Lo que no cuentan las historias de amor.

Habría sido mejor no decirle que la amaba. Debí haberme detenido justo en el momento en que su mirada volteó hacia otro lado. Pero en ese momento no tenia razones para creer que solo era un pañuelo que secaba sus lágrimas, el cuál podía guardar en un bolsillo para luego tirar cuando ya estaba demasiado sucio.
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Relato: Cuando se guarda el amor

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Recuerdo la primera vez que se acercó. Sonriente. Me observaba fijamente y medía sus palabras, esperando no equivocarse. Yo no sabía quien era ella, pero ella aseguraba saber quien era yo y admitió haber estado esperando para entrevistarse conmigo. Eso me ponía en desventaja. Pues me había abordado para solicitarme una ayuda profesional y justificaba su solicitud en base a los comentarios de sus colegas.

«Él te va ayudar» — le decían. Acepté sin mediar muchas palabras, porque había sido amor a primera vista.

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Las que cosas que olvidamos en la soledad del corazón

Aquellas cosas que olvidamos en la soledad del corazón

Por mucho tiempo he estado esperando. A ella. Quien me dedique besos de amor. Sé que en algún lugar del mundo habita la mujer perfecta para mi, aquella que nació para ser dueña de mis poemas y mis mañanas. Estoy enamorado de ella, pues todos los días la espero junto a mi cama, desayunamos juntos frente a la ventana de nuestro apartamento que da hacia el mar y tomamos una bocanada de aire o nos alimentamos del aliento del otro. La observo y me dedico a contarle sus lunares, a detallar los rebotes de luz en su contorno. Ella me mira curiosa, intentando saber que pienso y se sonroja cuando le dedico una sonrisa. Yo me pregunto si ella sabe que estoy aquí, esperando pacientemente, refugiado en una choza bajo un intempestivo aguacero. Sigue leyendo

Relatos de callejón IV – Aquella vez cuando la amé por última vez.

Portada- Relatos de Callejón por Y. J. Rivas
Este relato es uno de los pocos que he podido recuperar de mi antiguo cuaderno. Lo he re-editado pero he tratado de no cambiar demasiado su estructura para que se mantenga fiel a la historia que quería contar hace más de una década.

Relatos de callejón

IV

Aquella vez cuando la amé por última vez

Estaba enamorado de sus ojos café, de su largo cabello castaño y su piel bronceada. Estaba enamorado de la forma en la me miraba y de su gentileza al hablarme. Cada gesto suyo es la prueba de un amor pródigo. Realmente la amaba. Era una bendición poder despertar a su lado y observar su sonrisa bajo la luz de un nuevo amanecer.

Ella no merecía enamorarse de un hombre como yo; un esquizofrénico adicto a los calmantes. Ella debía ser adorada por arcángeles. En cambio, estaba confinada en este mundo lleno de tormento y desavenencias. Realmente odiaba ver como sus sueños eran frustrados por la economía y la inmoralidad. Las almas corruptas de las personas que infestan esta tierra con su miseria, lograron frustrar sus ilusiones. Este mundo no merecía tener un alma bondadosa caminando entre los suyos, codeándose entre risas sardónicas y miradas  de indiferencia. ¡Ella merecía ser amada! ¡Ella merecía ser alabada! Por eso tenía que marcharse de este mundo. Por eso Dios tenía que llevársela con sus ángeles.

¡Cuán lejana fue su mirada! ¡Cuán fría su piel! Los ojos de mi amada me observaban inertes desde la oscuridad. Allí estaba el cadáver de quien me hubiese amado a pensar del dolor, tendido bajo las hojas, su cabeza cubierta con flores y su sangre cubriendo los escalones. El amanecer se levantaba tras las montañas grises y nubladas. El gélido abrigo de la noche se rasgaba con los cálidos dedos del amanecer. ¡Cuánto dolor! ¡Cuánta frialdad! La penumbra cercenaba mi corazón como una espada al rojo vivo.

Mi garganta solo podía emitir el dolor. Mis brazos se extendían a recoger su inerte cuerpo. Gritar al silencio. Silenciar la noche que se escapaba llevándose consigo sus deseos, sus añoranzas y su único brillo de amor. ¡Cuán roto estuvo mi corazón! ¡Cuán desesperada estuvo mi alma! El Eco hacia mella en cada rincón, en cada esquina, en cada muro que, por más que quisiese no podría romper. Pero esa era la única salida.

¡Cuán tranquilo estuve aquella vez que la amé por última vez! ¡Cuán inmóvil! ¡Cuán sonriente! Si, mis manos fueron culpables, mis ojos testigos y mi corazón el mejor de los asesinos. Yo debía entregarle la paz. Yo debía guiarla al mundo más allá de este para que fuera llevada hasta el Señor y que los cantos alabarán la pureza de su corazón.

Fui yo quien puso sus manos en su espalda y la daga en su garganta. ¡Debía hacerlo por amor! ¡No podía permitirle mas dolor!¡Debía mostrarle mi último gesto de amor! ¿Que habrías hecho en mi lugar? ¿Que habrías hecho al ver al amor de tu vida sufrir las calamidades de una vida corrupta? La entregue sonriente ante las puertas del cielo dejando tras si, su envoltura de sangre que debía ser probada por la misma tierra que la apartó de la esperanza. Fui yo quien vio su lento ascenso sobre el cielo y al mismo tiempo fugaz, como los rayos del sol cuando llega el amanecer.

Relato: La dama de las letras

No les voy a mentir. Yo nunca he sido de los que pasan sus días leyendo poesía o pretenderse un buen lector de Arturo Uslar Pietri, Gabriel García Márquez, Franz Kafka, Goethe, Fiodor Dostoyevski y cualquier otro que puedan nombrar. De hecho, la mayor parte de mi vida, la pase entre libros de matemáticas, de física, de química y de biología. Ya saben, era de los que se preocupan más por los avances científicos de la física cuántica y la tecnología del siglo XX.

Conocí de poesía a temprana edad por obligación. Mi profesora de literatura era de aquellas que llevaban una regla en la mano y unas gafas picudas dispuestas a posar sobre ti, su mirada de desaprobación por tu falta de sensibilidad y conocimientos literarios. Y yo la odiaba. Me parecían más importantes los cálculos matemáticos, saber como funcionaban las cosas desde un punto de vista mas tangible…más legible cuantitativamente.

Conocí de poesía a temprana edad por amor a una chica. Ella tenía el cabello largo y ondulado, con una una piel tersa y algo pálida. A veces sus cabellos se oscurecían, otras parecían más claros; algunas veces recogido, otras veces sueltos, pero eran tan brillantes como el oro. Así que, mientras yo era el centro de atención por mis altas notas en matemáticas, ella deleitaba a todos por sus interpretaciones en las obras del colegio. Ella era una buena escritora que gozaba de gran cariño por parte de muchos profesores y además de eso, era popular. A veces, hablan de ella en la radio.

Yo era todo lo contrario a ser popular. De hecho, solo era popular los días de los exámenes. Todos querían sentarse a mi lado durante las pruebas; me pregunto por qué.  Yo era de esos jóvenes regordetes que no encajan en ningún lado. Iba y venía sin compañeros o amigos. Solo me acompañaban mis números, mis fórmulas y mis elementos. Eran mis mejores amigos.

Una vez, en la clase de poesía, aprendí de métrica. ¡Por fin, era lo que estaba esperando! Aquella forma de expresar sentimientos, usando la matemática en las letras, era el lenguaje que yo necesitaba para hablarle a quien era, en ese entonces mi amor platónico. Desearía poder recordar aquellos versos, algunos de arte menor, otros de arte mayor. Los podía escribir, aunque con cierta dificultad, usando mi predilección por las matemáticas y su perfección.

Escribí mi primer poema pensando en ella. Y pasé varios días escribiéndole en secreto. Pero nunca pude entregarle nada. Hasta que un día pasamos a escribir cuentos en clase. La profesora había dejado atrás a Ruben Darío para presentarnos a Gabriel García Marqués y cuando llegamos a las novelas; a Rómulo Gallegos y también a Maria teresa de la Parra, a quien odié tanto en ese momento. Pero también leímos a Hemingway y como eramos prácticamente niños, leíamos a escritores como Charles Perrault y otros cuentistas que ya no recuerdo.

No entendía el trágico mundo de Shakespeare. Me sentía abrumado de pasar largas horas intentando saber porqué demonios tenía que leer cuentos del pasado. Y no entendía que de eso se trataba precisamente; del pasado. Y cuando por fin se nos permitió escoger un escritor para leer en clase, yo me aparecí con “El tren Azul” de Agatha Christie. No porque me gustara, de hecho nunca la había leído, la había cogido del cuarto de mi mamá.  Una novela que aun conservo y que ahora es de mis favoritas.

Mientras tanto, seguía con mis cálculos. No me sentía tan cómodo como  cuando entraba en clase de trigonometría. Pero debía ser bueno en las letras si quería acercarme a ella. O por lo menos, que ella me mirara. La veía en cada rincón y su rostro siempre tenía algo diferente, ella siempre andaba pensativa y hablaba muchas lenguas. ¡Hasta mi madre quería que la invitara a la casa!

Para cuando teníamos que escribir nuestro propio cuento, ya llevaba más de treinta páginas con cartas dirigidas a ella. En esa carta incluía poemas; algunos míos otros de grandes poetas. Entonces ya sabía sobre que escribiría. Escribí un cuento fantástico sobre amor y tardé un mes en escribir sus cuatro páginas. Luego escribí terror bajo la influencia de Bran Stoker, Poe, Ann Radcliffe y hasta ciencia ficción, inspirado en Isaac Asimov y H. G. Wells, autores que conocía bastante.

El día que acumule el valor para declararme, mostrándole todo lo que había escrito para ella, sentí su rechazo. Descubrí que a ella no le importaba que fueran versos perfectos, que lo más importante era lo que sentía al escribirlos. Me dijo que dejara a un lado la lógica y que pensara libremente. Me habló de Pablo Neruda, de Julio Cortázar y Mario Benedetti y me hizo entender que cuando una obra te llega al corazón, es cuando realmente es perfecta. Entonces me aclaró que yo solo la buscaba por obligación y que ella no ama sino siente amor. Sentí que el mundo se me venía abajo.

Agregué, y lo puedo recordar muy bien, que pasé los días escribiendo porque sentía que debía hacerlo. Que para mi la perfección se encontraba en cada gesto suyo, y no encontraba forma mas noble, de premiar tanta belleza.  Le dije que la química y la biología me ayudó a entender lo que hace un corazón cuando está enamorado. Que la física me enseñó a calcular la distancia entre nuestros cuerpos y la atracción que ejerce una sobre la otra.

También le hablé de la “Sucesión Fibonacci”, valiéndome de mis conocimientos matemáticos, y le expliqué que la naturaleza había escrito la belleza en números y que yo había encontrado la única forma de entenderla; pues había encontrado esa belleza en su rostro. Que la amaba y que eso la hacia perfecta para mi y cuánto más me acercaba a ella, más quería conocerla, por qué lo que no puedo expresar con números, lo hago con sus letras.

Y. J. Rivas

Imagen: “Thoughtful Reader” (1906). František Dvořák, también conocido como Franz Dvorak o Franz Bruner (República Checa, 1862-1927).

Eso que habita en el corazón

En lo profundo de nuestro corazón, y no me importa lo que dice la neurología, hay un sentimiento que nos permite apreciar las cosas hermosas de la vida. A  esa energía que conecta y une el universo, le hemos designado cuatro letras para formar la palabra más hermosa de todas: amor.

¿Qué es el amor? El amor, no se puede explicar, el amor no se puede medir. La única forma de saber lo que es el amor, es sentirlo. Basta con dar un abrazo, ser gentil y alegrar la vida de otros. No necesitamos de ostentosos recursos para expresar amor. Sigue leyendo

Relato: El Viaje

Este relato fue inspirado en hechos reales.

  Tantas cosas que dejamos atrás en busca de nuestros sueños y luego nos encontramos con algo que no buscábamos . Imagino que muchos te habrán llamado soñador,un romántico y un iluso. Te has pasado los últimos días mirando esa fotografía de tu viaje a Roma, añorando no haber regresado jamás tan solo para besar sus labios en año nuevo.

   Regresas a la ciudad y te dan la bienvenida con disturbios y malas noticias. Tus ojos se humedecen y sientes un deseo irrefrenable de huir y dejar atrás aquel lugar donde sólo habita la controversia y el desasosiego. No sabes a que bando unirte porque las piedras y los improperios van y vienen de ambas partes,entonces das la vuelta y te marchas. Sigue leyendo

La virgen de Eros

Con estrellas girando y los dioses adorando,

escuchando a Artemisa gemir entre las sábanas,

con las velas encendidas a través de cortinas rasgadas

 con alcohol e incienso a la virgen adorada.


Prostituir mis labios por la suavidad de sus curvas

contar las gotas de su cuerpo profanado,

 entregando mi lengua a la virgen desnuda.

con orgasmo sentir el fuego del Hades encarnado.


Las musas claman nuestra presencia

corazones puros y el fuego de la inocencia,

se lo lleva el alcohol, el elixir y la faena,

me tienta su sangre, su fuego y su tierra.


Contando los lunares, cual constelaciones y estrellas,

me recuerdan los héroes de la antigua Grecia,

hermosas vírgenes, entre el satén y la seda,

 hoy me regala  esta noche sin lumbreras.


Una virgen a la vez, solo una hace falta

sus latidos de éxtasis ¡que excitante tonada!

retumban en el cuarto de las velas adornadas,

el perfume de piel cual rosa se delata.


Entre sus piernas los campos elíseos guarda,

en su aliento la belleza del sexo se destaca,

¿Qué es más hermoso que la experiencia innata?

Eros en el cielo ¿o acaso en nuestra cama?


No hay dios en el cielo que supere este drama

Una música inefable que a Cupido encela

Mostrando al placer la verdadera apariencia

¡Placer encuentra el que a sus labios se entrega!


Mas puede el amor retener en la premura

y saciar la sed de la carne con ternura,

su piel es el agua donde encuentro la frescura

en la soledad de la noche  donde reina la pavura.


© 2014 YORVIS J. RIVAS Todos los derechos reservados

Sirena Nocturna

    ¡Cuánta amabilidad! ¡Cuánta sorpresa sus ojos, su fuego! Tan ajena y tan cercana como leer un libro en un idioma que no entiendes pero dices: “¡Quiero pertenecer allí! Subir a la cima del mundo y bajar lentamente sosteniendo un trozo del cielo. He aquí que te digo que mi imaginación solo se limita por lo que conozco y es en lo desconocido donde podemos ser dioses…

    El romance solo es superado por nuestros bajos instintos,nos hacemos esclavos de cada beso que acaricia nuestros sentidos,dejándonos desnudos ante aquel atardecer rojizo. Ofusca mis sentidos cual sirena y me lleva a lo profundo del océano. Sus ojos quedan fijos en mi y su sonrisa grabada en el aire. Lo profano y lo etéreo elevan mi espíritu y tu solo ser mantiene mi cuerpo en la tierra. Dulce piel que me atrevo a besar, delicada lengua que soborna mis labios.

YJRivas