Relatos de callejón III: La felicidad de los que no quieren sentir

Portada- Relatos de Callejón por Y. J. Rivas

Ella no quería sentir. Atrapada en las sombras cruzaba la calle con sus zapatos rojos y su melena desdeñada. Caminaba sin rumbo fijo por la avenida, riendo, aplaudiendo, bailando. Desde la estación del metro hasta la intersección del bulevar se le podía ver aparentemente feliz, aparentemente en control de su vida. Entonces ella se detuvo en silencio.

Justo en medio de la avenida había un charco de agua. Las personas pasaban por allí y lo esquivaban. Nadie quería arriesgarse a mojar sus zapatos. Pero Ella se detuvo a mirarlo. Para ella significaba algo que nadie podía comprender. Los que la mirábamos desde la otra esquina, a solo unos pasos, apenas podíamos ver su rostro y su ropa sucia. Sigue leyendo

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La belleza de la inteligencia.

Ginoide, Cyborg

Si lo pensamos detenidamente, tenemos muchas razones por las cuales temer a las máquinas: son más fuertes, son más rápidas y pueden vivir mucho más que cualquiera, por más saludable que este sea. Las máquinas son, en su mayor expresión, una imitación de la fuerza natural reforzado por el ingenio humano y su capacidad para alterar los elementos.

Desde que la robótica y la computación predijeron la llegada de la inteligencia artificial, nació un temor conjunto, una reacción natural ante una posible amenaza de que las máquinas fueran más inteligentes que nosotros y que con el tiempo, llegaran a dominarnos o, en el peor de los casos, aniquilarnos. Pero puede que este singular escenario no sea realmente una guerra apocalíptica sino una batalla filosófica y legal que consista en establecer o reafirmar qué es lo que realmente nos hace humanos.

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La esperanza del nuevo mundo

Todo en esta vida responde a un ciclo de caos y orden. Los días menguan para dar paso a la noche y esta se va a dormir cuando el sol renace glorioso en el horizonte. En ese ciclo, todas las acciones corresponden a unas emociones que vibran tan fuerte, que parecen los latidos de un corazón jovial y vigoroso, como los tambores de las cruzadas de antaño cuando el mundo era tan violento que la misma belleza que hacia sufrir a unos, llenaba de dicha a los otros.

Después de millones de años por fin podemos decir que hemos escuchado a nuestro mundo cantar. Lo hemos visto y escuchado por las noticias. En todas partes del mundo ya suenan las trompetas. El cielo se estremece porque porque hemos fijado nuestra mirada en él, pero esta vez no como algo inalcanzable y sobrenatural, al contrario, ahora sabemos que es accesible para nosotros.

Lo que no cuentan las historias de amor.

Habría sido mejor no decirle que la amaba. Debí haberme detenido justo en el momento en que su mirada volteó hacia otro lado. Pero en ese momento no tenia razones para creer que solo era un pañuelo que secaba sus lágrimas, el cuál podía guardar en un bolsillo para luego tirar cuando ya estaba demasiado sucio.
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¿Para qué escribir?

Cada mañana al despertar, mi mente se inunda con una tertulia de voces, como si abriera de pronto la llave de una regadera. A veces son pensamientos con un sentido; otras, simples ruidos. Yo nunca decidí escribir, nunca fue mi idea ser escritor pero quise detener las innumerables voces en mi cabeza. No es que tenga algún problema mental —lo sé porque ya me han hecho la prueba— pero encontré en la escritura un lugar especial, como si fuera la dosis correcta para una especie de neurosis.

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Ginoide modelo G01

Fembot, Scifi

Ginoide G01

Cuando mi primera esposa murió a causa de la leucemia, me sentí devastado. No había nada en este frío mundo que amara más que a Lizabeth, aquella joven morena que conocí en la universidad. Sus ojos eran color miel y reflejaban perfectamente el sabor de sus labios. Y cuando se fué, no me quedó más que fotografías, recuerdos de papel que con gusto habría quemado si tan solo ella se hubiera quedado conmigo. Hablar de amor, para mi, era igual que hablar de muerte. No había ninguna diferencia. Mi psiquiatra dijo que estaba en una de esas fases agudas del duelo porque me negaba a creer que aun cuando habíamos construido máquinas capaces de viajar a los mundos que antes solo podíamos soñar, no éramos capaces de vencer a la muerte. En el año 2150 había por fin creado a la inteligencia artificial y aun así, seguíamos siendo vencidos por las enfermedades, cada vez más agresivas, dispuestas a erradicar la plaga humana. Sigue leyendo

Mis bellos y tristes recuerdos sobre ti

Nostalgia

Recuerdo con nostalgia las sonrisas de mi tierra amada. Aquellos abrazos de fin de semana al terminar la jornada y las despedidas calurosas porque había en el aire la esperanza de volvernos a ver. No había un horario fijo para la celebración, para el reencuentro e incluso no había horario para caminar en las calles coloridas de un valle frondoso custodiado por una verde muralla cuyo premio por atravesar sus bosques era el gran y hermoso océano. Sigue leyendo

Las mejores frases ‘cyberpunk’ (imágenes)

El Cyberpunk ha sido un género que, aunque envejeció rápidamente por suponer que la tecnología sería solo para unos privilegiados, marcó un tendencia de desesperanza sobre un mundo que cambiaba vertiginosamente. La incertidumbre ante un futuro no menos caótico marcó profundamente una era. Las comunicaciones crecían de forma alarmante y no quedaba otra mas que adaptarse al cambio o desaparecer en la era de la informática. No obstante, eso no significa que haya muerto.

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¿Realmente nos gustan las personas sinceras?

Cualquiera podría decir que la honestidad es una virtud que todo ser humano debe cultivar. Las personas honestas y sinceras son, en gran medida, el prototipo de ciudadano ideal y el mejor candidato para forjar una relación amistosa o romántica, ya sea porque considera que se debe vivir en armonía con lo que se piensa, lo que se dice y lo que la sociedad espera o porque sencillamente tuvo uno buena crianza. Esas personas dicen lo que piensan, y puedes hallar en ellos consejos asertivos y útiles,  gracias a su don de la verdad. Y precisamente ese es el problema. Sigue leyendo

Relatos de callejón IV – Aquella vez cuando la amé por última vez.

Portada- Relatos de Callejón por Y. J. Rivas
Este relato es uno de los pocos que he podido recuperar de mi antiguo cuaderno. Lo he re-editado pero he tratado de no cambiar demasiado su estructura para que se mantenga fiel a la historia que quería contar hace más de una década.

Relatos de callejón

IV

Aquella vez cuando la amé por última vez

Estaba enamorado de sus ojos café, de su largo cabello castaño y su piel bronceada. Estaba enamorado de la forma en la me miraba y de su gentileza al hablarme. Cada gesto suyo es la prueba de un amor pródigo. Realmente la amaba. Era una bendición poder despertar a su lado y observar su sonrisa bajo la luz de un nuevo amanecer.

Ella no merecía enamorarse de un hombre como yo; un esquizofrénico adicto a los calmantes. Ella debía ser adorada por arcángeles. En cambio, estaba confinada en este mundo lleno de tormento y desavenencias. Realmente odiaba ver como sus sueños eran frustrados por la economía y la inmoralidad. Las almas corruptas de las personas que infestan esta tierra con su miseria, lograron frustrar sus ilusiones. Este mundo no merecía tener un alma bondadosa caminando entre los suyos, codeándose entre risas sardónicas y miradas  de indiferencia. ¡Ella merecía ser amada! ¡Ella merecía ser alabada! Por eso tenía que marcharse de este mundo. Por eso Dios tenía que llevársela con sus ángeles.

¡Cuán lejana fue su mirada! ¡Cuán fría su piel! Los ojos de mi amada me observaban inertes desde la oscuridad. Allí estaba el cadáver de quien me hubiese amado a pensar del dolor, tendido bajo las hojas, su cabeza cubierta con flores y su sangre cubriendo los escalones. El amanecer se levantaba tras las montañas grises y nubladas. El gélido abrigo de la noche se rasgaba con los cálidos dedos del amanecer. ¡Cuánto dolor! ¡Cuánta frialdad! La penumbra cercenaba mi corazón como una espada al rojo vivo.

Mi garganta solo podía emitir el dolor. Mis brazos se extendían a recoger su inerte cuerpo. Gritar al silencio. Silenciar la noche que se escapaba llevándose consigo sus deseos, sus añoranzas y su único brillo de amor. ¡Cuán roto estuvo mi corazón! ¡Cuán desesperada estuvo mi alma! El Eco hacia mella en cada rincón, en cada esquina, en cada muro que, por más que quisiese no podría romper. Pero esa era la única salida.

¡Cuán tranquilo estuve aquella vez que la amé por última vez! ¡Cuán inmóvil! ¡Cuán sonriente! Si, mis manos fueron culpables, mis ojos testigos y mi corazón el mejor de los asesinos. Yo debía entregarle la paz. Yo debía guiarla al mundo más allá de este para que fuera llevada hasta el Señor y que los cantos alabarán la pureza de su corazón.

Fui yo quien puso sus manos en su espalda y la daga en su garganta. ¡Debía hacerlo por amor! ¡No podía permitirle mas dolor!¡Debía mostrarle mi último gesto de amor! ¿Que habrías hecho en mi lugar? ¿Que habrías hecho al ver al amor de tu vida sufrir las calamidades de una vida corrupta? La entregue sonriente ante las puertas del cielo dejando tras si, su envoltura de sangre que debía ser probada por la misma tierra que la apartó de la esperanza. Fui yo quien vio su lento ascenso sobre el cielo y al mismo tiempo fugaz, como los rayos del sol cuando llega el amanecer.