Relatos de callejón III: La felicidad de los que no quieren sentir

Portada- Relatos de Callejón por Y. J. Rivas

Ella no quería sentir. Atrapada en las sombras cruzaba la calle con sus zapatos rojos y su melena desdeñada. Caminaba sin rumbo fijo por la avenida, riendo, aplaudiendo, bailando. Desde la estación del metro hasta la intersección del bulevar se le podía ver aparentemente feliz, aparentemente en control de su vida. Entonces ella se detuvo en silencio.

Justo en medio de la avenida había un charco de agua. Las personas pasaban por allí y lo esquivaban. Nadie quería arriesgarse a mojar sus zapatos. Pero Ella se detuvo a mirarlo. Para ella significaba algo que nadie podía comprender. Los que la mirábamos desde la otra esquina, a solo unos pasos, apenas podíamos ver su rostro y su ropa sucia. Sigue leyendo

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Lo que no cuentan las historias de amor.

Habría sido mejor no decirle que la amaba. Debí haberme detenido justo en el momento en que su mirada volteó hacia otro lado. Pero en ese momento no tenia razones para creer que solo era un pañuelo que secaba sus lágrimas, el cuál podía guardar en un bolsillo para luego tirar cuando ya estaba demasiado sucio.
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Relatos de callejón IV – Aquella vez cuando la amé por última vez.

Portada- Relatos de Callejón por Y. J. Rivas
Este relato es uno de los pocos que he podido recuperar de mi antiguo cuaderno. Lo he re-editado pero he tratado de no cambiar demasiado su estructura para que se mantenga fiel a la historia que quería contar hace más de una década.

Relatos de callejón

IV

Aquella vez cuando la amé por última vez

Estaba enamorado de sus ojos café, de su largo cabello castaño y su piel bronceada. Estaba enamorado de la forma en la me miraba y de su gentileza al hablarme. Cada gesto suyo es la prueba de un amor pródigo. Realmente la amaba. Era una bendición poder despertar a su lado y observar su sonrisa bajo la luz de un nuevo amanecer.

Ella no merecía enamorarse de un hombre como yo; un esquizofrénico adicto a los calmantes. Ella debía ser adorada por arcángeles. En cambio, estaba confinada en este mundo lleno de tormento y desavenencias. Realmente odiaba ver como sus sueños eran frustrados por la economía y la inmoralidad. Las almas corruptas de las personas que infestan esta tierra con su miseria, lograron frustrar sus ilusiones. Este mundo no merecía tener un alma bondadosa caminando entre los suyos, codeándose entre risas sardónicas y miradas  de indiferencia. ¡Ella merecía ser amada! ¡Ella merecía ser alabada! Por eso tenía que marcharse de este mundo. Por eso Dios tenía que llevársela con sus ángeles.

¡Cuán lejana fue su mirada! ¡Cuán fría su piel! Los ojos de mi amada me observaban inertes desde la oscuridad. Allí estaba el cadáver de quien me hubiese amado a pensar del dolor, tendido bajo las hojas, su cabeza cubierta con flores y su sangre cubriendo los escalones. El amanecer se levantaba tras las montañas grises y nubladas. El gélido abrigo de la noche se rasgaba con los cálidos dedos del amanecer. ¡Cuánto dolor! ¡Cuánta frialdad! La penumbra cercenaba mi corazón como una espada al rojo vivo.

Mi garganta solo podía emitir el dolor. Mis brazos se extendían a recoger su inerte cuerpo. Gritar al silencio. Silenciar la noche que se escapaba llevándose consigo sus deseos, sus añoranzas y su único brillo de amor. ¡Cuán roto estuvo mi corazón! ¡Cuán desesperada estuvo mi alma! El Eco hacia mella en cada rincón, en cada esquina, en cada muro que, por más que quisiese no podría romper. Pero esa era la única salida.

¡Cuán tranquilo estuve aquella vez que la amé por última vez! ¡Cuán inmóvil! ¡Cuán sonriente! Si, mis manos fueron culpables, mis ojos testigos y mi corazón el mejor de los asesinos. Yo debía entregarle la paz. Yo debía guiarla al mundo más allá de este para que fuera llevada hasta el Señor y que los cantos alabarán la pureza de su corazón.

Fui yo quien puso sus manos en su espalda y la daga en su garganta. ¡Debía hacerlo por amor! ¡No podía permitirle mas dolor!¡Debía mostrarle mi último gesto de amor! ¿Que habrías hecho en mi lugar? ¿Que habrías hecho al ver al amor de tu vida sufrir las calamidades de una vida corrupta? La entregue sonriente ante las puertas del cielo dejando tras si, su envoltura de sangre que debía ser probada por la misma tierra que la apartó de la esperanza. Fui yo quien vio su lento ascenso sobre el cielo y al mismo tiempo fugaz, como los rayos del sol cuando llega el amanecer.

Relatos de callejón III- El sonido de la rutina

Portada- Relatos de Callejón por Y. J. Rivas

Relatos de callejón

III

El sonido de la rutina

La mañana había comenzado con gracia. Desperté alarmado por el chirriante sonido del despertador. Golpeé el bendito aparato  por un minuto entero y no se callaba. Tumbé esa cosa al suelo y aun así no se cayó. Coloqué mi almohada sobre la cabeza para mitigar el estridente sonido. Ya vencido me levanté aun somnoliento y con aliento de dragón. Estiré los brazos y bostecé. Cuando me disponía a recoger el despertador del otro lado de la cama, golpee de lleno la pata con el dedo meñique del pie.

—¡Aaayyy, coño! grité como un espartano.

Me tiré al suelo con lágrimas en los ojos y me contraje hasta que el dolor disminuyó. Pero el dichoso aparato no se callaba. Y para colmo mi perro comenzó a ladrar.

—¡Cállate Filiberto!—le grité al perro.—Me repuse y cojee hasta la otra parte de la cama y justo cuando iba a levantar el despertador, este se cayó. Hubo de pronto un silencio profundo en la habitación. Esbocé un sonrisa sardónica. «Me la jugaste bien maldito aparato». Juro que podía escuchar el palpitar de mi pequeño dedo.

Pero la ducha siempre ha sido una bendición. Y si no fuera tan ecologista, podría durar horas bajo las caricias de un baño matutino.

Cuando ya estaba listo para salir, recogí mis llaves, alimenté al perro y me despedí de él. Cerré la puerta y bajé las escaleras, pero entonces me encontré con el perro del vecino de abajo; ese rabioso animal que ha querido morderme el cuello desde que tengo memoria. Allí estaba él, gruñendo y observandome fijamente.

—Dicen que no debes mostrarle miedo— pensé pero eso a mi no me sirvió de nada. Aquella bestia se lanzó sobre mi y logré esquivarlo por poco.

—¡Dios mío! ¡Este maldito animal quiere matarme! ¡Desgraciado! ¡Ayuda!

Yo tuve que correr hasta mi casa nuevamente para maldecir al animal y a sus dueños. ¿Qué clase de animal deja a un animal violento suelto? Ese es precisamente, el verdadero animal. Luego se quejan de que han encontrado a su mascota muerta por envenenamiento. También tuve que invocar la madre al otro vecino de enfrente, que me preguntaba si me había asustado. «¡Noooooo pendejo, regrese a buscar mi lanza y pelear contra él como Beowulf, imbécil!» Porque nunca falta quien haga preguntas estúpidas.

Cuando por fin pude salir, no tuve tiempo de quejarme con el vecino, pues ya tenía treinta minutos de retraso y eso en la ciudad hay que multiplicarlo por tres, en el mejor de los casos. La ciudad se inunda con una estrepitosa melodía. Las bocinas de los autos, el rugir de las motos y las voces de las demás personas se unen en un estallido de emociones.

Entonces levantas la mirada, te haces el sordo, observas el sol danzando entre los árboles y escuchas el canto de las aves. El dióxido de carbono y hasta el rocío en los árboles se conjugan en una fragancia urbana. Encuentras en el aire un lejano aroma a café y te concentras en el ese olor únicamente e ignoras todos los demás. Inhalas lentamente y quieres alzar los brazos y alcanzar el sol. Entonces vuelves  a la realidad al escuchar el frenazo del chófer ante un motorizado que se ha pasado la luz.

Cuando llegué al restaurante, los trabajadores estaban fumando al frente del negocio, había una pequeña nube gris sobre ellos que estaban esperando que yo abriera. Y así lo hice. Risas, reclamos y el repique del teléfono me recibe. Había comenzado el turno. Luego no faltó quien me llegara a preguntar si ya habían pagado. Entraban y salían por turnos.

—Mire mijo, cuando yo lo sepa, usted lo sabrá. Deje que yo me ocupe de eso y valla a trabajar.— le dije al último trabajador que entró.

—Quiero preguntarle otra cosa.

—¿Qué desea preguntarme?

—La señora Milagros me dijo que no quiere lavar las ollas porque lo hizo ayer y dice que ella tiene problemas en la espalda. Ella había hablado con el otro gerente y habían quedado en que ella no lavaría ollas.

—Pero no me has preguntado nada— dije arqueando mi ceja derecha.

—¿Qué le digo?— preguntó por fin.

—Dile que venga a hablar conmigo.

El carajo salió de mi oficina. Mientras tanto yo seguía enviando las órdenes de compra para los proveedores. Luchando con la arcaica computadora. Siempre me he preguntado porqué la oficina del gerente es la parte más fea en todos los restaurantes. ¿O es que siempre me han tocado las feas?

Por otro lado, el teléfono sonaba cada cinco minutos. A veces eran los proveedores, otras veces era la cajera  que pedía ayuda porque la máquina no quería imprimir las facturas. Otras veces era desde cocina, para decirme que se había acabado el pan. Y entonces…

—¡Yo no voy a volver a limpiar las ollas!— entró gritando aquella señora. Me había recordado el perro de esta mañana y al igual que aquella bestia, ladraba y quería mi cuello.

—¿Cuál es el problema?— Pregunté.

— ¡Yo hablé con el otro gerente y le dije que yo no podía! Tengo un problema en la espalda y no puedo agacharme y usted sabe que para limpiar esas sendas ollas, uno tiene que agacharse y cepillarlas bien. Y yo no puedo hacer eso.

—Cuando usted firmó su contrato no especificó ninguna discapacidad o impedimento para ejercer las labores inherentes a su cargo. Tampoco he sido informado de su condición.— Le dije, inclinándome sobre el escritorio.

—¿Qué?— preguntó. Observé la incredulidad de sus ojos por un momento.

—Que a mi no me consta que usted no puede.— resumí.

—¡Aaaaah, no! ¡Si me va a poner a limpiar las ollas entonces me voy! — exclamó altanera.

—¿A donde se va a ir?

—Pues, ¿Pa’ donde más? Pa’ mi casa.

—¡Caramba! —exclamé asombrado— si desea irse a su casa no la detendré, pero entonces no vuelva.

—¡Yo hablé con Rafael y le dije que no podía!

—Como puede observar, el señor Rafael no está.— dije, intentando mantener la calma— Usted no se manda sola. Tiene una tarea que cumplir y si no puede hacerla entonces buscaré a alguien que sí lo haga. Le recomiendo que solicite una constancia de discapacidad o busque un nuevo empleo. Todos tenemos una responsabilidad aquí y usted tiene una de las más importantes y si no la cumple entonces todos fallaremos. Y yo estoy aquí para evitar que eso pase.

La señora salió gruñendo de mi oficina, probablemente maldiciendome. Odiaba comportarme como un idiota pero no podía dejar que me amedrentara. «¿Quién se cree que es? Ya había tenido suficiente con una bestia sedienta de sangre humana en la mañana». Me pregunté si aquel animal seguiría allí para cuando yo llegara en la noche. Me estremecí de solo pensarlo. «Maldito perro asesino»

De pronto volvió a entrar aquel carajo. Esta vez venía cabizbajo.

—¿Qué ocurre? ¿Es la señora Milagros, de nuevo?

—No, es un cliente. El señor quiere hablar con el gerente porque encontró un vidro en el jugo.

—¿Un qué?—hice una mueca.

—Un vi-drio.

—¡Santísimo!— me crispé— Nosotros no tenemos jugos con vidrio en la carta, ¿Verdad?— dije en tono sarcástico. Él se encogió de hombros. Yo sonreí y le dije que ya iba. Observé el reloj en mi computadora y luego el que tenía pegado en la oficina; marcaban las diez y treinta de la mañana. Suspiré. «Otro día en el paraíso»

El día se pasó volando. Marché un plato de Pasta Alfredo y un refresco. El Chef me lo envió directo de la cocina con una nota que decía: «Hay bastante trabajo, esta noche le brindaremos al personal de cocina unas cervezas» Yo sonreí y observé de nuevo el reloj que marcaba las ocho de la noche. Las horas pasan rápido cuando el sonido de la rutina mantiene tu mente ocupada. Desde la estridente alarma, el ladrido de los perros, mis maldiciones a los aires y la cacofonía de solicitudes y reclamos, la mente se retrae, queriendo escapar de todo eso y no te das cuenta del tiempo que has pasado extendiendo la mano a desconocidos, brindando apoyo a tus trabajadores y procurando que el día no termine en caos. Levanté el teléfono, marque la extensión del chef y pautamos el brindis para el final del turno.

Y. J. Rivas

Relato: Yo, el abeto.

Bosque de Abetos en Otoño

Tal vez alguno de ustedes se ha detenido a hablarle a un árbol pero ¿han escuchado lo que este tiene que decirles? Los árboles son testigos de muchos acontecimientos y muchas estaciones. Emergen desde el fondo de la tierra en un intento por alcanzar el cielo como las estatuas que evocan la victoria de una guerra pasada y , si miras atentamente, en alguno de ellos, permanecen las cicatrices de batallas antiguas de las que solo el viento tiene memoria.

Por si todavía tienen dudas de quién o qué soy yo, les responderé con ligereza; es mi naturaleza ser así: Yo soy un abeto; pues a ustedes les gusta llamarnos así, pero en un lenguaje sonoro más apropiado a nuestra tradición, nuestro nombre sería «Ssrh» que significa «Protectores» y se que tal vez esperan que les cueste toda mi vida pero no creo que haya suficientes líneas para contener todas las cosas que he visto en mis largos años.

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Cuando nací, me preguntaba si estaban conscientes que había nacido porque no es costumbre de los árboles mirar hacia abajo ya que la única forma de ser grandes es buscar la grandeza y no hay nada más grandioso que el mismo cielo. No obstante,Tenía un amigo que se hacía llamar Piso Laso y aunque éramos similares, aquel árbol era un tanto maniático; se llamaba a sí mismo «Rey de la Selva Nublada» y pavoneaba su frondoso follaje.

 Recuerdo que una vez observé como un pequeño animal lo devoraba como si se tratara de cualquier otra fruta. Le sugerí que le hiciera entender a esa criatura que él era un rey pero solo pude ganarme un gesto de desprecio. Reí de forma estentórea agitando mis ramas vigorosamente mientras mi amigo servía de alimento. Pero no vayan a creer que soy un árbol malvado regocijándose por el mal de otros porque a decir verdad, él se lo tenía merecido y, aunque fue una escena algo cruel, le nacieron nuevas ramas con el paso del tiempo.

El rey Pino Laso era en realidad uno de esos pocos árboles que pueden ser amables y me gustaba entablar de vez en cuando una conversación con él aunque, como sabrán, esperar respuestas de un árbol es un reto a la paciencia pero que tiene grandes beneficios. Solo tienes que ser directo. Aunque a veces cuando él me respondía, yo ya había olvidado la pregunta.

En nuestra comunidad estaban los «Sscrash CrHrjr» (Ancianos protectores) y el mas prominente de aquellos protectores, estaba muy cerca de nosotros y aunque era sumamente sabio, nos trataba con cierta condescendencia. Tanto Pino Laso como yo, sentíamos cierta frustración de no ser lo suficientemente altos como para plantarles cara a esos «larguiruchos espinados» —como él solía llamarles—. Pero por mas enojados que estuviésemos, adorábamos verlos mientras el viento soplaba entre sus agujas y ellos se estremecían como si bailaran con cada corriente.

La primera vez que tuve un encuentro con un humano, fue una noche de agosto cuando una niña buscaba un lugar donde dormir. Lloraba desconsoladamente y aunque no entendía porqué, sentí que debía ayudarla. Estaba herida, como si hubiese sido atacada por algún animal o hubiese caído. Entonces le mostré un pequeño hoyo entre mis raíces y el suelo que había debido como refugio a una vieja familia de mapaches, pero que ahora estaba libre, así que le permití entrar. Piso Liso no entendía lo que sucedía pero rápidamente se encariñó de ella.

Pero cuando los mapaches volvieron, hicieron un gran alboroto. Los otros arboles se agitaron mucho y aunque no les preocupaba para nada la niña, deseaban poner fin a aquel desorden de medianoche. Y cuando uno de ellos intentó atacar a la niña, dejé caer mis semillas sobre ellos para alejarlos. Pino Liso también ayudó haciendo ruidos y chasqueando sus ramas. Esa noche hicimos algo que solo pocos árboles pueden hacer: salvamos una vida humana. Pero luego llegaron otros humanos, mas altos y en mayor número, con linternas en las manos y gritándo en búsqueda de la niña. Cuando la encontraron, ella les dijo que nosotros le habíamos salvado la vida y grabó su nombre en mi corteza. No volví a saber mas nada de ella.

Por varios años me mantuve bajo la espesa niebla que cubría aquel bosque. Algunas veces podía encontrarme rodeado de un inmenso silencio; otras, el murmullo de los árboles me desesperaba. El silencio solo era sobrepasado por el gélido aire que se respiraba. El musgo, la tierra y las hojas secas inundaban el lugar de una aroma inigualable. Todo aquello bajo el manto gris que nos acurrucaba y resguardaba cual secreto prohibido.

En la ciudad al pie de la montaña donde vivo, he observado pequeñas estructuras que son derribadas y sustituidas por otras cada vez más altas con el pasar de los años. Son seres inertes sin vida o pasión y cuyo único propósito es imitarnos  a nosotros los árboles. En el conticinio observábamos las estrellas, lejanas lumbreras que inspiraban todo clase de canto. Respondíamos ante su titilar con un baile modesto. Algunos humanos venían al bosque y nos acompañaban con puestos en primera fila para los diferentes espectáculos del cielo nocturno, desde observar las constelaciones hasta las lluvias de estrellas.

Abeto después de la tormenta

“Yo, el abeto” de Y. J. Rivas

Pero en una noche de tormenta, aquel cielo se tornó aterrador. Furioso e implacable, descargó su ira sobre el bosque causando un gran incendio. Los árboles crujían aterrados por las llamas que les consumía en aquel súbito infierno. Algunos intentaban apagar el fuego dejándose caer a la tierra en un sacrificio desesperado. El verde apacible del bosque se tornó en un rojo inclemente y no había forma de que pudieses salvarnos. Íbamos a morir por la mano de la misma tierra que nos había dado la vida. Nada era más sublime.

Las llamas habían alcanzado al Anciano protector y este se estremecía en un chillido espantoso por el fuego que lo reclamaba. Lo observábamos impotentes, sintiéndonos inútiles de no poder extender siquiera nuestras ramas para alcanzarlo en sus últimos minutos. Pero él nos observó sonriente. Nos miró fijamente y extendió una de sus ramas y dijo entre los silbidos de la muerte:

—Shcrashrekmrgrjk—

Esto significa “Tú, retoño, vive” y ambos sabíamos que esa era una despedida, la única que podría venir de un árbol.

El Anciano dejó caer su enorme tronco justo en medio de nosotros y observamos aterrados como el fuego desfiguraba su cuerpo. No podíamos hacer nada salvo verlo morir. Pero nuestra impotencia por no salvarlo, se transformó rápidamente en la aceptación de nuestra propia muerte. A pesar de los esfuerzos de los ancianos por mantener a salvo las plantas mas pequeñas, el fuego nunca cedía. Era cuestión de segundos que compartiéramos el mismo destino que ellos.

Incendio

El Incendio del Bosque

Observé como el fuego alcanzaba a Pino Laso y escuchaba su llanto y su crujido. Aun puedo recordar como me miraba desesperado. Lo ví convertirse en carbón tan rápidamente que no tuve tiempo de gritar. En ese momento deseaba unirme a él, pues todo lo que había alrededor de mi ardía y el aire era tan seco que apenas podía respirar. No faltó mucho para que las garras de aquella bestia flamígera tocara mi cuerpo pero no quería ver más aquel infierno.

Hubo un gran estruendo y sentí de pronto que el calor se disipaba. Me sentí aliviado. «Así se siente la muerte». Pero no había terminado, al menos no para mi. Observé que la lluvia había apaciguado a la bestia que devoraba todo a su paso y supe entonces que tenia una nueva oportunidad. Pero sorpresa mía, no había sido una lluvia cualquiera; habían sido los humanos que habían intercedido por nosotros con enormes máquinas voladoras que escupían agua en todas direcciones. Tenía algo mas que aprender.

Aquellos seres estaban conscientes de nuestra existencia tanto como lo estábamos nosotros de ellos y aunque les agradecí bastante, un sentimiento de ira me llevó a exhalar un último crujido y dejé caer una de mis ramas chamuscadas sobre aquel hombre que pisó las cenizas de Pino Liso . ¡Cómo se atrevía a pisotear el cadáver del Rey de la Selva Nublada! Tanto que me habló de los humanos y estos no pudieron salvarlo. ¡Malditos! Pero nuestra madre no es del todo cruel.

Esa mañana nos regaló un hermoso arrebol en conmemoración de los caídos en aquella batalla en la cima de la montaña. Supe que muchos animales también habían sucumbido ante la ferocidad de aquel atacante del cielo y que algunos humanos habían perdido sus casas. El cielo enrojecido era la señal de que todo había terminado y la señal de que un día nuevo había llegado para todos. Para mi, era la mención de que esa noche, un rey había muerto, sin distinción y sin honor más que solo el recuerdo de haber sido un gran amigo. No era justo.

Pasaron otros cincuenta años luego de que mi amigo regresara al interior de la tierra. Las cosas cambiaron mucho en el bosque. En muchas ocasiones deseé volver a ser un joven retoño, maravillado y en compañía de muchos otros árboles. Pero ahora estaba solo, apenas unos retoños habían emergido, pero apenas podía verlos en la distancia. El bosque se había ido.

La ciudad en cambio, se había extendido varios kilómetros en varias direcciones con nuevos y más altos —pero no menos horribles— edificios. Los hombres habían construido una carretera que atravesaba nuestro reino de este a oeste, casi siguiendo el camino del sol a través del cielo. Yo podía observar en la distancia como los automóviles cruzaban con rapidez y sin la menor intención de mirar a los lados. Luego comenzamos a ver que habían inventado algo nuevo: aviones. No me impresionaron mucho pues, estoy acostumbrado a ver criaturas voladoras y ningunas son tan ruidosas.

A pensar que éramos constantemente visitados por los humanos, yo solamente los observaba de lejos. Pero un día, uno de ellos de se acercó a mi, y me miró fijamente, posando su mano sobre mi corteza. Yo lo miré fijamente, pretendiendo no estar nervioso. No me gustaba que se me acercaran tanto, además, había escuchado que a ellos les gustaba raptar a los abetos para decorar sus propios jardines.

Aquella señora sonrió al verme, como si me conociera. Me sentía intranquilo pero cuando me tocó en la parte donde había escrito su nombre, supe entonces que había sido aquella niña que se había perdido hace medio siglo y noté cierto parecido en su aspecto con el mío; ambos lucíamos los signos de la edad. Arrugados y con una extraña satisfacción de haber sobrevivido junto a un pequeño episodio de nuestras vidas. Me presentó a sus hijos y a sus nietos y estos también se acercaron y me tocaron. Pero pasó algo que nunca pude esperar.

Los hijos de aquella anciana, eran propietarios de una constructora que habían comprado aquel terreno y que pretendían construir toda clase de estructuras. En la tierra ya casi no nacía nada, los árboles mas viejos estaba muriendo y otros fueron arrancados o cortados para hacer instrumentos musicales. Era cuestión de tiempo que yo, también fuera arrancado.

La señora no dejó que me cortaran, de hecho, construyeron un iglesia a mi lado y una plaza alrededor de mi. También dejaron que los árboles más jóvenes se quedaran y sirvieran de protección para el fuerte viento que era típico del lugar. Nuestro antiguo y silencioso bosque, se transformo en un centro urbano con residencias, centros comerciales y parques.

Abeto en Navidad. Yo, el abeto por Y. J. Rivas

Abeto en Navidad

 Mi época favorita del año, pasó a llamarse Navidad. En esa fecha, yo era decorado con toda clase de luces y adornos brillantes como tributo al cambio de año donde se respiraba un sentimiento de unión entre todos. De hecho, era constantemente visitado ahora que estaba tan cerca de los humanos y se fotografiaban cerca de mi. Algunos cantaban villancicos y otros simplemente se detenían a verme.

En varias ocasiones recordé a mi amigo, al anciano y todos los demás y me pregunté si habían renacido en alguna parte de la tierra, donde observaban como la tierra que antaño adoraban, había cambiado y que ahora, era anfitriona de otra especie de la naturaleza.

Estuve en aquella plaza por mas de doscientas navidades. Nuevas tecnologías suplantaron las anteriores. Muchas personas habían escrito también sus nombres en mi corteza y de alguna forma, me sentía padre de todas aquellas criaturas que se reunían debajo de mi. Y como cualquier otra criatura, yo también comencé a morir.

Habían plantado otro árbol muy cerca de mi, un gran abeto blanco con el que establecí una gran amistad. Él había venido de muy lejos y me permitió entender que la tierra en su totalidad estaba siendo modificada. Me habló sobre el nuevo siglo XXIII que se acercaba y sobre todo lo que el humano había alcanzado pero que tenía mucho que aprender de la naturaleza misma. Yo ya había visto nacer y morir a muchas generaciones, y sentí en mis raíces que era hora de que yo también renaciera en otro lugar. Y una mañana, emití mi ultimo crujido y caí ante la mirada de todos en el piso gris de la plaza.

Comencé a morir observando el ahora lejano bosque que se asomaba en la montaña. Aquella tarde era tan roja como cuando perdí a mi mejor amigo y me invadió una profunda tristeza el no haber podido decirle nunca que gracias a él, mi vida no había sido solitaria. Recordé a los mapaches que habían hecho su familia tan cerca de mi que los había visto nacer y crecer por generaciones.

Recordé a la niña que me devolvió el favor y me otorgó una segunda vida en el pueblo. Aunque siempre deseé volver a la tranquilidad del bosque, siempre estuve sobre la misma tierra que me había visto nacer y que ahora, luego de doscientos noventa y tres años mi vida tenia que ser devuelta a la tierra, como parte vital del ciclo de la vida. Ahora sería alimento para los seres de la tierra o madera para algún otro invento humano. Pero cualquiera que fuera mi destino, ya no quedaban luces que adornaran mis hojas.

Las tres niñas

En uno de mis paseos por la capital vi a una hermosas niñas practicando la Radiestesia. Era un tarde como cualquier otra y había salido temprano de mi trabajo. Me gustaba caminar una hora, ver las tiendas y observar el comportamiento casi mecánico de las personas que viven en las grandes ciudades.

Me encontraba caminando por la avenida Los Palos Grandes en Caracas, allí donde abundan las enormes y hermosas quintas que parecen sacadas de las revistas. Nunca en mi vida he visto a alguien, entrar o salir de alguna de esas casas pero ese día vi algo que realmente no esperaba.

En una de las casas que, por su aspecto podría decir que es una de las más antiguas, tres hermosas niñas de largos cabellos castaños, jugaban en el jardín, cerca de la puerta principal de su casa. Sentadas en el suelo en forma de triangulo, parecían muy concentradas en una gran pliego de papel en en centro. Yo lograba verlas desde lejos a través de la verja, a medida que subía en dirección a la montaña Wararaira Repano. 

A medida que me acercaba, distinguía sus hermosos vestidos y sus cabellos hermosamente peinados, con listones y unos zapatos muy hermosos. Las niñas reían y se pasaba una especie de listón plateado, más parecido a una fina cadena. Me detuve por un momento frente al abasto para comprar una botella de agua, un jugo y unos bocadillos que pretendía comerme una vez llegara a la montaña. Me senté a descansar sobre un pequeño muro pero dirigí mi miraba hacia las niñas que parecían divertirse mucho.

Entonces algo llamó mi atención, un pequeño destello hizo que me fijara en algo que colgaba entre las tres niñas. Al final de aquella pequeña cadena que sostenían, colgaba una figura triangular. La luz del sol se reflejaba en él cada vez que oscilaba de un lado al otro. Me pues en pie tan pronto supe lo que era. Aquella figura triangular era un péndulo, de esos que se usan en la práctica de la Radiestesia.

Pendulum de Cuarzo

Pendulum de Cuarzo

-Esto es sorprendente- musité. Aquella niñas no parecían tener más de 13 años pero sabían exactamente como manejar aquel artilugio. Una buscaba, haciendo movimientos circulares con el péndulo sobre el pliego de papel y las otras dos observaban tomadas de la mano, detenidamente.

No puede evitar sorprenderme pero también sonreí, me terminé de beber el agua y seguí caminando. Caminaba cada vez más lento a medida que me acercaba a la casa, no por temor sino por curiosidad pero no podía detenerme, por miedo a que se dieran cuenta que las observaba, aunque dado el lugar donde se encontraban, no parecían temer a que alguien las observara.

Cuando estuve frente a la verja, observe el hermoso jardín. Habían plantado orquídeas y azucenas. A un lado de ella, una hermosa fuente ornamental de estilo griego, le daba un toque soberbio y místico al lugar. Fingí que me ataba los zapatos para poder ver en detalle el papel que tenía una extrañas figuras.

-¿Qué estarán buscando?- Dije. No me había fijado cuán cerca estaba de ellas hasta que un destello de luz me segó por unos segundos. Al recobrar la vista, observé que el péndulo se había detenido, en dirección hacia donde yo estaba. Cuando subí mi mirada para ver a la niñas, me quedé helado.

Aquella niñas tenían sus ojos puestos en mi. Yo les dediqué una sonrisa y sentí toda la sangre en mi cara. Ellas me miraban fijamente sin inmutarse. El péndulo me señalaba a mi y aunque no tenía idea de porqué, todo parecía indicar que yo estaba interfiriendo con algo, fuese lo que fuese.

Me puse en pie levante mi mano para disculparme. Se me ocurrió meterme mi mano por el cuello de la camina y me quité la cadena que llevaba. Quería decirles <<si, sé lo que están haciendo>> entonces levanté mi cadena que llevaba un pentáculo metálico, y se los mostré. Aquellas niñas sonrieron enérgicamente y comenzaron a susurrar entre ellas.

La niña que llevaba el péndulo se levantó y me saludó como si yo fuera alguien conocido. Esto no hizo más asustarme. Voltee en ambas direcciones para buscar a quien estuviera observándome, o cerciorarme de que no estaba saludando a alguien más. Como no había nadie más, supe que era conmigo y le devolví el saludo. oculté de nuevo mi pentáculo y me despedí de aquella niña para seguir mi camino hasta la montaña. Recuerdo sus hermosos ojos café y su sonrisa y aunque jamás la he vuelto a ver, imagino que sigue practicando para algún día convertirse en una gran maestra. No se tu nombre pero si llegas a leer esto, quiero que sepas que también he seguido el camino.

La Doncella Plateada:Supresión

Muchísimas gracias a lo que han seguido está historia con especial entusiasmo y a los que, con sus comentarios y correcciones han tenido gran efecto en mi.  Espero que puedan disfrutar éste capítulo, tanto como lo disfruté yo.
Un agradecimiento especial al diario Últimas Noticias y al equipo de TuVoz por publicar el primer capítulo de ésta maravillosa historia en su web http://tuvoz.ultimasnoticias.com.ve/tuscuentos/la-doncella-plateada.aspx

@YJRivas

 Capítulo I: Babe XL17

Capítulo II- Supresión

http://pelicanh.deviantart.com/

Imagen diseñada por http://pelicanh.deviantart.com/

Gregory Strokovich observaba atentamente desde la mirada telescópica de su rifle. Observaba las siluetas de sus objetivos moviéndose por la habitación. Escuchaba la conversación a distancia entre ellos y calculaba la dirección y presión del viento. Tendido en el suelo, con el dedo muy cerca del gatillo, buscaba el momento indicado para disparar.

 En la habitación del quinto piso del edificio, dos figuras se movían en la oscuridad. El hombre estaba recostado, de espalda a los ventanales, y la mujer se le acercaba de frente.

-¿Qué es lo que deseas?- me preguntó, acariciaba mi cuerpo  y me miraba a los ojos. Su inefable belleza me conmovía, sentía unos deseos irrefrenables de amarla, pero aunque fuese hermosa, no dejaba de ser una máquina y aunque tuviera una inteligencia artificial, era es resumidas cuentas, “irreal”.

-Te ordeno que te alejes de mí-  Espeté lacónico.

Sus ojos me observaron de una manera que no pude entender, me observó confundida, como si se sintiese ofendida. << ¿Sentir?>> Los robot no sienten, no importaba cual parecido fueran a los humanos, eran virtualmente una copia de nosotros. Pretender que una maquina sentía era completamente irracional y yo conocía bien los algoritmos de la I. A. presente en los androides actuales.

-Pero… pensé que…-

-¿Pensaste?- Interrumpí incrédulo.

Sentí como si la pena la consumiera, como si mis palabras la hicieran sentir rechazada. No me sentía enojado, al contrario, estaba totalmente pasmado por la forma en que se expresaba. Habíamos hablado por horas pero no tenía idea de que, además de contener una vasta cantidad de conocimientos e información y que pudiera aplicarlas de tal forma como para mantener una conversación, tuviese en sí, una personalidad. Me sentí apenado, la vi encogerse y mostrarse tan frágil que sentí deseos irrefrenables de abrazarla. La tomé en mis brazos, su cuerpo no era frío y duro; al contrario, era muy cálido y suave. Nuestras sombras se proyectaban en la habitación como si fuésemos uno solo. <<No puedo creerlo, estoy sintiendo algo como una máquina>>

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