maldita sea! ¿Es que no me piensan traer mi café?— Exclamó en voz alta y estirando el cuello en dirección a la cocina. Luego me miró de reojo y me dijo su nombre.

— Me llamo Charles Bukoswki.

—No te recomiendo el café de éste lugar señor Charles— Dije.

—Entonces eres muy estúpido como para no haber aventado ese café. Es lo que me molesta, yo digo lo que pienso y no me interesa si alguien le molesta, es más, si le molesta ¡mejor! así sé que he dicho la verdad. ¿Cómo puedes soportar que te traiga un café que sabe a mierda? No hay que temer decir cuando las cosas son malas.

—La verdad, lo hago por la camarera.

Él aspiró su tabaco, me dedicó una mirada intensa. Luego volvió su vista a la mesera mientras encendía otro tabaco. Inhaló lentamente y sonrió.

—Entonces estás peor que yo— afirmó sonriente.—Deberíamos invitarla a que se siente con nosotros.

Me pareció que actuaba, como si fuese su manera de llamar la atención. No pude evitar soltar una carcajada. Me encontraba ante un desconocido que pretendía decirme que hacer. Me decía que era famoso en Europa pero estábamos en América y me gustaba usar la sección de farándula para recoger la mierda de mi perro. No me gustaba su acento ni su manera de hacerse el interesante, pero comenzaba a disfrutarlo.

—No lo creo.—Repliqué.—Me siento muy a gusto aquí. Es bueno alejarse de las personas de vez en cuando. Como puede ver, éste lugar está casi vacío. Lo único bueno del lugar es la camarera y tal vez el pie de manzana que cocina.—suspiré—Llego aquí, pido un horrendo café pero que me lo entregan con una sonrisa. No importa si el café es el mejor del mundo pero si me lo dan de mala gana termino por rechazarlo. Me hace pensar: «¿Qué se creen?», es decir, el hecho de que su café sea bueno, no significa que nosotros tenemos que aceptarlo por las malas. Prefiero un café que, aunque sea un bodrio, me lo entreguen con una buena sonrisa. He entrado en restaurantes de renombre donde la comida es buena pero me tratan como si fuese un perro callejero. Su comida es buena, pero lo será mientras nosotros lo consumidores, así lo deseemos. Se olvidan de eso.

Charles meditó un rato. —Son como las mujeres—dijo— He tenido muchas mujeres y una tras otra a querido presionarme para hacer las cosas que no quiero hacer, entonces he tomado mi auto y decidido dejarlas. Son una máquina de quejas.

—Parece que tú también lo eres— espeté.—Desde que te sentaste aquí no has hecho más que quejarte Charles.

—No seas mierdecilla he intentes decirme como soy.—replicó. Hablaba muy despacio, con un tono de voz bajo pero se notaba su irreverencia. Y con sus rasgo americanos, de cabello prácticamente blanco, una nariz roja y una pequeño tabaco en su mano derecha, era una especie de «Bad ‘Santa’».

La rubia camarera llegó con el pedido de Charles. La chica rubia me dedicó una sonrisa. Quise esconder el café o lanzarlo por la ventana pero decidí fingir que tomaba. Entonces le pedí que por favor me diera un poco más de azúcar. Charles parecía mirar al piso, taciturno. Entonces me miró.

—¿No que el café sabía a mierda?— inquirió.

Casi me atraganté. El humo del tabaco llenaba los espacios. Sus ojos claros y pequeños me miraban detalladamente.

—No dije eso. Tú lo dijiste— repliqué. Sentí la sangre en mi rostro. Pero no pude hacer nada más que sonreír. La muchacha se quedó pasmada.

—¿Pero es cierto no?— Odio a los mentirosos. ¿Por qué no le traes otro café a mi amigo…

—José Vargas— Intervine.

-Tráele otro café a mi amigo José— Ambos nos dedicamos una sonrisa de complicidad y abrupta camaradería.

La chica, apenada, se inclinó sobre mi para alcanzar el café que estaba hacia la ventana, frió y casi intacto. Charles seguía inhalando de su tabaco. Me preguntaba: ¿Cuántos se fumará al día? Volví mi mirada a la chica, en el momento perfecto para ver que no tenía sostén. Charles también se dio cuenta e hizo un mohin al probar su humeante café.

—Tienes razón, sabe a mierda. Me recuerda a cuando moría de hambre en Nueva York durante el invierno.

—Se lo puedo cambiar— le informó la camarera. Tal vez estaba disfrutando tanto como yo de observar la figura de la mujer, pero pocas veces la miraba, en cambio, fijaba su mirada a la mesa o a la calle.

—Será mejor que lo hagas. No porque seas bella me tomaré la porquería que me has traído. Además, no existe algo como la belleza, especialmente en un rostro humano, eso que llamamos fisonomía. Todo es un imaginado y matemático alineamiento de rasgos.

—Mary— Le dije a la mesera— no me traigas otro café. Tráeme la cuenta. Abotónate por favor la blusa. Tienes un buen cuerpo pero preferiría detallarlo después. ¿Qué te parece?-

—Salgo a las 8— me respondió. Charle abrió los ojos y rió a carcajadas.

—¿Por qué decidiste sentarte y acompañarme?— inquirí, volviéndome de nuevo hacia al sórdido pero franco e inesperado acompañante.—Claramente usted tiene claro lo que quiere y lo que no.

—Lo hice por que quise. No necesito gran cosa para querer sentarme. Quería tomar una taza de café en algún lado. En cualquier lado.

—¿Se sentía solo?

—Nunca me he sentido solo aunque a veces me he sentido suicida. Como decía Ibsen: «Los hombres más fuertes son los más solitarios». La soledad no es algo que me molesta porque siempre tuve este terrible deseo de estar solo. Me gusta estar conmigo mismo. Soy la mejor forma de entretenimiento que puedo encontrar.— afirmó.

—Y muy modesto también.—Sonreí.

—Vine a acompañarte para que tengas algo bueno de que hablar en el futuro o quizá algo malo, no me importa. No todo es bueno y no todo es malo. Siempre me acusaron de cínico. Creo que el cinismo es una uva amarga. Es una debilidad. Es decir: ‘¡Todo está mal! ¿Entiendes? ¡Esto no está bien! ¡Aquello no está bien!’.- Hizo una pausa -El cinismo es la debilidad que evita que nos ajustemos a lo que ocurre en el momento.

—Hay que ser optimista de vez en cuando.

—El optimismo también es una debilidad. «El sol brilla, los pájaros cantan, sonríe» Eso es mierda también. La verdad está en algún lugar entre los dos. Lo que es, es. Si no estás listo para soportarlo, jódete.— Me respondió.

 Mary trajo la cuenta y con ella su número telefónico. Al pagar la cuenta de ambos y ya casí al salir le pregunté a Charles: -¿Quieres acompañarme a tomar un trago? ¿Te gusta el alcohol, no es cierto?-

—Claro que sí.— Respondió, colocándose sus lentes oscuros.— El alcohol es probablemente una de las mejores cosas que han llegado a esta tierra, además de mí. Entonces nos llevamos bien. Es destructivo para la mayoría de la gente, pero yo soy un caso aparte. Hago todo mi trabajo creativo cuando estoy intoxicado. Incluso me ha ayudado con las mujeres. Siempre fui reticente durante el sexo, y el alcohol me ha permitido ser más libre en la cama. Es una liberación porque básicamente yo soy una persona tímida e introvertida, y el alcohol me permite ser este héroe que atraviesa el espacio y el tiempo, haciendo un montón de cosas atrevidas… Entonces el alcohol me gusta,¡cómo no!.

—¿Me recomiendas algún Bar?— le pregunté al tiempo que salíamos de aquella cafetería de mala muerte.

—Conozco uno al que voy con mi amigo Danny. Está en un barrio pobre. Probablemente nos encontremos con una pelea. ¡Ojalá así sea! Me encanta la violencia pública y decente. El lugar ideal para escribir.

YjRivas

Transistasis

Lo que piensas es real, lo que ves es una ilusión

Los seres humanos vivimos en un mundo de variables matemáticas y todo lo que nos rodea se basa en números. Cuantificamos todo a través de los sentidos y son los sentidos y el deseo quienes dominan nuestras decisiones, convirtiéndonos en quienes somos. En la vida, toda criatura disfruta de cada color, sonido, aroma y las caricias nos hacen sentir amados y protegidos. Somos esclavos de los sentidos y ellos determinan nuestra realidad.

En cada nuevo amanecer intentamos preguntarnos: «¿Por qué estamos aquí?» Y observamos las estrellas en búsqueda de respuestas. Entonces la vida se convierte en nuestro mayor misterio y cada respuesta encontrada genera nuevas interrogantes. Nosotros observamos la vida a través de los sentidos y es cuando comprendemos que la vida, es la suma de nuestros sentidos, es el eco de la realidad impuesta en nuestras mentes para hallar sentido a una ecuación cósmica.

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Pero es en la muerte cuando todo el misterio se desvanece. Al morir, los secretos de la vida son revelados y la cortina del mundo se abre. Entonces entiendes el propósito, entonces comienzas a ver el sentido de la vida y resuelves la ecuación… pero ya no hay mas que sonidos y colores, porque todo lo demás se ha ido.

La primera vez que morí, no lo hice intencionalmente. No fue mi decisión poner aquel revolver frente a mi. Yo solo era un peatón que no debió pasar por esa calle, ni estar allí ese día ni a esa hora. El mundo se detuvo ante mis ojos, el dolor era intenso y con solo una pregunta quise encontrarle sentido a todo: «¿Por qué?» y cuando el dolor se detuvo, supe entonces que mi camino había terminado pero no entendía que lo que realmente había sucedido ese sábado 19 de Junio de 1999, era un camino nuevo.

El mundo se tornó con colores que nunca había visto, podía observar los altos árboles pero no podía oler el aroma de las flores. No había personas allí, solo lejanas figuras que iban en varias direcciones. El mundo parecía más gris pero los colores vibraban con una frecuencia diferente bajo el manto de la niebla. En el viento muchas voces susurraban al unisono; había risas, acusaciones, invitaciones y felicitaciones. Parecía que conversaban entre sí y había cierto zumbido en el aire.

Yo podía observar los sinuosos caminos pavimentados y la niebla jugaba a las escondidas entre los árboles. Intentaba comunicarme pero no sentía mis labios ni mi lengua y no sabía si caminaba porque no podía sentir el camino, podía ver todo y sentir todo pero al mismo tiempo no podía tocar nada.

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 En cuestión de segundos todo se sumió en completo silencio. Las hojas dejaron de moverse, las voces dejaron de hablar y la neblina se tornó más rosa. Sentía que estaba en un sueño pero era el sueño de alguien más; yo mismo era un sueño. Descubrí que nosotros creamos el mundo a nuestro alrededor con nuestra mente, pero nuestro cuerpo define como percibimos lo que nosotros mismos creamos porque existe en el cosmos muchas variables que no podemos entender, como si nos hiciese falta un dato valioso y que quizá ese dato sea el deseo de ser y sentir… el deseo de existir.

Cuando pude volver al mundo que percibimos, descubrí el sinsabor en el que vivimos comúnmente. Los colores y sonidos disponibles en el mundo y las interacciones pasan por encima de nuestras cabezas por estar atados a los deseos propios. Desear ver es una cosa, pero ‘ver’ es sentir e interactuar con el entorno soñado; la belleza se crea con el pensamiento y se percibe con los sentidos, el deseo de belleza nos aleja de la belleza soñada. Cada mente es libre de crear y percibir su belleza y pueden crear un paraíso o un infierno.

Fantasy

¡Amigos, familiares, amores! todos se unieron para darme la bienvenida de nuevo al mundo porque había renacido. Mi llegada de un viaje breve a la muerte había sido eterna para mi pero para ellos solo eran un par de minutos, un fragmento de tiempo y solo una escena de un sueño todavía en proceso.

Por un instante desee volver a estar ‘muerto’, desee que todos muriesen conmigo porque podríamos viajar por mundos inimaginables y nos alejaríamos de los deseos para regresar un sueño diferente. Vivimos en un gran sueño, la vida es un sueño, una ilusión provocada por el deseo y los sentidos…la muerte igual.

Comprendí que la vida vibra esplendorosa en todas las dimensiones del Todo. Entonces la niebla desapareció, el mundo se reveló ante mi y sentí gozo. No sientan miedo por mi, no sientan tristeza porque la muerte y la vida son dos variables a ambos lados de una ecuación. Fui declarado muerto oficialmente a las 6:19 de la tarde cuando apenas tenía 19 años pero fue entonces cuando el misterio se resolvió: La transistasis es el cambio de la vida y la muerte, el flujo constante de la mente cósmica y la ecuación del Todo. Soñamos con lo que deseamos y lo que deseamos es nuestro sueño, nuestra realidad es el sueño del Todo.

YJRivas

Las tres niñas

En uno de mis paseos por la capital vi a una hermosas niñas practicando la Radiestesia. Era un tarde como cualquier otra y había salido temprano de mi trabajo. Me gustaba caminar una hora, ver las tiendas y observar el comportamiento casi mecánico de las personas que viven en las grandes ciudades.

Me encontraba caminando por la avenida Los Palos Grandes en Caracas, allí donde abundan las enormes y hermosas quintas que parecen sacadas de las revistas. Nunca en mi vida he visto a alguien, entrar o salir de alguna de esas casas pero ese día vi algo que realmente no esperaba.

En una de las casas que, por su aspecto podría decir que es una de las más antiguas, tres hermosas niñas de largos cabellos castaños, jugaban en el jardín, cerca de la puerta principal de su casa. Sentadas en el suelo en forma de triangulo, parecían muy concentradas en una gran pliego de papel en en centro. Yo lograba verlas desde lejos a través de la verja, a medida que subía en dirección a la montaña Wararaira Repano. 

A medida que me acercaba, distinguía sus hermosos vestidos y sus cabellos hermosamente peinados, con listones y unos zapatos muy hermosos. Las niñas reían y se pasaba una especie de listón plateado, más parecido a una fina cadena. Me detuve por un momento frente al abasto para comprar una botella de agua, un jugo y unos bocadillos que pretendía comerme una vez llegara a la montaña. Me senté a descansar sobre un pequeño muro pero dirigí mi miraba hacia las niñas que parecían divertirse mucho.

Entonces algo llamó mi atención, un pequeño destello hizo que me fijara en algo que colgaba entre las tres niñas. Al final de aquella pequeña cadena que sostenían, colgaba una figura triangular. La luz del sol se reflejaba en él cada vez que oscilaba de un lado al otro. Me pues en pie tan pronto supe lo que era. Aquella figura triangular era un péndulo, de esos que se usan en la práctica de la Radiestesia.

Pendulum de Cuarzo

Pendulum de Cuarzo

-Esto es sorprendente- musité. Aquella niñas no parecían tener más de 13 años pero sabían exactamente como manejar aquel artilugio. Una buscaba, haciendo movimientos circulares con el péndulo sobre el pliego de papel y las otras dos observaban tomadas de la mano, detenidamente.

No puede evitar sorprenderme pero también sonreí, me terminé de beber el agua y seguí caminando. Caminaba cada vez más lento a medida que me acercaba a la casa, no por temor sino por curiosidad pero no podía detenerme, por miedo a que se dieran cuenta que las observaba, aunque dado el lugar donde se encontraban, no parecían temer a que alguien las observara.

Cuando estuve frente a la verja, observe el hermoso jardín. Habían plantado orquídeas y azucenas. A un lado de ella, una hermosa fuente ornamental de estilo griego, le daba un toque soberbio y místico al lugar. Fingí que me ataba los zapatos para poder ver en detalle el papel que tenía una extrañas figuras.

-¿Qué estarán buscando?- Dije. No me había fijado cuán cerca estaba de ellas hasta que un destello de luz me segó por unos segundos. Al recobrar la vista, observé que el péndulo se había detenido, en dirección hacia donde yo estaba. Cuando subí mi mirada para ver a la niñas, me quedé helado.

Aquella niñas tenían sus ojos puestos en mi. Yo les dediqué una sonrisa y sentí toda la sangre en mi cara. Ellas me miraban fijamente sin inmutarse. El péndulo me señalaba a mi y aunque no tenía idea de porqué, todo parecía indicar que yo estaba interfiriendo con algo, fuese lo que fuese.

Me puse en pie levante mi mano para disculparme. Se me ocurrió meterme mi mano por el cuello de la camina y me quité la cadena que llevaba. Quería decirles <<si, sé lo que están haciendo>> entonces levanté mi cadena que llevaba un pentáculo metálico, y se los mostré. Aquellas niñas sonrieron enérgicamente y comenzaron a susurrar entre ellas.

La niña que llevaba el péndulo se levantó y me saludó como si yo fuera alguien conocido. Esto no hizo más asustarme. Voltee en ambas direcciones para buscar a quien estuviera observándome, o cerciorarme de que no estaba saludando a alguien más. Como no había nadie más, supe que era conmigo y le devolví el saludo. oculté de nuevo mi pentáculo y me despedí de aquella niña para seguir mi camino hasta la montaña. Recuerdo sus hermosos ojos café y su sonrisa y aunque jamás la he vuelto a ver, imagino que sigue practicando para algún día convertirse en una gran maestra. No se tu nombre pero si llegas a leer esto, quiero que sepas que también he seguido el camino.

Argentum Fabulae: El Priorato Lunar

Argentum Fabulae 

El Priorato Lunar

  Volar le recordaba la juventud que una vez tuvo. Ciro, antaño profesor de geografía, era considerado por sus contemporáneos como un piloto hábil e incauto. Volaba tan alto como su Cessna 206 se lo permitía y bajaba lo suficiente como para rozar las olas del mar que tanto amaba. La tragedia de haber perdido a su esposa y su hija en un terrible accidente, lo habían convertido en un vago recuerdo del hombre exitoso que había sido. Ahora sólo tenía la experiencia acumulada por sus años y con ellos la esperanza de encontrarse de nuevo en la muerte con aquellos que había perdido.

    El último viaje de Ciro rompería todo pronóstico. Giró para sortear la tormenta que se acercaba pero el cielo ya había decidido su suerte. Rápidamente fue presa de lo impensable. Lo único que le rodeaba era el gigantesco espacio centelleante y atronador del interior de aquel titánico monstruo que lo había tragado.

   Entre el fuego y la humareda, fue arrojado a lo profundo del bosque. La sangre y la lluvia le recorría el rostro bajo las sombras de los altos árboles. A pensar del intenso dolor se arrastró varios metros, buscando el mejor lugar para morir, pues no quería hacerlo sin mirar una vez más la fotografía de los dos amores de su vida. A su alrededor el fuego comenzaba a esparcirse y Ciro sintió la pena de no poderlas ver una vez más. Las ramas crujían y el calor del fuego sofocaba el aire.

-Sin importar lo que suceda… la muerte aún no quiere reclarmarme- musitó. No había logrado llegar al cielo y por castigo había sido arrojado al infierno. Pero no estaba solo en aquel caos que le rodeaba.

 -¿Por qué tienes tantos deseos de morir?-  Intervino aquel hombre encadenado a unas piedras.

    El estado demacrado de aquel hombre, que se hacia llamar Sadón, reflejaban la miseria y el dolor de un largo cautiverio. Los cabellos de aquel hombre eran tan largos que se extendían por el suelo y tan sucios que parecían ser la misma tierra. Aquel hombre le ofrecía consuelo a cambio de su ayuda para liberarse. Ciro se desangraba y el frío sólo aumentaba el dolor y el sentimiento de una profunda soledad. En su desesperación, Ciro aceptó la oferta de aquel hombre de poner fin a su sufrimiento.

  Con las pocas fuerzas que tenía, Ciro rompió las cadenas que ataban aquel hombre las piedras. Entre los árboles otra figura se levantó acompañada de un luz tan clara como el día que se esparcía por los rincones de aquel tormentoso lugar. Las fuerzas le abandonaban y sentía que la muerte lo reclamaba.

   Pero su verdadero viaje no hacía más que empezar. Despertó sin tener idea de donde estaba, preguntándose si todo aquello había sido un sueño <<¿Cumplió su promesa?>> Estaba claro que había tenido un accidente y que todo lo demás era una ilusión producto de la caída. Ciro contó lo sucedido pero no habló de su encuentro con aquel hombre en lo profundo del bosque.

    Cuando sus heridas sanaron lo suficiente para ponerse en pie, fué llevado hasta el río para lavarse. Conocía cada lugar del país que tanto adoraba y recorrido cada camino que no estaba en ningún mapa. Conocía cada rincón excepto ese.

    Aquel valle llamado Lunavilla era flanqueado por cuatro montañas y atravesado por dos ríos, El Arco y El Ancara, provenientes del norte. A mitad del valle éstos dos ríos se unían en forma de “Y” donde se comenzaba a llamar Marenna para continuar hacia el sureste cruzando el bosque. No existían palabras para describir lo que veían sus ojos porque aquel lugar parecía ser donde nacen lo más hermosos cuentos.

  Pero en la noche, aquel secreto lugar se transformaba en un macabro escenario. Algunas veces, eran despertados por terribles aullidos que rasgaban el silencio nocturno. Extrañas cosas pasaban en aquel enigmático pueblo. Las gallinas amanecían muertas y en descomposición, el viento era cada vez más gélido y muchos niños comenzaban a enfermarse. Ciro era culpado por aquella desgracia que se había desatado en Lunavilla y fue llevado ante el Prior para que el jurado determinara su destino.

   En el juicio, Ciro fue declarado culpable por haber profanado el bosque de Odoshinai y liberado la sombra que ahora amenazaba al pueblo. Su cabeza debía ser clavada en la entrada del bosque como castigo y advertencia para todo aquel que quisiera entrar. Hilda, quien había sido advertida en sueños sobre Ciro, pidió que éste fuera llevado a su casa como su invitado. En el sueño la Diosa Anjana le había dicho:

“Del bosque llegará con la bandera de la muerte pero refugio y alimento le debes dar. Portará una espada de fuego pero de él no temerás. Anciano y joven deben convivir para que las sombras huyan de la vasta tierra.”

    Los extranjeros no eran bienvenidos pero aquella hermosa mujer cuya influencia era comparada con la del Prior, se negaba a seguir las recomendaciones y las sentencias su correligionario. Hilda era reconocida por poseer el don de la clarividencia y El Priorato falló a su favor. Ese día Hilda había se había ganado la enemistad del Prior. Ciro no entendía la mistificación de aquel lugar y se limitaba a contestar las preguntas. Vestido con los andrajos que le habían quedado, fue llevado a la casa de Hilda donde ella le lavó los pies y le dio ropas nuevas.

    En Lunavilla, Ciro era un huésped inesperado y marginado. Hilda apenas le dirigía la palabra y evitaba en lo posible que sus hijos, Hanna, Helena y Hugo se acercaran a él.  Entendía que pasaría mucho tiempo antes que lo aceptaran pero Ciro no sabía cómo regresar a su hogar. Estaba prisionero en el paraíso.

    Cuando tuvo la libertad de caminar por el pueblo sin escolta, encontró a un joven llamado Mael que no temía acercarsele, pues no lo consideraba peligroso. Se hicieron amigos en poco tiempo pero al hacerlo habían incumplido el mandato del Prior y éste castigó a Mael. Los métodos de castigo del Prior, era injustificados para Ciro y aunque él sabía que no tenía autoridad allí, no dejaría que la leyes de unos hombres irracionales atentaran contra los principios de la civilización moderna. Cómo castigo a su insubordinación, Ciro fue confinado a las catacumbas hasta que Hilda intercedió por él nuevamente. El Prior sabía que si ésto continuaba, perdería su autoridad, estaba decidido que el extranjero llamado Ciro debía morir.

   Aquella noche de luna llena, los ojos de Ciro fueron testigos de los fantástico. Desde la pequeña ventana de su habitación observaba como a lo largo y ancho del valle, tenues lámparas se encendían en una procesión que descendía desde lo alto del valle  acompañada por un hermoso cántico que sólo se podía atribuir a los ángeles del cielo. Cada niña y joven llevaba un cándil, vestidas con largas túnicas plateadas, los varones en cambio, llevaban ofrendas de miel e incienso. Hanna, quien era la mayor y la más hermosa de todas las jóvenes del pueblo, llevaba un candil dorado y sólo llevaba una túnica azul y plateada para cubrir su cuerpo.

   Cuando llegaron a orillas del río, Hilda precedió la ceremonia. Los cánticos se hicieron más rítmicos y los jóvenes presentaron las ofrendas. Hanna fué llevada hasta lo alto de la piedra donde habían sido tallados símbolos arcanos.  La hermosura de aquella joven era comparable con las doncellas de los mitos antiguos. En el ceremonial, compañado de tambores y bailes,  se le pidió a la Diosa que entrara en el cuerpo de Hanna  para determinar el destino de Ciro, quien había traído la desgracia al pueblo liberando la oscuridad sellada en lo profundo de El Bosque de Odoshinai.

    Cuando la Diosa Anjana se disponía a poseer el cuerpo de Hanna, el Priorato y sus soldados intervinieron en la ceremonia. Los Hierofantes advirtieron al priorato sobre aquella intromisión, pues habían hecho un circulo de poder que de ser roto, permitiría a las sombras alcanzar el pueblo, pero el Prior alegó que las sombras ya lo habían alcanzado desde Ciro había quemado parte del bosque prohibido y puesto un pie en Lunavilla.

-Éste agitador debe ser detenido- sentenció y ordeno su inmediata aprehensión, denunciando a Hilda por usurpadora de las palabras de la Diosa con la intención de tomar a Ciro como su amante. Ciro aceptó ser recluido pero la verdadera intención de El Prior era clavarle su larga espada en el corazón. Nadie pudo advertir lo que estaba a punto de pasar. Los ojos del Prior se abrieron como platos y exhaló un grito de angustia y terror.

    Detrás de la joven Hanna un demonio alado amenazaba con cortarle el cuello. El pueblo entero comenzó a correr despavorido pero Hilda y sus hierofantes se quedaron para pelear por su hija. Las alas de aquel demonio eran tan negras como la noche y sus ojos eran de fuego. Asesinó a los hierofantes y clavó sus garras en el estómago de Hilda.

-¡Debes morir extrajero!- exclamó una vez más El Prior, pues culpaba a Ciro por aquella masacre.

     Una vez más alzó su espada pero rápidamente fué atravesado por Sadón. El Prior cayó muerto a los pies de Ciro, quien observaba estupecto aquella escena sobrenatural. Sadón tomó su espada para liberarlo. Una vez liberado, Ciro corrió hacia Hilda quien agonizaba. Pero la sorpresa sólo podía ser superada por el terror. Sadón levantó el cadáver del Prior con una fuerza sobrehumana y bebió de su sangre transformándose un demonio tan alto como el mismo bosque.

-Yo soy Odo’Sha, el espíritu oscuro del bosque- Declaró. -Reclamo para mi éste pueblo y Anjana será mi prisionera en lo profundo del abismo para que no vuelva a ver la luna nunca más-

    El caos se apoderó del esplendoroso valle y los ríos se mancharon con la sangre de niños y ancianos, justos e injustos por igual en aquella masacre desenfrenada. El sufrimiento y la culpa abrieron camino en la mente del cansado Ciro y no hubo nada que impidiera que aquel demonio rompiera  la poca armonía que antes reinaba.

-Tenían razón, yo soy el culpable-

    En su lecho de muerte, Hilda le pidió a Ciro que cuidara sus niños y que rescatara a Hanna de las garras del oscuro espíritu que la había robado y le entregó un colgante plateado. Sin comprender la ola de sucesos que se habían desatado, Ciro aceptó hacerse cargo de su hijos y le prometió entre lágrimas que regresaría con su hija desde el mismo infierno.

(Continua)