Su cuerpo sobre las flores.


    Cuán lejana fue su mirada, cuán fría su piel, sus ojos observaban la oscuridad sin saber siquiera que lo hacían. allí su cuerpo tendido bajo las hojas, su cabeza cubierta con flores, su sangre cubriendo los escalones. El amanecer se levantaba tras las montañas grises y nubladas, el gélido abrigo de la noche se rasgaba con los cálidos dedos del amanecer. Cuanto dolor! Cuanta frialdad! La penumbra cercenaba mi corazón cual cuchillo al rojo vivo y mis ojos se desorbitaban tratándose de explicar la escena.

¡Ayuda! Ayuda!

Mi garganta olvidó palabra alguna, mis brazos se extendían a recoger su inerte cuerpo. Gritar al silencio, silenciar la noche que se escapaba llevándose consigo sus deseos, sus añoranzas y su único brillo de amor. Cuán roto estuvo mi corazón! Cuán desesperada mi alma! El Eco hacia mella en cada rincón, en cada esquina, en cada muro que por más que quisiese no podría romper! Y cuán tranquilo estuve, cuán inmóvil y cuán sonriente… Si, mis manos fueron culpables, mis ojos testigos y mi corazón el mejor de los asesinos… He aquí que fui yo quien puso sus manos en su espalda, quien vio su descenso, caer, lentamente y al mismo tiempo fugaz…. Como los rasgos del sol, cuando llega el amanecer…

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