Lo que no cuentan las historias de amor.

Habría sido mejor no decirle que la amaba. Debí haberme detenido justo en el momento en que su mirada volteó hacia otro lado. Pero en ese momento no tenia razones para creer que solo era un pañuelo que secaba sus lágrimas, el cuál podía guardar en un bolsillo para luego tirar cuando ya estaba demasiado sucio.
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Relato: Cuando se guarda el amor

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Recuerdo la primera vez que se acercó. Sonriente. Me observaba fijamente y medía sus palabras, esperando no equivocarse. Yo no sabía quien era ella, pero ella aseguraba saber quien era yo y admitió haber estado esperando para entrevistarse conmigo. Eso me ponía en desventaja. Pues me había abordado para solicitarme una ayuda profesional y justificaba su solicitud en base a los comentarios de sus colegas.

«Él te va ayudar» — le decían. Acepté sin mediar muchas palabras, porque había sido amor a primera vista.

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Relatos de callejón IV – Aquella vez cuando la amé por última vez.

Portada- Relatos de Callejón por Y. J. Rivas
Este relato es uno de los pocos que he podido recuperar de mi antiguo cuaderno. Lo he re-editado pero he tratado de no cambiar demasiado su estructura para que se mantenga fiel a la historia que quería contar hace más de una década.

Relatos de callejón

IV

Aquella vez cuando la amé por última vez

Estaba enamorado de sus ojos café, de su largo cabello castaño y su piel bronceada. Estaba enamorado de la forma en la me miraba y de su gentileza al hablarme. Cada gesto suyo es la prueba de un amor pródigo. Realmente la amaba. Era una bendición poder despertar a su lado y observar su sonrisa bajo la luz de un nuevo amanecer.

Ella no merecía enamorarse de un hombre como yo; un esquizofrénico adicto a los calmantes. Ella debía ser adorada por arcángeles. En cambio, estaba confinada en este mundo lleno de tormento y desavenencias. Realmente odiaba ver como sus sueños eran frustrados por la economía y la inmoralidad. Las almas corruptas de las personas que infestan esta tierra con su miseria, lograron frustrar sus ilusiones. Este mundo no merecía tener un alma bondadosa caminando entre los suyos, codeándose entre risas sardónicas y miradas  de indiferencia. ¡Ella merecía ser amada! ¡Ella merecía ser alabada! Por eso tenía que marcharse de este mundo. Por eso Dios tenía que llevársela con sus ángeles.

¡Cuán lejana fue su mirada! ¡Cuán fría su piel! Los ojos de mi amada me observaban inertes desde la oscuridad. Allí estaba el cadáver de quien me hubiese amado a pensar del dolor, tendido bajo las hojas, su cabeza cubierta con flores y su sangre cubriendo los escalones. El amanecer se levantaba tras las montañas grises y nubladas. El gélido abrigo de la noche se rasgaba con los cálidos dedos del amanecer. ¡Cuánto dolor! ¡Cuánta frialdad! La penumbra cercenaba mi corazón como una espada al rojo vivo.

Mi garganta solo podía emitir el dolor. Mis brazos se extendían a recoger su inerte cuerpo. Gritar al silencio. Silenciar la noche que se escapaba llevándose consigo sus deseos, sus añoranzas y su único brillo de amor. ¡Cuán roto estuvo mi corazón! ¡Cuán desesperada estuvo mi alma! El Eco hacia mella en cada rincón, en cada esquina, en cada muro que, por más que quisiese no podría romper. Pero esa era la única salida.

¡Cuán tranquilo estuve aquella vez que la amé por última vez! ¡Cuán inmóvil! ¡Cuán sonriente! Si, mis manos fueron culpables, mis ojos testigos y mi corazón el mejor de los asesinos. Yo debía entregarle la paz. Yo debía guiarla al mundo más allá de este para que fuera llevada hasta el Señor y que los cantos alabarán la pureza de su corazón.

Fui yo quien puso sus manos en su espalda y la daga en su garganta. ¡Debía hacerlo por amor! ¡No podía permitirle mas dolor!¡Debía mostrarle mi último gesto de amor! ¿Que habrías hecho en mi lugar? ¿Que habrías hecho al ver al amor de tu vida sufrir las calamidades de una vida corrupta? La entregue sonriente ante las puertas del cielo dejando tras si, su envoltura de sangre que debía ser probada por la misma tierra que la apartó de la esperanza. Fui yo quien vio su lento ascenso sobre el cielo y al mismo tiempo fugaz, como los rayos del sol cuando llega el amanecer.

Mis gritos y su silencio

Esa mañana despertamos por un sonido muy peculiar. El Ruiseñor revoloteaba los rincones de nuestra habitación buscando desesperadamente una salida a esa prisión que le apartaba de su mundo. El aleteo y el canto nos avisaba que por fin había amanecido. Él y nosotros teníamos algo en común: ambos estábamos prisioneros; la única diferencia es que nosotros deseábamos estar allí eternamente. No buscábamos una salida. Queríamos estar alejados del mundo exterior y permanecer entre las sabanas en cada ocaso y amanecer. Pero eso ya pasó. La cama ahora sólo tiene un prisionero, el otro yace libre y no hay ruiseñor que cante para nosotros en las mañanas. Todo canto de alegría se fué con la sangre bajo sus cabellos.

—Si no te levantas, llegarás tarde a tu trabajo— me dijo.

Allí estaba, sonriéndome sobre las sabanas mi hermosa amada, sonriente, con sus ojos negros y sus labios rosados observándome detenidamente. Sus largos y ondulados cabellos se enredaban en mis dedos. La luz del sol no hacía más que iluminarla como si un ángel bajase del cielo directo a mi cama y me hiciera compañía cada noche y luego, dejarme en la mañana. Su poema favorito era la Divina Comedia de Dante Alighieri, el cual yo le leía un pasaje diferente cada vez que me lo pedía. Muchas veces imaginábamos el camino al Paraíso, intentando esquivar a toda costa el Infierno y el Purgatorio. Yo era Dante y ella era mi Beatriz.

—Desearía quedarme por más tiempo, no quiero ir hoy.— Me envolví entre las sabanas con ella, deseando que el sol pasara de largo y la luna levantara su pálido rostro sobre nosotros. A ella le gustaba mirarnos detrás de las cortinas cuando el velo nocturno cubría la urbe y las lejanas montañas de la ciudad.

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Relato: Reflejo amante.

«Nadie nos ve, mas estamos a la vista; nadie nos juzga, mas somos pecadores. Bailamos al ritmo de nuestra propia tonada…» (Y. J. Rivas, En trance.)

Cada mañana era un tórrido deseo de sentirse mujer. Despertaba entre suspiros esperando encontrar sobre ella, el rostro de aquel hombre a punto de entrar en su interior. A penas podía entender la razón de aquel deseo impávido por un hombre que no le correspondía. Ella Abría los ojos y se sonrojaba al verse en el espejo, con las manos entre las piernas, suscitando la lujuria que la apresaba entre aquellas sábanas rosas. Abría su boca y callaba el gemido con la almohada.

Al vestirse, se quedaba largo rato observando su cuerpo en aquel espejo; cabellos rubios a la altura de los hombros, ojos café, labios carnosos y facciones de una tierna joven que aun espera por su cumpleaños número dieciocho. Se sentía insegura de sí misma, preguntándose si aquel hombre la desearía y si aquel uniforme escolar suponía un gran obstáculo. Decepcionada, salía a toda prisa del cuarto. Bajaba las escaleras con su rostro fruncido, esperando encontrar a nadie en su  camino. Todo parecía indicar que ese día no iba a ser el mejor; nada le quedaba bien, no había forma de poder ser quien quería ser, pero por sobre todas las cosas, sentía celos.

—¡Buenos días Fabi— le saludó su madre.
—No son buenos días—contestó Fabiana.
—¡Vaya! Es muy temprano para andar de malas.
—Como sea.

La madre se llevó los brazos a la cintura y resopló. Por un momento la rabia se le subió al rostro pero ella estaba de muy buen humor y no quería iniciar una pelea con su hija la cual no llegaría a ningún lado. Aun cuando la rebeldía de Fabiana la molestaba, no había nada le hiciera cambiar de parecer. En ese instante sonó su celular, el pequeño hermano de Fabiana, José, extendió el aparato y ella lo siguió con los ojos, atenta a conocer el interlocutor.

—¡Buenos días!— Contestó la madre con una voz chillona.

No había duda que era él. Fabiana conocía ese tono de voz y la forma en la que se sonrojaba cuando hablaba con él. Observaba discretamente la forma en ella expresaba su amor y se preguntaba si ella podría sentir lo mismo. El hombre que ella deseaba le pertenecía a alguien más. Fabiana sintió que debía estar atenta a escuchar la conversación. Mientras hablaba, la madre servía el desayuno. Le daba indicaciones a Fabiana con los dedos para que la ayudara.

Todos se sentaron a comer pero la mamá seguía en su idílica conversación con su enamorado. La joven madre acariciaba sus negros cabellos al hablar y Fabiana quien, observaba su risa, se sentía cada vez más disgustada. Fabiana sentía que su madre le restregaba su felicidad en la cara. Ya era suficiente. Entonces se levantó de golpe.

—Ya no tengo hambre.

—¡Pero no tocaste la comida!

La joven Fabiana salió despedida de la cocina, esperando correr tan rápido que no le diera tiempo sentir nada más. Lleva meses esperando recibir más que un gesto amable de cortesía. Lo amaba desde hacía tanto tiempo que cada palabra le resultaba tan dura como el hecho de que probablemente jamás tendría su amor. Cuando cruzó la puerta alcanzó a escuchar a su madre.

—No se que le pasa hoy— alcanzó a decirle la madre a su interlocutor— cosas de la adolescencia.

Ella no pudo contener un grito de impotencia. Tenía ganas de contárselo a ella, de explicarle que no era su culpa que lo deseara. Pero no podía más que callar, por el bien de ella misma.

Al llegar al instituto, respiró hondo por encontrarse en aquel sitio donde era invisible. Donde su mente se iba en cálculos de álgebra y química. No había mejor lugar para olvidar lo que le pedía su cuerpo, que buscando los desafíos matemáticos que ocuparan su mente. Aunque esto último sería aun más difícil cuando observara a lo lejos, la causa de aquel deseo que la consumía desde hacía tanto tiempo.

Al otro lado del patio principal del instituto, estaba aquel joven de cabellos negros, de ojos café y pómulos prominentes. Llevaba su típica chaqueta negra y su aire de joven exitoso. Casi cualquier chico en el instituto pasaba la mayor parte del tiempo besándose con las chicas y, aunque generalmente lo hacían a escondidas, este no tenía problemas para hacerlo a la vista de todos. Los cabellos negros de aquella chica que era besada apasionadamente, no impedía que ella siguiera observando. De pronto, el deseo de cambiar de lugar le hizo sonreír, burlándose de su patético sentimiento.

Pasó tanto tiempo observándola, que no advirtió que tenía al frente, a su profesor de historia. Este llevaba tiempo observándola, preguntándole sobre su proyecto de ecología para el instituto que tanta controversia había generado. La taciturna Fabiana solo suspiraba. El profesor siguió su mirada hasta llegar a la pareja. Entonces sonrió y se le acercó.

—¿Hay alguien allí?— preguntó el profesor, sacándola abruptamente de su abstracción.

—¡Profesor Andrés!—exclamó. Sintió que la sangre se le iba al rostro.

—¿Interrumpo algo?

La joven Fabiana lo miró por algunos segundos.

— De hecho si. ¡No tiene idea de cuánto he querido besarlo, de cuánto tiempo he estado esperando por estar entre sus brazos y que me diga a mi, no a ella, que soy la mujer de su vida! Pero lo único que consigo es que usted venga y me aleje de él con la intención de preguntarme sobre algo que no le interesa. Lo odio. Odio tener que conformarme con su simpatía, odio tenerlo tan cerca y que al mismo tiempo esté al otro lado de la clase.

—No, no interrumpe nada. —contestó. El carácter de Fabiana era voluble en esa época de su vida. Hablar con su profesor la calmaba pero paradójicamente su deseo se intensificaba al tener que compartir la clase con aquel joven que la traía poseída. Ella era una de las mejores estudiantes pero por alguna razón la historia era particular difícil para ella. Al contrario de lo que uno puede esperar en una chica, la fechas no era su fuerte. El apoyo que aquel joven le brindaba en cada clase, no solo había logrado salvar sus notas sino que también le había permitido que le hablara por primera vez directamente. Había logrado tener sus ratos a solas con él.

Al terminar la clase, aquel joven fornido que siempre estaba cerca de la ventana se despidió de ella, ofreciéndose en ayudarla con su proyecto de reciclaje.  Él era el más popular pero no por eso dejaba de ser amable con ella, pues también lo había ayudado a pasar su examen de matemáticas. Había sido una de las pocas veces en las que se había quedado sola con un chico, aun cuando no hubiese nada entre los dos y que probablemente jamás lo habría.

El profesor Andrés, como era costumbre, siempre le ofrecía un tiempo extra para ponerse al día con su proyecto estudiantil. Ese día Fabiana se rehusó. No tenía deseos de quedarse a hablar con él sobre ambientalismo. Lo que ella quería era ser besada. No le importaba tener que verlo con otra chica pero no se resistía cuando lo tenía aunque fuese por un breve momento, tan cerca de ella. Aun así, sabía que era muy importante su apoyo. Fabiana se excusó diciendo que debía encontrarse con otros compañeros para investigar sobre termodinámica. Ella y el profesor quedaron en verse horas más tarde.

Había iniciado la temporada de lluvias y a las seis de la tarde ya había oscurecido bastante. Fabiana observaba como la lluvia lavaba la ciudad dejando solamente la humedad de una oscuridad inalterable que surgía como un manto fantasmagórico sobre las luces y estás, luchaban por alcanzar el cielo. Pero algo sucedía frente a su casa, y ella, en su letargo, no se daba cuenta. Bajó la mirada solo para sentir como su corazón se atravesaba en su garganta.

Bajo el pórtico de la casa, se detenía aquel joven que robaba los deseos impúdicos de Fabiana. Ese joven llevaba tiempo observándola sonriente.

—¿Cuánto tiempo llevas allí observandome? — Le preguntó Fabiana, sorprendida por la inesperada llegada de aquel joven de chaqueta negra.

—El suficiente para notar cuánto te gusta lluvia.

—¿Te dedicas a vigilar a las niñas en su ventana?

—Sólo a las hermosas.

Fabiana sintió como se le ruborizaba el rostro. Tragó saliva, pero solo bastó un par de segundos para que reaccionara. Entornó los ojos y se retiró de la ventana. Sonreía para sí misma y observaba aquel espejo que en la mañana la había visto acariciando cada centímetro de cuerpo por él. No podía evitar sentir el fuego en su interior, no podía contener el ímpetu de su frugal corazón.

—¡Oye!¿Me abrirás la puerta? Gritó el joven desde la calle.

—¡Claro! — contestó Fabiana. De pronto se sentía feliz, se sentía fascinada por el hecho de tenerlo en la puerta  esperándo  por ella. Buscaba algo bonito para ponerse. Aún cuando no le gustaba maquillarse intentaba torpemente de pintarse los labios. Al terminar bajó rápidamente las escaleras.

—¿Quién grita en la puerta?—Preguntó su madre. Fabiana quería ser la primera en abrir la puerta pero su mamá ya estaba varios pasos delante de ella.—¡Vaya, te maquillaste!— le dijo. Entonces Abrió la puerta en cuestión de segundos.

—Buenas noches señora Ana.— saludó el joven.

—Hola Andrés. Si sabes que tenemos un timbre, ¿verdad?

El joven sonrió.

—Vi a Fabiana en la ventana y no creía que fuera necesario.— contestó, dedicándole un guiño a Fabiana.

La madre se volvió a ver a Fabiana y le sonrió. Pero algo había en su sonrisa que no le agradó a Fabiana. Conocía bien a su madre como para saber todas sus formas de sonreír y aquella sonrisa no era precisamente para ella.

—Nani— le llamó el pequeño José. — quiero ir al baño.

—Ya voy — le dijo Fabiana.

Pero a ella le tomó otros segundos más, como si se tratase de una película en cámara lenta,  darse cuenta de que aquel final sería como una espina en el corazón. Aquel joven se acercó, puso un pie en el interior de la casa y beso suavemente los labios de su madre. Fabiana los observaba desde las escaleras, agarrándose de la pared por miedo a caerse. Sintió como sus ojos se llenaban de lágrimas y como su corazón, antes azaroso, se clavaba en su garganta impidiéndole respirar. Ella no podía soportar verlos así. Decepcionada, se dispuso a volver a su cuarto con la única intención de soltar su pena, una vez más.

Con los ojos aguados y conteniendo el llanto, Fabiana llevó a su pequeño hermano hasta el baño y lo ayudó a bajarse los pantalones para orinar.

—¿Qué tienes Fabi?— preguntó su hermanito en toda su inocencia.

—Nada, mi pequeño.—

—¿Viste el nuevo juguete que me regaló mamá?— le preguntó José mostrándole un muñeco de acción que tenía en la mano.

—Es genial— Contestó.

Luego de ayudarlo a terminar, el pequeño José bajó las escaleras pero Fabiana se sentó de nuevo frente al espejo del baño. Ella se observaba a sí misma y sentía como la rabia le apretaba el cuerpo. Odiaba a su mamá, odiaba a su profesor. El odio se acrecentaba como el fuego sobre las brasas, pero algo más aterrorizó su mente: no tardó en comprender que aquel odio era motivado por los celos y el deseo irrefrenable de que fuera él quien la amara. Arrancó a llorar desconsoladamente.

Por primera vez en su vida había sentido odio a su madre, a quien siempre había amado, y todo solo por un hombre. La vergüenza rápidamente la consumió por completo. Jamás en su vida se habría imaginado tener que odiar la felicidad de su progenitora y solo porque tenía el amor del hombre que ella desde un principio, siempre había deseado. Su llanto se convirtió entonces, en el odio a sí misma, en el temor de ser una hija malagradecida y traicionera, porque llevaba meses haciendo el amor con el novio de su madre. Aunque fuesen solo fantasías. ¿Cómo podría privar al tierno fruto de la juventud, de hallar en el sexo, la poesía mística de su naturaleza?

Bajó de nuevo las escaleras, intento no ver a ninguno de los dos. Cogió las llaves y cuando estuvo a punto de salir, su madre la detuvo.

—¡Fabiana! ¿A donde vas a esta hora?

Fabiana se detuvo, intentando que su madre no viera sus ojos llorosos, pues no tenía ni las fuerzas ni la intención de explicar. No podía hacerlo aunque quisiera.

—Olvidé mi cuaderno de biología en casa de Gloria. Debo ir a buscarlo.

—Pero Andrés ha venido esta noche para ayudarte también en tu proyecto.

—No creo que pueda hacerlo hoy.

—¿Volverás para cenar?

Fabiana suspiró.

—No mamá, me quedaré a dormir allá.

—Qué Dios te bendiga.

Al cerrar la puerta, Fabiana respiró hondo. La verdad es que no le había mentido a su madre sobre que tenía que ir a buscar el cuaderno, el problema era que Gloria vivía al otro lado de la ciudad. Había olvidado su bolso con el dinero y no había forma de que lograra llegar hasta su casa. Solo le urgía caminar para despejar su mente. Además tampoco tenía intenciones de quedarse a dormir en casa de Gloria donde ella también le recordaba por qué deseaba tanto a aquel hombre.

Las calles iluminadas bajo una llovizna grisásea parecían representar el laberinto de su mente y la oscuridad que se había posado sobre su corazón. No podía regresar al refugio de su cuarto así que tenía que caminar varias calles para lograr encontrar la tranquilidad que necesitaba. Se aferró a su abrigo y comenzó a caminar. No tenía idea de hacia donde iría.

Tantos pensamientos de vergüenza, temor y deseo la hacían preguntarse si había algo malo en ella por no poder controlar la necesidad imperiosa de tener sexo con el novio de su madre, con la idea de cambiar de lugar.  Sentía un gran conflicto en su interior porque no podía entender aquel íncubo que se posaba en su cama, que había perturbado su mente y que ella con tanto gusto había dejado entrar. «¡Estoy enferma!»

En su solitaria caminata nocturna, solo era acompañada por el reflejo en los vidrios de las tiendas y carros de la avenida. Se acercó de nuevo a saludar a su reflejo en una tienda de vestidos que había cerrado hace horas. Aquel espejo reflejaba su pena. Hace varios meses que los espejos se habían convertido en sus amigos silencioso, en el eco de sus deseos y en el frío recuerdo de que tenía que olvidarse de Andrés. Pero a pesar de la tristeza amaba a su madre por sobre todas las cosas. Decidió plantar cara a la situación, pues la mejor forma de matar el deseo que tenía, era enfrentar el hecho de que a su madre era feliz por primera vez desde que su padre las había abandonado y que eso era lo único que en realidad importaba.

Pasaron varias horas antes que Fabiana decidiera por fin volver. Regresar a su casa era la prueba de que había logrado calmarse aunque todavía estuviera enojada consigo misma por ser tan inmadura. «Por esa razón él no lograría amarla». Resignada a superar un amor no correspondido cruzó el umbral de su puerta, esperando que, al entrar, dejara afuera todo ese embrollo de sentimientos infortunados y lascivos que recorrían su cuerpo. Estaba equivocada.

Las luces estaban apagadas y el reloj de la pared indicaba que había tardado más de cuatro horas en volver. Tenía hambre, así que buscó en la cocina algo para comer pero no había nada porque se suponía que ella no volvería esa noche. Cogió un par de galletas de soda y mermelada y se fue a su cuarto, cuidando de no despertar a su madre. Había un ruido particular que templó los sentidos de Fabiana. A medida que iba subiendo escuchaba unos que gemidos se difundían en la penumbra y ella sabía exactamente de donde provenían.

Primero fue hasta la habitación de su pequeño hermano para asegurarse que estaba dormido. A ella le gustaba observalo mientras soñaba. No había nada que amara más que aquel hermoso niño que con tanta admiración la saludaba todos los días y sentía que no había  nada que no hiciera por él. Al verlo que dormía plácidamente en su cama de Buzz Ligthyear, siguió su camino hasta el siguiente cuarto.

La puerta de la habitación de su madre estaba entre abierta como si no hubiese habido tiempo de cerrarla. Una luz tenue se proyectaba desde el interior y Fabiana podía reconocer aquellas sombras que serpenteaban lentamente en la pared. Dejó a un lado las galletas y se acercó en silencio para ver por la rendija. Observó cómo el cuerpo de Andrés se deslizaba sobre su madre. Las piernas de aquella mujer abrazaban el cuerpo sudoroso de aquel hombre que la abría y penetraba con intensidad. Fabiana no podía evitar la curiosidad de ver el rostro de Andrés, y aun cuando la oscuridad reinante en aquella habitación solo permitía la entrada a una imaginación pervertida, la necesidad de observar a aquel hombre haciéndole el amor a su madre podía ser lo más cercano que estaría nunca de ver el cuerpo desnudo que ella deseaba.

En el momento en que Andrés cambió de lugar con Ana, llegó el momento que por tanto tiempo había estado imaginando. Fabiana debía entrar en escena. Ahora era ella misma quien cabalgaba desnuda y sudorosa, con sus cabellos batiéndose en las sombras mientras Andrés tocaba sus pechos y su vientre. Se veía a sí misma devolviéndose la mirada con un sonrisa de satisfacción mientras se entregaba a su amante soñado. Fabiana gemía cada vez que Andrés se impulsaba para penetrarla y ella, fogoza, inclinaba su cabeza para disfrutar de aquel momento lujurioso. Subía y bajaba exponiendo sus pechos al aire y curvando su vientre que ahora recibía la fuerza de su hombre. Luego sus siluetas se hicieron una con el fondo de una luz que atravesaba la ventana. No había nada más hermoso que ver a una joven criatura entregándose a los placeres de la experiencia consumada. La razón de todo fruto es llevar consigo la naturaleza de su propio árbol.

La excitada Fabiana llevó sus manos a su pecho, tocándose suavemente los pezones. la figura de aquel joven la encendía y la torturaba de forma placentera. Aquel hombre penetraba la oscuridad con fuerza, con su brazos fornidos y su cintura tan dura como el mismo miembro que Fabiana deseaba tener dentro de ella y nada era más obsceno que espiar a los amantes mientras su propio deseo dominaba sus manos que ahora habían llegado hasta su monte de venus.

Ya no podía resistir observarlos.

Dicen que la mejor forma de huir de la tentación en caer en ella y Fabiana llevaba algún tiempo intentando huir de su propio deseo, pero incluso en su casa la idea de hacer el amor con aquel hombre la perseguía como un lobo lascivo esperando devorarla. Ya no quería hacerlo. Aquel hombre estaba tan cerca de ella que podía sentir que eran sus manos las que la tocaba, que era su lengua la que acariciaba sus muslos y sus labios los que besaban sus pechos.

Masturbarse mientras su madre hacia el amor no era algo que pasaba por la mente de Fabiana pero la idea de ser poseída por aquel hombre era mucho más fuerte que cualquier sentimiento o pensamiento que le mencionara lo inapropiado de ser una espía en la oscuridad. Dejó de observarlos y se dedicó simplemente a escucharlos mientras introducía la mano en su ropa interior.

Por otro lado, la predilección de Ana por el Feng Shui hacía que cada rincón de la casa y sobre todo el pasillo tuviera un espejo que refleja las cosas placenteras para dejarlas entrar en la casa. Esa noche Fabiana lo usaría para reflejar su propio placer. Se observaba a ella misma mientras movía sus dedos bajo el pantalón. Olvidó que estaba en el pasillo y no le importó bajarse los pantalones, desabrocharse la camisa y  ver las partes más íntimas de su cuerpo con la idea de tener aquel hombre desnudo y sudoroso a solo pasos de ella.

Nadie puede negarle el placer a quien ha nacido fruto del placer porque está privando a la naturaleza de su propia razón ser y hacer. Los gemidos de Fabiana parecían sincronizados con los de la pareja y aquel reflejo era el único testigo. Se acercó al espejo para besar su propia imagen mientras sus dedos penetraban su húmeda vagina. Lamía el reflejo celebrando su propia indecencia. El aliento de placer la entregaba a los brazos invisibles de su propia lujuria mientras aquel reflejo era su amante. Los pechos de Fabiana tocaban el frío espejo y eso solo avivaba su fuego interior de forma insospechada, pues eran la lengua húmeda del amante ajeno; del amor prohibido.

El olvido del entorno le habían dado la libertad a Fabiana se sentirse mujer, de brillar en la noche como una amante solitaria en representación de todas las mujeres del mundo. Romper las cadenas de su propia cárcel con solo una demostración de que estaba viva y tenía todo el derecho de sentir. Le daba gusto amarse a sí misma con tanta pasión que no podía contener sus propios gemidos mientras se apoyaba de la pared para introducir aún más sus dedos en su deseoso templo de perdición.

Ella subía y bajaba apoyándose en la pared mientras que; con la mano izquierda acariciaba su cuello, sus senos y sus piernas; y con la derecha, hacia movimientos circulares en su clítoris; a veces rápido, otras lento, aclamando la idea de liberarse de aquella prisión.  No podía contener la ola de sensaciones placenteras y su cuerpo temblaba con la misma rapidez con la que su corazón había ensordecido sus oídos. Allí estaba la joven Fabiana, antaño inocente e introvertida y que ahora se deslizaba en la oscuridad como una figura pagana cuyo deseo sacramental la habían convertido por fin en una mujer con poder sobre su propio cuerpo.

Pero muchas cosas olvidó esa noche. Olvidó que estaba desnuda en la oscuridad, olvidó que se masturbaba  en pleno pasillo de su casa y por sobre todo, olvidó que la puerta no estaba asegurada.

En un intento por apoyarse de la puerta, esta inevitablemente se abrió. Fabiana no podía detener la electricidad embriagante que subía por todo su cuerpo. Sus ojos entornados indicaban que llegaba al clímax y todo su ser era lentamente devorado. Ahora no había nada que impidiera que cayera directamente en la boca del lobo.

Aquella pareja saltó asustada de la cama y Andrés corrió rápidamente a encender la luz mientras Ana se refugiaba asustada entre las sábanas.

No hubo nada que evitara que Fabiana cayera de golpe en el interior de la habitación.

—¡Fabiana!— exclamaron Ana y Andrés al unísono.

—¿Qué estás haciendo?— inquirió Ana horrorizada por observar a su hija desnuda, con las manos entre sus piernas, en la misma habitación que su amante.

—¡Aaay!— gimió Fabiana, quien ya no podía controlarse.

El deseo de Fabiana por fín se había cumplido. Ella y aquel joven estaban desnudos en la misma habitación y como si todo hubiese sido calculado por la mano perversa del destino, Fabiana dejó escapar un gemido mucho más suave y casi inaudible mientras todo su cuerpo se contorsionaba ante la mirada atónita de Andrés. Fabiana lo observaba mientras sentía que todo su cuerpo se humedecía aún más en el suelo y no había momento más propicio para sentir que aquel hombre por fin la había hecho suya. La causa de su deseo obsceno era ahora testigo de su corrida incipiente.

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Relato: La dama de las letras

No les voy a mentir. Yo nunca he sido de los que pasan sus días leyendo poesía o pretenderse un buen lector de Arturo Uslar Pietri, Gabriel García Márquez, Franz Kafka, Goethe, Fiodor Dostoyevski y cualquier otro que puedan nombrar. De hecho, la mayor parte de mi vida, la pase entre libros de matemáticas, de física, de química y de biología. Ya saben, era de los que se preocupan más por los avances científicos de la física cuántica y la tecnología del siglo XX.

Conocí de poesía a temprana edad por obligación. Mi profesora de literatura era de aquellas que llevaban una regla en la mano y unas gafas picudas dispuestas a posar sobre ti, su mirada de desaprobación por tu falta de sensibilidad y conocimientos literarios. Y yo la odiaba. Me parecían más importantes los cálculos matemáticos, saber como funcionaban las cosas desde un punto de vista mas tangible…más legible cuantitativamente.

Conocí de poesía a temprana edad por amor a una chica. Ella tenía el cabello largo y ondulado, con una una piel tersa y algo pálida. A veces sus cabellos se oscurecían, otras parecían más claros; algunas veces recogido, otras veces sueltos, pero eran tan brillantes como el oro. Así que, mientras yo era el centro de atención por mis altas notas en matemáticas, ella deleitaba a todos por sus interpretaciones en las obras del colegio. Ella era una buena escritora que gozaba de gran cariño por parte de muchos profesores y además de eso, era popular. A veces, hablan de ella en la radio.

Yo era todo lo contrario a ser popular. De hecho, solo era popular los días de los exámenes. Todos querían sentarse a mi lado durante las pruebas; me pregunto por qué.  Yo era de esos jóvenes regordetes que no encajan en ningún lado. Iba y venía sin compañeros o amigos. Solo me acompañaban mis números, mis fórmulas y mis elementos. Eran mis mejores amigos.

Una vez, en la clase de poesía, aprendí de métrica. ¡Por fin, era lo que estaba esperando! Aquella forma de expresar sentimientos, usando la matemática en las letras, era el lenguaje que yo necesitaba para hablarle a quien era, en ese entonces mi amor platónico. Desearía poder recordar aquellos versos, algunos de arte menor, otros de arte mayor. Los podía escribir, aunque con cierta dificultad, usando mi predilección por las matemáticas y su perfección.

Escribí mi primer poema pensando en ella. Y pasé varios días escribiéndole en secreto. Pero nunca pude entregarle nada. Hasta que un día pasamos a escribir cuentos en clase. La profesora había dejado atrás a Ruben Darío para presentarnos a Gabriel García Marqués y cuando llegamos a las novelas; a Rómulo Gallegos y también a Maria teresa de la Parra, a quien odié tanto en ese momento. Pero también leímos a Hemingway y como eramos prácticamente niños, leíamos a escritores como Charles Perrault y otros cuentistas que ya no recuerdo.

No entendía el trágico mundo de Shakespeare. Me sentía abrumado de pasar largas horas intentando saber porqué demonios tenía que leer cuentos del pasado. Y no entendía que de eso se trataba precisamente; del pasado. Y cuando por fin se nos permitió escoger un escritor para leer en clase, yo me aparecí con “El tren Azul” de Agatha Christie. No porque me gustara, de hecho nunca la había leído, la había cogido del cuarto de mi mamá.  Una novela que aun conservo y que ahora es de mis favoritas.

Mientras tanto, seguía con mis cálculos. No me sentía tan cómodo como  cuando entraba en clase de trigonometría. Pero debía ser bueno en las letras si quería acercarme a ella. O por lo menos, que ella me mirara. La veía en cada rincón y su rostro siempre tenía algo diferente, ella siempre andaba pensativa y hablaba muchas lenguas. ¡Hasta mi madre quería que la invitara a la casa!

Para cuando teníamos que escribir nuestro propio cuento, ya llevaba más de treinta páginas con cartas dirigidas a ella. En esa carta incluía poemas; algunos míos otros de grandes poetas. Entonces ya sabía sobre que escribiría. Escribí un cuento fantástico sobre amor y tardé un mes en escribir sus cuatro páginas. Luego escribí terror bajo la influencia de Bran Stoker, Poe, Ann Radcliffe y hasta ciencia ficción, inspirado en Isaac Asimov y H. G. Wells, autores que conocía bastante.

El día que acumule el valor para declararme, mostrándole todo lo que había escrito para ella, sentí su rechazo. Descubrí que a ella no le importaba que fueran versos perfectos, que lo más importante era lo que sentía al escribirlos. Me dijo que dejara a un lado la lógica y que pensara libremente. Me habló de Pablo Neruda, de Julio Cortázar y Mario Benedetti y me hizo entender que cuando una obra te llega al corazón, es cuando realmente es perfecta. Entonces me aclaró que yo solo la buscaba por obligación y que ella no ama sino siente amor. Sentí que el mundo se me venía abajo.

Agregué, y lo puedo recordar muy bien, que pasé los días escribiendo porque sentía que debía hacerlo. Que para mi la perfección se encontraba en cada gesto suyo, y no encontraba forma mas noble, de premiar tanta belleza.  Le dije que la química y la biología me ayudó a entender lo que hace un corazón cuando está enamorado. Que la física me enseñó a calcular la distancia entre nuestros cuerpos y la atracción que ejerce una sobre la otra.

También le hablé de la “Sucesión Fibonacci”, valiéndome de mis conocimientos matemáticos, y le expliqué que la naturaleza había escrito la belleza en números y que yo había encontrado la única forma de entenderla; pues había encontrado esa belleza en su rostro. Que la amaba y que eso la hacia perfecta para mi y cuánto más me acercaba a ella, más quería conocerla, por qué lo que no puedo expresar con números, lo hago con sus letras.

Y. J. Rivas

Imagen: “Thoughtful Reader” (1906). František Dvořák, también conocido como Franz Dvorak o Franz Bruner (República Checa, 1862-1927).

Relato: El Viaje

Este relato fue inspirado en hechos reales.

  Tantas cosas que dejamos atrás en busca de nuestros sueños y luego nos encontramos con algo que no buscábamos . Imagino que muchos te habrán llamado soñador,un romántico y un iluso. Te has pasado los últimos días mirando esa fotografía de tu viaje a Roma, añorando no haber regresado jamás tan solo para besar sus labios en año nuevo.

   Regresas a la ciudad y te dan la bienvenida con disturbios y malas noticias. Tus ojos se humedecen y sientes un deseo irrefrenable de huir y dejar atrás aquel lugar donde sólo habita la controversia y el desasosiego. No sabes a que bando unirte porque las piedras y los improperios van y vienen de ambas partes,entonces das la vuelta y te marchas. Sigue leyendo

Pecado Angelical

Escuché tu voz, un suave susurro en la armonía de nuestra habitación. Aquellos ojos miel con los que me mirabas bajo las sábanas enternecían mi corazón. El aroma a sándalo llenaba los espacios y una suave brisa de verano rozaba los ventanales.

Aquellas alas grises sobresalían de la cama y tenuemente brillaban a la luz del sol. Entonces sabíamos lo que habíamos hecho. La sangre, la daga, los gritos… La oscuridad.

Tu piel angelical y tu voz suave llenaban de paz mi corazón. Prohibido estaba,oculto estaba. Un ángel en los brazos de un mortal y la lejana oportunidad de escapar al castigo divino por nuestro divino pecado.

El mismo Dios observaba nuestro deseo desenfrenado con recelo; pues Un ángel caído hecho mujer,ahora llevaba en su vientre el pecado de Adán. ¡Perdónanos!

En trance

¡Adoro esa melodía! Sonidos electrónicos, notas armoniosas y las luces girando sobre nosotros. Casi no puedo verte, apenas los destellos me dejan ver tus hermosos ojos. Afuera las personas bailan enérgicamente dando giros y saltos. El ambiente se torna en una mezcla de sonidos estremecedores y al mismo tiempo armónico. Pero no estamos allí, no somos parte de aquel lugar que llena con sus luces, aromas y sonidos todo nuestro cuerpo. Estamos en otro lugar donde la melodía es la misma pero se siente diferente.

No estamos allá con nuestros ojos cerrados dejándonos llevar por las luces rojas, violetas y azules de neón. Estamos bajo las luces bailando con ellas, girando con ellas. En cada pausa nos tomamos un respiro y volvemos a la acción, contando uno a uno nuestros pasos. Nadie nos ve, más estamos a la vista; nadie nos juzga, más somos pecadores. Bailamos al ritmo de nuestra propia tonada y sudados entre el humo de tabaco y el alcohol.

¡Música sin alma que nos deja en trance, fuera del mundo exterior donde vivimos solo con nuestros sentidos bailando al unísono! Pero esta música que hacemos nosotros mismos es un tanto mejor. No bailamos como los otros. Nos entregamos a los deseos de nuestros propios cuerpos. Volteamos y todos se besan, sudan… el erotismo se apodera de aquella pequeña sala que no parece ser parte de aquella tertulia.

    Te siento bailar sobre la mesa batiendo tus hermosos cabellos y con cada destello veo tus gestos, tocas tu cuerpo sensualmente. Bajas desde tus labios, pasando tus hermosos pechos hasta tus pies y regresas tomando caminos diferentes. Bailas con la música pero fuera de ella seduciéndome con cada fibra de tu cuerpo y yo estoy allí adornado tus espacios, como un espectador privado. Siento el olor de tu piel a distancia, aquella fragancia de lavanda que duerme mis sentidos.

¡Que revienten los bajos y estallen las luces!

Te tomo para mí, necesito que bailes cerca, muy cerca de mí, mi cuerpo siente ganas de bailar, de que bailes frenéticamente al compás de mi propio sonido. Mis dedos se escurren entre tu falda de cuadros violetas que brillan como si fueran parte del ambiente. Los bajos dejan de resonar. Es un momento de pausa, es momento de trance,  pero mis dedos quieren bailar.

    ¡La música estalla!

Tu sonrisa me confunde, tus manos me engañan pero sé que me llevan al cielo. Soy ajeno al mundo, presa de mis sentidos.Te beso, te beso y siento tu piel erizarse, mis brazos ya no podrán soltarte. Allí estas bailando sobre mi y conmigo, tus piernas me abrazan mientras alzas tu cabeza para seguir batiendo tus cabellos. No somos consientes si se han detenido a mirar, pero sé que no somos los únicos en aquel ritual pagano.

Allí estamos nosotros dos, siguiendo las notas de la dulce melodía de nuestro placer, cuando las luces giran y las paredes crujen. Allí estamos nosotros siguiendo nuestros instintos más básicos desando que aquellas horas duraran por siempre para amarte y no dejar reposar mi corazón que espera unirse a ti por toda la eternidad.

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Aquel lugar donde nos amamos en trance by Yorvis Rivas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

Imagen de Yarek Godfrey

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