Me desearás

Me desearás, cuando al entrar por la puerta de mi habitación caigas en mis brazos junto a mi cuerpo semidesnudo. Cuando me beses con tus labios siempre suaves y tu cabello se enrede entre las yemas de mis dedos ansiosos de tocarte. Me desearás después de beber juntos el maravilloso vino junto a la cama, besándonos y desnudándonos entre besos y caricias. Entre la pared y mi cuerpo te verás atrapada, pudiendo sólo besarme,  acariciarme y sólo dejarte llevar por mi cuerpo deseoso de ti.

Ahí me desearás, cuando tumbemos la mesa y te siente sobre ella para apoyar el cuerpo que tú misma desnudarás con pasión y lujuria. Me tocarás y te tomaré para mí, haciéndote mía mientras escucho tu corazón latiendo eufóricamente y tu respiración dictándome lo que tu piel y tu cuerpo desean con tus ojos traviesos y tus párpados inquietos. Sobre las sábanas te tumbaré, apoyándome en ti. Besando tu cuello desnudo y tus labios rojos.

Posando mis manos sobre tu cuerpo, acariciando con mis labios tus suaves senos, besando los bordes de tu ombligo mirándote como me miras en trance. Entonces pasaré mi lengua suavemente por tu vientre hasta llegar a tus piernas, donde besaré tus pies y tus dedos. Entonces me desearás. Subiré de nuevo besándote y lamiendo tu piel perfumada y joven, me detendré entre tus piernas hasta llegar a tus labios temblando de deseo. Sobre ti me besarás, me susurrarás cuanto amor sientes por mi, cuanto deseo siente tu cuerpo al estar rozando el mío sobre las sábanas de mi habitación tenuemente alumbrada escuchando tus gemidos muy cerca de mis oídos.Tu cuerpo desnudo será mío y lo desearás.

Te levantaré sobre mí y te mirarás ansiosa en el espejo. Veré tus cabellos alumbrados tenuemente por la claridad que se fugará entre las cortinas de las ventanas de mi cuarto oscuro y veré como tu cuerpo se mueve sobre el mío y tus ojos mirándome con fugaz amor y delirante pasión piden entre gemidos que te haga mía.¡Y ahí me desearás! En tu cuerpo me perderé, hundiéndome en ti con suave delirio y éxtasis de locura sintiéndote mía y tú,con tu mirada difusa me perseguirás hasta lograr llevarte mi cuerpo y dejando mi alma entre tus brazos y tu cuerpo desnudo,sudando, temblando.

Todos, todos los besos pasarán por tu mente. Pensarás en cómo te haces mía con cada minuto que pasa, entre cada gemido y cada movimiento donde nuestros cuerpos desnudos sudando y gimiendo, se unan y se amen con el más cálido amor y el más lujurioso deseo de caminar sobre la moral de los demás y gritando en silencio nuestras almas haciendo el amor.

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Relato: Reflejo amante.

«Nadie nos ve, mas estamos a la vista; nadie nos juzga, mas somos pecadores. Bailamos al ritmo de nuestra propia tonada…» (Y. J. Rivas, En trance.)

Cada mañana era un tórrido deseo de sentirse mujer. Despertaba entre suspiros esperando encontrar sobre ella, el rostro de aquel hombre a punto de entrar en su interior. A penas podía entender la razón de aquel deseo impávido por un hombre que no le correspondía. Ella Abría los ojos y se sonrojaba al verse en el espejo, con las manos entre las piernas, suscitando la lujuria que la apresaba entre aquellas sábanas rosas. Abría su boca y callaba el gemido con la almohada.

Al vestirse, se quedaba largo rato observando su cuerpo en aquel espejo; cabellos rubios a la altura de los hombros, ojos café, labios carnosos y facciones de una tierna joven que aun espera por su cumpleaños número dieciocho. Se sentía insegura de sí misma, preguntándose si aquel hombre la desearía y si aquel uniforme escolar suponía un gran obstáculo. Decepcionada, salía a toda prisa del cuarto. Bajaba las escaleras con su rostro fruncido, esperando encontrar a nadie en su  camino. Todo parecía indicar que ese día no iba a ser el mejor; nada le quedaba bien, no había forma de poder ser quien quería ser, pero por sobre todas las cosas, sentía celos.

—¡Buenos días Fabi— le saludó su madre.
—No son buenos días—contestó Fabiana.
—¡Vaya! Es muy temprano para andar de malas.
—Como sea.

La madre se llevó los brazos a la cintura y resopló. Por un momento la rabia se le subió al rostro pero ella estaba de muy buen humor y no quería iniciar una pelea con su hija la cual no llegaría a ningún lado. Aun cuando la rebeldía de Fabiana la molestaba, no había nada le hiciera cambiar de parecer. En ese instante sonó su celular, el pequeño hermano de Fabiana, José, extendió el aparato y ella lo siguió con los ojos, atenta a conocer el interlocutor.

—¡Buenos días!— Contestó la madre con una voz chillona.

No había duda que era él. Fabiana conocía ese tono de voz y la forma en la que se sonrojaba cuando hablaba con él. Observaba discretamente la forma en ella expresaba su amor y se preguntaba si ella podría sentir lo mismo. El hombre que ella deseaba le pertenecía a alguien más. Fabiana sintió que debía estar atenta a escuchar la conversación. Mientras hablaba, la madre servía el desayuno. Le daba indicaciones a Fabiana con los dedos para que la ayudara.

Todos se sentaron a comer pero la mamá seguía en su idílica conversación con su enamorado. La joven madre acariciaba sus negros cabellos al hablar y Fabiana quien, observaba su risa, se sentía cada vez más disgustada. Fabiana sentía que su madre le restregaba su felicidad en la cara. Ya era suficiente. Entonces se levantó de golpe.

—Ya no tengo hambre.

—¡Pero no tocaste la comida!

La joven Fabiana salió despedida de la cocina, esperando correr tan rápido que no le diera tiempo sentir nada más. Lleva meses esperando recibir más que un gesto amable de cortesía. Lo amaba desde hacía tanto tiempo que cada palabra le resultaba tan dura como el hecho de que probablemente jamás tendría su amor. Cuando cruzó la puerta alcanzó a escuchar a su madre.

—No se que le pasa hoy— alcanzó a decirle la madre a su interlocutor— cosas de la adolescencia.

Ella no pudo contener un grito de impotencia. Tenía ganas de contárselo a ella, de explicarle que no era su culpa que lo deseara. Pero no podía más que callar, por el bien de ella misma.

Al llegar al instituto, respiró hondo por encontrarse en aquel sitio donde era invisible. Donde su mente se iba en cálculos de álgebra y química. No había mejor lugar para olvidar lo que le pedía su cuerpo, que buscando los desafíos matemáticos que ocuparan su mente. Aunque esto último sería aun más difícil cuando observara a lo lejos, la causa de aquel deseo que la consumía desde hacía tanto tiempo.

Al otro lado del patio principal del instituto, estaba aquel joven de cabellos negros, de ojos café y pómulos prominentes. Llevaba su típica chaqueta negra y su aire de joven exitoso. Casi cualquier chico en el instituto pasaba la mayor parte del tiempo besándose con las chicas y, aunque generalmente lo hacían a escondidas, este no tenía problemas para hacerlo a la vista de todos. Los cabellos negros de aquella chica que era besada apasionadamente, no impedía que ella siguiera observando. De pronto, el deseo de cambiar de lugar le hizo sonreír, burlándose de su patético sentimiento.

Pasó tanto tiempo observándola, que no advirtió que tenía al frente, a su profesor de historia. Este llevaba tiempo observándola, preguntándole sobre su proyecto de ecología para el instituto que tanta controversia había generado. La taciturna Fabiana solo suspiraba. El profesor siguió su mirada hasta llegar a la pareja. Entonces sonrió y se le acercó.

—¿Hay alguien allí?— preguntó el profesor, sacándola abruptamente de su abstracción.

—¡Profesor Andrés!—exclamó. Sintió que la sangre se le iba al rostro.

—¿Interrumpo algo?

La joven Fabiana lo miró por algunos segundos.

— De hecho si. ¡No tiene idea de cuánto he querido besarlo, de cuánto tiempo he estado esperando por estar entre sus brazos y que me diga a mi, no a ella, que soy la mujer de su vida! Pero lo único que consigo es que usted venga y me aleje de él con la intención de preguntarme sobre algo que no le interesa. Lo odio. Odio tener que conformarme con su simpatía, odio tenerlo tan cerca y que al mismo tiempo esté al otro lado de la clase.

—No, no interrumpe nada. —contestó. El carácter de Fabiana era voluble en esa época de su vida. Hablar con su profesor la calmaba pero paradójicamente su deseo se intensificaba al tener que compartir la clase con aquel joven que la traía poseída. Ella era una de las mejores estudiantes pero por alguna razón la historia era particular difícil para ella. Al contrario de lo que uno puede esperar en una chica, la fechas no era su fuerte. El apoyo que aquel joven le brindaba en cada clase, no solo había logrado salvar sus notas sino que también le había permitido que le hablara por primera vez directamente. Había logrado tener sus ratos a solas con él.

Al terminar la clase, aquel joven fornido que siempre estaba cerca de la ventana se despidió de ella, ofreciéndose en ayudarla con su proyecto de reciclaje.  Él era el más popular pero no por eso dejaba de ser amable con ella, pues también lo había ayudado a pasar su examen de matemáticas. Había sido una de las pocas veces en las que se había quedado sola con un chico, aun cuando no hubiese nada entre los dos y que probablemente jamás lo habría.

El profesor Andrés, como era costumbre, siempre le ofrecía un tiempo extra para ponerse al día con su proyecto estudiantil. Ese día Fabiana se rehusó. No tenía deseos de quedarse a hablar con él sobre ambientalismo. Lo que ella quería era ser besada. No le importaba tener que verlo con otra chica pero no se resistía cuando lo tenía aunque fuese por un breve momento, tan cerca de ella. Aun así, sabía que era muy importante su apoyo. Fabiana se excusó diciendo que debía encontrarse con otros compañeros para investigar sobre termodinámica. Ella y el profesor quedaron en verse horas más tarde.

Había iniciado la temporada de lluvias y a las seis de la tarde ya había oscurecido bastante. Fabiana observaba como la lluvia lavaba la ciudad dejando solamente la humedad de una oscuridad inalterable que surgía como un manto fantasmagórico sobre las luces y estás, luchaban por alcanzar el cielo. Pero algo sucedía frente a su casa, y ella, en su letargo, no se daba cuenta. Bajó la mirada solo para sentir como su corazón se atravesaba en su garganta.

Bajo el pórtico de la casa, se detenía aquel joven que robaba los deseos impúdicos de Fabiana. Ese joven llevaba tiempo observándola sonriente.

—¿Cuánto tiempo llevas allí observandome? — Le preguntó Fabiana, sorprendida por la inesperada llegada de aquel joven de chaqueta negra.

—El suficiente para notar cuánto te gusta lluvia.

—¿Te dedicas a vigilar a las niñas en su ventana?

—Sólo a las hermosas.

Fabiana sintió como se le ruborizaba el rostro. Tragó saliva, pero solo bastó un par de segundos para que reaccionara. Entornó los ojos y se retiró de la ventana. Sonreía para sí misma y observaba aquel espejo que en la mañana la había visto acariciando cada centímetro de cuerpo por él. No podía evitar sentir el fuego en su interior, no podía contener el ímpetu de su frugal corazón.

—¡Oye!¿Me abrirás la puerta? Gritó el joven desde la calle.

—¡Claro! — contestó Fabiana. De pronto se sentía feliz, se sentía fascinada por el hecho de tenerlo en la puerta  esperándo  por ella. Buscaba algo bonito para ponerse. Aún cuando no le gustaba maquillarse intentaba torpemente de pintarse los labios. Al terminar bajó rápidamente las escaleras.

—¿Quién grita en la puerta?—Preguntó su madre. Fabiana quería ser la primera en abrir la puerta pero su mamá ya estaba varios pasos delante de ella.—¡Vaya, te maquillaste!— le dijo. Entonces Abrió la puerta en cuestión de segundos.

—Buenas noches señora Ana.— saludó el joven.

—Hola Andrés. Si sabes que tenemos un timbre, ¿verdad?

El joven sonrió.

—Vi a Fabiana en la ventana y no creía que fuera necesario.— contestó, dedicándole un guiño a Fabiana.

La madre se volvió a ver a Fabiana y le sonrió. Pero algo había en su sonrisa que no le agradó a Fabiana. Conocía bien a su madre como para saber todas sus formas de sonreír y aquella sonrisa no era precisamente para ella.

—Nani— le llamó el pequeño José. — quiero ir al baño.

—Ya voy — le dijo Fabiana.

Pero a ella le tomó otros segundos más, como si se tratase de una película en cámara lenta,  darse cuenta de que aquel final sería como una espina en el corazón. Aquel joven se acercó, puso un pie en el interior de la casa y beso suavemente los labios de su madre. Fabiana los observaba desde las escaleras, agarrándose de la pared por miedo a caerse. Sintió como sus ojos se llenaban de lágrimas y como su corazón, antes azaroso, se clavaba en su garganta impidiéndole respirar. Ella no podía soportar verlos así. Decepcionada, se dispuso a volver a su cuarto con la única intención de soltar su pena, una vez más.

Con los ojos aguados y conteniendo el llanto, Fabiana llevó a su pequeño hermano hasta el baño y lo ayudó a bajarse los pantalones para orinar.

—¿Qué tienes Fabi?— preguntó su hermanito en toda su inocencia.

—Nada, mi pequeño.—

—¿Viste el nuevo juguete que me regaló mamá?— le preguntó José mostrándole un muñeco de acción que tenía en la mano.

—Es genial— Contestó.

Luego de ayudarlo a terminar, el pequeño José bajó las escaleras pero Fabiana se sentó de nuevo frente al espejo del baño. Ella se observaba a sí misma y sentía como la rabia le apretaba el cuerpo. Odiaba a su mamá, odiaba a su profesor. El odio se acrecentaba como el fuego sobre las brasas, pero algo más aterrorizó su mente: no tardó en comprender que aquel odio era motivado por los celos y el deseo irrefrenable de que fuera él quien la amara. Arrancó a llorar desconsoladamente.

Por primera vez en su vida había sentido odio a su madre, a quien siempre había amado, y todo solo por un hombre. La vergüenza rápidamente la consumió por completo. Jamás en su vida se habría imaginado tener que odiar la felicidad de su progenitora y solo porque tenía el amor del hombre que ella desde un principio, siempre había deseado. Su llanto se convirtió entonces, en el odio a sí misma, en el temor de ser una hija malagradecida y traicionera, porque llevaba meses haciendo el amor con el novio de su madre. Aunque fuesen solo fantasías. ¿Cómo podría privar al tierno fruto de la juventud, de hallar en el sexo, la poesía mística de su naturaleza?

Bajó de nuevo las escaleras, intento no ver a ninguno de los dos. Cogió las llaves y cuando estuvo a punto de salir, su madre la detuvo.

—¡Fabiana! ¿A donde vas a esta hora?

Fabiana se detuvo, intentando que su madre no viera sus ojos llorosos, pues no tenía ni las fuerzas ni la intención de explicar. No podía hacerlo aunque quisiera.

—Olvidé mi cuaderno de biología en casa de Gloria. Debo ir a buscarlo.

—Pero Andrés ha venido esta noche para ayudarte también en tu proyecto.

—No creo que pueda hacerlo hoy.

—¿Volverás para cenar?

Fabiana suspiró.

—No mamá, me quedaré a dormir allá.

—Qué Dios te bendiga.

Al cerrar la puerta, Fabiana respiró hondo. La verdad es que no le había mentido a su madre sobre que tenía que ir a buscar el cuaderno, el problema era que Gloria vivía al otro lado de la ciudad. Había olvidado su bolso con el dinero y no había forma de que lograra llegar hasta su casa. Solo le urgía caminar para despejar su mente. Además tampoco tenía intenciones de quedarse a dormir en casa de Gloria donde ella también le recordaba por qué deseaba tanto a aquel hombre.

Las calles iluminadas bajo una llovizna grisásea parecían representar el laberinto de su mente y la oscuridad que se había posado sobre su corazón. No podía regresar al refugio de su cuarto así que tenía que caminar varias calles para lograr encontrar la tranquilidad que necesitaba. Se aferró a su abrigo y comenzó a caminar. No tenía idea de hacia donde iría.

Tantos pensamientos de vergüenza, temor y deseo la hacían preguntarse si había algo malo en ella por no poder controlar la necesidad imperiosa de tener sexo con el novio de su madre, con la idea de cambiar de lugar.  Sentía un gran conflicto en su interior porque no podía entender aquel íncubo que se posaba en su cama, que había perturbado su mente y que ella con tanto gusto había dejado entrar. «¡Estoy enferma!»

En su solitaria caminata nocturna, solo era acompañada por el reflejo en los vidrios de las tiendas y carros de la avenida. Se acercó de nuevo a saludar a su reflejo en una tienda de vestidos que había cerrado hace horas. Aquel espejo reflejaba su pena. Hace varios meses que los espejos se habían convertido en sus amigos silencioso, en el eco de sus deseos y en el frío recuerdo de que tenía que olvidarse de Andrés. Pero a pesar de la tristeza amaba a su madre por sobre todas las cosas. Decidió plantar cara a la situación, pues la mejor forma de matar el deseo que tenía, era enfrentar el hecho de que a su madre era feliz por primera vez desde que su padre las había abandonado y que eso era lo único que en realidad importaba.

Pasaron varias horas antes que Fabiana decidiera por fin volver. Regresar a su casa era la prueba de que había logrado calmarse aunque todavía estuviera enojada consigo misma por ser tan inmadura. «Por esa razón él no lograría amarla». Resignada a superar un amor no correspondido cruzó el umbral de su puerta, esperando que, al entrar, dejara afuera todo ese embrollo de sentimientos infortunados y lascivos que recorrían su cuerpo. Estaba equivocada.

Las luces estaban apagadas y el reloj de la pared indicaba que había tardado más de cuatro horas en volver. Tenía hambre, así que buscó en la cocina algo para comer pero no había nada porque se suponía que ella no volvería esa noche. Cogió un par de galletas de soda y mermelada y se fue a su cuarto, cuidando de no despertar a su madre. Había un ruido particular que templó los sentidos de Fabiana. A medida que iba subiendo escuchaba unos que gemidos se difundían en la penumbra y ella sabía exactamente de donde provenían.

Primero fue hasta la habitación de su pequeño hermano para asegurarse que estaba dormido. A ella le gustaba observalo mientras soñaba. No había nada que amara más que aquel hermoso niño que con tanta admiración la saludaba todos los días y sentía que no había  nada que no hiciera por él. Al verlo que dormía plácidamente en su cama de Buzz Ligthyear, siguió su camino hasta el siguiente cuarto.

La puerta de la habitación de su madre estaba entre abierta como si no hubiese habido tiempo de cerrarla. Una luz tenue se proyectaba desde el interior y Fabiana podía reconocer aquellas sombras que serpenteaban lentamente en la pared. Dejó a un lado las galletas y se acercó en silencio para ver por la rendija. Observó cómo el cuerpo de Andrés se deslizaba sobre su madre. Las piernas de aquella mujer abrazaban el cuerpo sudoroso de aquel hombre que la abría y penetraba con intensidad. Fabiana no podía evitar la curiosidad de ver el rostro de Andrés, y aun cuando la oscuridad reinante en aquella habitación solo permitía la entrada a una imaginación pervertida, la necesidad de observar a aquel hombre haciéndole el amor a su madre podía ser lo más cercano que estaría nunca de ver el cuerpo desnudo que ella deseaba.

En el momento en que Andrés cambió de lugar con Ana, llegó el momento que por tanto tiempo había estado imaginando. Fabiana debía entrar en escena. Ahora era ella misma quien cabalgaba desnuda y sudorosa, con sus cabellos batiéndose en las sombras mientras Andrés tocaba sus pechos y su vientre. Se veía a sí misma devolviéndose la mirada con un sonrisa de satisfacción mientras se entregaba a su amante soñado. Fabiana gemía cada vez que Andrés se impulsaba para penetrarla y ella, fogoza, inclinaba su cabeza para disfrutar de aquel momento lujurioso. Subía y bajaba exponiendo sus pechos al aire y curvando su vientre que ahora recibía la fuerza de su hombre. Luego sus siluetas se hicieron una con el fondo de una luz que atravesaba la ventana. No había nada más hermoso que ver a una joven criatura entregándose a los placeres de la experiencia consumada. La razón de todo fruto es llevar consigo la naturaleza de su propio árbol.

La excitada Fabiana llevó sus manos a su pecho, tocándose suavemente los pezones. la figura de aquel joven la encendía y la torturaba de forma placentera. Aquel hombre penetraba la oscuridad con fuerza, con su brazos fornidos y su cintura tan dura como el mismo miembro que Fabiana deseaba tener dentro de ella y nada era más obsceno que espiar a los amantes mientras su propio deseo dominaba sus manos que ahora habían llegado hasta su monte de venus.

Ya no podía resistir observarlos.

Dicen que la mejor forma de huir de la tentación en caer en ella y Fabiana llevaba algún tiempo intentando huir de su propio deseo, pero incluso en su casa la idea de hacer el amor con aquel hombre la perseguía como un lobo lascivo esperando devorarla. Ya no quería hacerlo. Aquel hombre estaba tan cerca de ella que podía sentir que eran sus manos las que la tocaba, que era su lengua la que acariciaba sus muslos y sus labios los que besaban sus pechos.

Masturbarse mientras su madre hacia el amor no era algo que pasaba por la mente de Fabiana pero la idea de ser poseída por aquel hombre era mucho más fuerte que cualquier sentimiento o pensamiento que le mencionara lo inapropiado de ser una espía en la oscuridad. Dejó de observarlos y se dedicó simplemente a escucharlos mientras introducía la mano en su ropa interior.

Por otro lado, la predilección de Ana por el Feng Shui hacía que cada rincón de la casa y sobre todo el pasillo tuviera un espejo que refleja las cosas placenteras para dejarlas entrar en la casa. Esa noche Fabiana lo usaría para reflejar su propio placer. Se observaba a ella misma mientras movía sus dedos bajo el pantalón. Olvidó que estaba en el pasillo y no le importó bajarse los pantalones, desabrocharse la camisa y  ver las partes más íntimas de su cuerpo con la idea de tener aquel hombre desnudo y sudoroso a solo pasos de ella.

Nadie puede negarle el placer a quien ha nacido fruto del placer porque está privando a la naturaleza de su propia razón ser y hacer. Los gemidos de Fabiana parecían sincronizados con los de la pareja y aquel reflejo era el único testigo. Se acercó al espejo para besar su propia imagen mientras sus dedos penetraban su húmeda vagina. Lamía el reflejo celebrando su propia indecencia. El aliento de placer la entregaba a los brazos invisibles de su propia lujuria mientras aquel reflejo era su amante. Los pechos de Fabiana tocaban el frío espejo y eso solo avivaba su fuego interior de forma insospechada, pues eran la lengua húmeda del amante ajeno; del amor prohibido.

El olvido del entorno le habían dado la libertad a Fabiana se sentirse mujer, de brillar en la noche como una amante solitaria en representación de todas las mujeres del mundo. Romper las cadenas de su propia cárcel con solo una demostración de que estaba viva y tenía todo el derecho de sentir. Le daba gusto amarse a sí misma con tanta pasión que no podía contener sus propios gemidos mientras se apoyaba de la pared para introducir aún más sus dedos en su deseoso templo de perdición.

Ella subía y bajaba apoyándose en la pared mientras que; con la mano izquierda acariciaba su cuello, sus senos y sus piernas; y con la derecha, hacia movimientos circulares en su clítoris; a veces rápido, otras lento, aclamando la idea de liberarse de aquella prisión.  No podía contener la ola de sensaciones placenteras y su cuerpo temblaba con la misma rapidez con la que su corazón había ensordecido sus oídos. Allí estaba la joven Fabiana, antaño inocente e introvertida y que ahora se deslizaba en la oscuridad como una figura pagana cuyo deseo sacramental la habían convertido por fin en una mujer con poder sobre su propio cuerpo.

Pero muchas cosas olvidó esa noche. Olvidó que estaba desnuda en la oscuridad, olvidó que se masturbaba  en pleno pasillo de su casa y por sobre todo, olvidó que la puerta no estaba asegurada.

En un intento por apoyarse de la puerta, esta inevitablemente se abrió. Fabiana no podía detener la electricidad embriagante que subía por todo su cuerpo. Sus ojos entornados indicaban que llegaba al clímax y todo su ser era lentamente devorado. Ahora no había nada que impidiera que cayera directamente en la boca del lobo.

Aquella pareja saltó asustada de la cama y Andrés corrió rápidamente a encender la luz mientras Ana se refugiaba asustada entre las sábanas.

No hubo nada que evitara que Fabiana cayera de golpe en el interior de la habitación.

—¡Fabiana!— exclamaron Ana y Andrés al unísono.

—¿Qué estás haciendo?— inquirió Ana horrorizada por observar a su hija desnuda, con las manos entre sus piernas, en la misma habitación que su amante.

—¡Aaay!— gimió Fabiana, quien ya no podía controlarse.

El deseo de Fabiana por fín se había cumplido. Ella y aquel joven estaban desnudos en la misma habitación y como si todo hubiese sido calculado por la mano perversa del destino, Fabiana dejó escapar un gemido mucho más suave y casi inaudible mientras todo su cuerpo se contorsionaba ante la mirada atónita de Andrés. Fabiana lo observaba mientras sentía que todo su cuerpo se humedecía aún más en el suelo y no había momento más propicio para sentir que aquel hombre por fin la había hecho suya. La causa de su deseo obsceno era ahora testigo de su corrida incipiente.

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La virgen de Eros

Con estrellas girando y los dioses adorando,

escuchando a Artemisa gemir entre las sábanas,

con las velas encendidas a través de cortinas rasgadas

 con alcohol e incienso a la virgen adorada.


Prostituir mis labios por la suavidad de sus curvas

contar las gotas de su cuerpo profanado,

 entregando mi lengua a la virgen desnuda.

con orgasmo sentir el fuego del Hades encarnado.


Las musas claman nuestra presencia

corazones puros y el fuego de la inocencia,

se lo lleva el alcohol, el elixir y la faena,

me tienta su sangre, su fuego y su tierra.


Contando los lunares, cual constelaciones y estrellas,

me recuerdan los héroes de la antigua Grecia,

hermosas vírgenes, entre el satén y la seda,

 hoy me regala  esta noche sin lumbreras.


Una virgen a la vez, solo una hace falta

sus latidos de éxtasis ¡que excitante tonada!

retumban en el cuarto de las velas adornadas,

el perfume de piel cual rosa se delata.


Entre sus piernas los campos elíseos guarda,

en su aliento la belleza del sexo se destaca,

¿Qué es más hermoso que la experiencia innata?

Eros en el cielo ¿o acaso en nuestra cama?


No hay dios en el cielo que supere este drama

Una música inefable que a Cupido encela

Mostrando al placer la verdadera apariencia

¡Placer encuentra el que a sus labios se entrega!


Mas puede el amor retener en la premura

y saciar la sed de la carne con ternura,

su piel es el agua donde encuentro la frescura

en la soledad de la noche  donde reina la pavura.


© 2014 YORVIS J. RIVAS Todos los derechos reservados

Sirena Nocturna

    ¡Cuánta amabilidad! ¡Cuánta sorpresa sus ojos, su fuego! Tan ajena y tan cercana como leer un libro en un idioma que no entiendes pero dices: “¡Quiero pertenecer allí! Subir a la cima del mundo y bajar lentamente sosteniendo un trozo del cielo. He aquí que te digo que mi imaginación solo se limita por lo que conozco y es en lo desconocido donde podemos ser dioses…

    El romance solo es superado por nuestros bajos instintos,nos hacemos esclavos de cada beso que acaricia nuestros sentidos,dejándonos desnudos ante aquel atardecer rojizo. Ofusca mis sentidos cual sirena y me lleva a lo profundo del océano. Sus ojos quedan fijos en mi y su sonrisa grabada en el aire. Lo profano y lo etéreo elevan mi espíritu y tu solo ser mantiene mi cuerpo en la tierra. Dulce piel que me atrevo a besar, delicada lengua que soborna mis labios.

YJRivas

¿Te gusta el sexo?

     Nosotros disfrutamos los caramelos por su sabor. Todo el mundo trata de disfrutar algún sabor, y nosotros queremos disfrutar del sexo porque hay algo de sabor allí. Estos gustos y sabores que percibimos son materiales por lo que son probados y se acaban rápidamente. Esa clase de sabor que nos da el sexo sólo dura algunos minutos.

   Cualquiera puede tomar un caramelo, probarlo y decir: <<¡Ay, que rico!>> pero cuando se acaba, tienes que probar otro para continuar disfrutando del sabor. El sexo por lo tanto es un sabor limitado, pero el verdadero sabor no tiene final. Todos buscamos sexo de buenas a primera para satisfacernos, el cuerpo lo pide y está en nosotros entregarnos a los deseos del cuerpo. Entonces sucede que cuando se acaba y estamos satisfechos, la pasión se termina…

Fuente: http://artforadults.tumblr.com/

“Candy lips” by Ardem

     Es fácil confundir el amor con el deseo. La existencia de corazones rotos es prueba de que al dejarnos llevar por el deseo, creemos que es amor verdadero y aunque no fuera, nos aferramos al dulce sabor de ese caramelo y sentimos temor de que se acabe. Entonces, cuando se acaba, sólo queda sufrimiento pero ¡Un momento! ¡Puedo buscar otra bolsa de caramelos y comenzar a probarlos uno por uno! y es cuando la historia vuelve a comenzar.

    Seria imprudente afirmar que el sexo solo satisface al cuerpo, la pregunta es ¿Que tanto satisface a la mente? El cuerpo responde a los sentidos, a las actividades sensoriales. No obstante, más allá de los sentidos está la mente, más allá de la mente está la inteligencia y más allá de la inteligencia está el alma ¿El sexo satisface el alma? Muchos se preguntarán si de verdad existe eso que llamamos alma pero el cuerpo, mente y alma es lo que nos define como humanos.

     Por supuesto que el sexo también es poesía. En los versos podemos describir el acto sexual sin tabú y despertar todos los sentidos al unisono. Leyendo poesía nuestras mentes se pueden anticipar al acto sexual, sobre todo si se trata de poesía erótica.

“…el perfume de piel cual rosa se delata,

entre sus piernas los campos elíseos guarda,

en su aliento la belleza del sexo se destaca,

¿Qué es más hermoso que la experiencia innata?

Eros en el cielo ¿o acaso en nuestra cama?”

Pueden leer mi poema completo aquí La Virgen de Eros

     El sexo no pertenece únicamente a la humanidad. En el reino animal hay especies que también disfrutan del sexo, o por lo menos lo hacen únicamente con fines reproductivos. La naturaleza es muy sabia, a los humanos nos creó para que disfrutáramos del sexo y así mantuviéramos la especie. A cambio de disfrutar del sexo, nos recompensa con esa satisfacción corporal; sudor, fuertes latidos del corazón, pupilas dilatadas,la sangre corriendo rápidamente por todo el cuerpo.

   Durante el enamoramiento, el deseo y el sexo nuestro sistema nervioso se activa al máximo y liberamos grandes cantidades de sustancias químicas como la feniletilamina, la dopamina y la norepinefrina,  que producen una sensación de ansiedad y de anticipación gozosa y la oxitocina, llamada la hormona del “amor” liberada durante el orgasmo. Según los farmacólogos Janet Amico y Regis Vollmer, profesores del universidad de Pittsburg, la oxitocina también produce adicción a los dulces, golosinas y por supuesto al chocolate.

   No es coincidencia que el chocolate sea un recurso para los románticos durante el cortejo. El chocolate, rico en feniletilamina ayuda en la carencia de oxitocina por la falta de sexo, así que ayuda a disimular la verdadera necesidad. Seguramente se lo van a pensar dos veces antes de regalar chocolates a sus parejas sexuales.

    Esta respuesta corporal influyen en la mente y nos preguntamos ¿Mente sobre cuerpo o cuerpo sobre mente? En la magia sexual usada en el Tantra Yoga, se busca espiritualizar ese acto sexual, no solo ayudando a que sea más duradero (no eterno) sino que sea más placentero y que sea la mente quien domine en el acto sexual. El sexo no significa disfrutar de las sensaciones, pero las sensaciones están allí por naturaleza. Ese es el secreto de la vida.

   El sexo y el amor no son iguales y aunque podamos encontrar una relación, cada uno responde a sensaciones diferentes. El sexo corresponde al cuerpo y el amor corresponde al alma. Puede haber sexo sin amor y puede haber amor sin sexo. Muchos buscan el amor mediante el sexo y otros buscan el sexo disfrazándolo de amor.

fuentes:  http://www.monografias.com/trabajos49/oxitocina/oxitocina2.shtml

http://kadampa.org/es/reference/que-es-el-tantra/

http://vidayfamilia.univision.com/horoscopos/predicciones/article/2011-08-08/tantra-yoga-tecnica-milenaria-para

En trance

¡Adoro esa melodía! Sonidos electrónicos, notas armoniosas y las luces girando sobre nosotros. Casi no puedo verte, apenas los destellos me dejan ver tus hermosos ojos. Afuera las personas bailan enérgicamente dando giros y saltos. El ambiente se torna en una mezcla de sonidos estremecedores y al mismo tiempo armónico. Pero no estamos allí, no somos parte de aquel lugar que llena con sus luces, aromas y sonidos todo nuestro cuerpo. Estamos en otro lugar donde la melodía es la misma pero se siente diferente.

No estamos allá con nuestros ojos cerrados dejándonos llevar por las luces rojas, violetas y azules de neón. Estamos bajo las luces bailando con ellas, girando con ellas. En cada pausa nos tomamos un respiro y volvemos a la acción, contando uno a uno nuestros pasos. Nadie nos ve, más estamos a la vista; nadie nos juzga, más somos pecadores. Bailamos al ritmo de nuestra propia tonada y sudados entre el humo de tabaco y el alcohol.

¡Música sin alma que nos deja en trance, fuera del mundo exterior donde vivimos solo con nuestros sentidos bailando al unísono! Pero esta música que hacemos nosotros mismos es un tanto mejor. No bailamos como los otros. Nos entregamos a los deseos de nuestros propios cuerpos. Volteamos y todos se besan, sudan… el erotismo se apodera de aquella pequeña sala que no parece ser parte de aquella tertulia.

    Te siento bailar sobre la mesa batiendo tus hermosos cabellos y con cada destello veo tus gestos, tocas tu cuerpo sensualmente. Bajas desde tus labios, pasando tus hermosos pechos hasta tus pies y regresas tomando caminos diferentes. Bailas con la música pero fuera de ella seduciéndome con cada fibra de tu cuerpo y yo estoy allí adornado tus espacios, como un espectador privado. Siento el olor de tu piel a distancia, aquella fragancia de lavanda que duerme mis sentidos.

¡Que revienten los bajos y estallen las luces!

Te tomo para mí, necesito que bailes cerca, muy cerca de mí, mi cuerpo siente ganas de bailar, de que bailes frenéticamente al compás de mi propio sonido. Mis dedos se escurren entre tu falda de cuadros violetas que brillan como si fueran parte del ambiente. Los bajos dejan de resonar. Es un momento de pausa, es momento de trance,  pero mis dedos quieren bailar.

    ¡La música estalla!

Tu sonrisa me confunde, tus manos me engañan pero sé que me llevan al cielo. Soy ajeno al mundo, presa de mis sentidos.Te beso, te beso y siento tu piel erizarse, mis brazos ya no podrán soltarte. Allí estas bailando sobre mi y conmigo, tus piernas me abrazan mientras alzas tu cabeza para seguir batiendo tus cabellos. No somos consientes si se han detenido a mirar, pero sé que no somos los únicos en aquel ritual pagano.

Allí estamos nosotros dos, siguiendo las notas de la dulce melodía de nuestro placer, cuando las luces giran y las paredes crujen. Allí estamos nosotros siguiendo nuestros instintos más básicos desando que aquellas horas duraran por siempre para amarte y no dejar reposar mi corazón que espera unirse a ti por toda la eternidad.

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Imagen de Yarek Godfrey

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