El Rito del Asesino


    Eran las tres de la madrugada, una hora preferida por mí para observar los cielos. Allí estaba con una botella de Cuvée Don Pérignon cosecha 1.971 envuelta en su lito dentro de su hielera y una flauta a medio servir, con fabulosas perlas estallando desde el fondo de la copa y, que sostenía desde el balcón de mi habitación donde observaba de lejos las luces titilantes de Caracas, un paisaje hermoso rodeados de montañas alumbradas como pesebre y sonidos de la naturaleza. Una ciudad que no tiene nada que envidiar a las demás ciudades del mundo. Pero no me ostentare en detalles, lo cierto es que, mi preferencia por esa hora en particular va más allá de la ociosidad y es que, aunque he asesinado a muchas personas, no se compara con el éxtasis de hacerlo durante un rito que, lejos de ser improvisado es más bien una capricho de último minuto, no porque rinda culto a alguna religión sino por mi deseo de observar y de ser observado desde las estrellas en aquel acto desenfrenado que mi mente y sangre claman desde su oscuridad más ilógica.

    ¡Porque soy el vampiro de mi propio cuerpo y el mártir de mi alma, que se levanta desde las sombras marchitas de los árboles sobre su tumba y que brilla con luz propia!. Que al recorrer las oscuras y solitarias calles de esa ciudad descuidada pero vanidosa lo hago percibiendo los olores propios de sus transeúntes más desdichados. Es cuando conozco aquella chica de tez blanca, ojos grandes marrones, de cabello negro y mechones violetas y cuerpo perfecto que ahora me saluda desde la ventana panorámica de nuestra habitación, después de brindar el día anterior una peculiar fiesta donde el alcohol era el único que no faltaba, además de la música electrónica más actual y el death metal.

     Entré con mi copa en mano, vistiendo mi típico traje negro pero sin camisa y una gran cruz en mi pecho. Ella con un delicado vestido blanco y sin ropa interior me esperaba en una esquina del ventanal sonriendo y tocándose delicadamente sus partes más dulces. AL besarla sentí latir rápidamente mi raído corazón dejando caer mi copa sobre la cerámica, rompiéndose en diminutos pedazos y no contuve mis deseos de hacerle el amor, al verle su pentagrama colgar de su frágil cuello descubierto, le mordí con delicadeza y veía su piel ruborizarse. Ella se dio la vuelta, le besé la espalda a través del escote. Una brisa cálida entró por la puerta del balcón batiendo las cortinas y yo, con mi corazón latiendo eufóricamente le acariciaba y besaba su espalda bajando, bajando, bajando… Sin voltearse comenzó a desabrocharme el pantalón, era muy ágil. Le fui subiendo el vestido con suavidad a la altura de sus senos y sin quitárselo. Pude sentir su corazón latir y su piel tomando un color más rozado.

   La música sacra sonaba alto, aquellos cantos gregorianos con melodías eléctricas que llenaban el ambiente de sensualidad y misticismo nuestro baile pagano y sacramental de colores y melodías, de susurros y gestos. Ella tomándose de las cortinas y yo, haciéndole el amor escuchando sus gemidos y la melodía céltica de la habitación despegamos una de las cortinas y sin tomarlas en cuenta seguimos. Con mi vestido y la cortina a nuestros pies como sabanas, nos descubrimos ante la noche, ante las estrellas veladas de los cielos. Se dio la vuelta e intercambiamos lugares, ahora era yo quien me apoyaba en los ventanales con sus piernas abrazándome, con fuerza y deseo la moví a mi antojo, sudando sobre el vidrio y luego la llevé hasta la cama, allí dejé que el tiempo, el roce y la naturaleza hiciera su trabajo, dejándome llevar por el placer y escuchando sus gemidos y gritos entre la melodía sacrosanta, los cantos y las sábanas. Pero, el placer carnal es algo muy elemental y mi búsqueda por lo substancial me lleva a puntos más complejos.

    Ella se levantó torpemente y con mucha picardía me invitó a salir al balcón. Ella salió antes y yo, tomando una daga plateada que puse intencionalmente al lado de la mesa de noche esperando a que ella la pudiese ver y, pasando sobre los restos de la copa me dirigí a tomarla por la espalda mientras ella se servía una copa. En silencio me acerque y cuando ella tomaba otro sorbo pasé rápidamente mi daga por su cuello, la champagne se mezclo con su sangre manchando su vestido blanco y marcando sus pezones a través de las telas. Antes de que pudiera soltar la copa la tomé en mi brazos y aún moribunda la baje por las grandes escaleras hacia el jardín trasero hacia una gran mesa de estilo gótico donde la acosté con delicadeza. Murió en cuestión de minutos y yo, luego de verla y acariciarle sus pechos con la punta fría y manchada de sangre de mi daga comencé a apuñalarla rápida y frenéticamente llenándome de éxtasis mientras veía las estrellas.

     Al ver que era suficiente me detuve y muchas imágenes vinieron a mi mente como flash, al cerrar los ojos sentí mi paz y mi locura ,me deje llevar dando vueltas en mi propio eje luego subí , busque mi botella y brindé. Vivo muy lejos de las urbanizaciones y el único camino hacia mi casa es por una angosta carretera de la cual sólo yo tengo la llave de sus grandes rejas y a ella pude conseguirla a un buen precio… así que no temí ser visto o descubierto. Tomé de nuevo su cuerpo en mis brazos y le di a tomar de mi copa. Luego la solté al sentir repugnancia. La envolví en papel plástico, la metí en un bolso viejo que me regalo un amigo ya hace mucho tiempo antes de morir misteriosamente y la llevé dentro del bosque muy cerca de la cuidad, ¿Por qué?… ya lo dije. Capricho. La dejé desnuda frente a una cruz para que los ángeles pudieran verla y yo cerrando mis ojos observaba como el sol salía de entre los árboles. Le prendí fuego y rápidamente su cuerpo fue consumido… Allá sus cenizas serán elevadas a los cielos, observada por Ángeles y deseada por demonios…

Sé que los muertos conseguirán placer entre sus piernas.

Licencia de Creative Commons
El Rito del Asesino by Yorvis J. Rivas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en http://wp.me/P3VBL3-2U.

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